El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
Yo la escuchaba, asustada.
– An-mei -murmuró, ahora suavemente-. Tus ropas de moribunda son muy sencillas. No son lujosas porque todavía eres una niña. Si mueres, tu vida habrá sido corta y aún estarás en deuda con tu familia. Tu funeral será reducido, el tiempo que dedicaremos a llorarte será breve.
Y entonces Popo dijo algo que era peor que la quemazón en mi cuello.
– Incluso a tu madre se le han agotado las lágrimas y se ha ido. Si no te pones bien pronto, te olvidará.
Popo era muy lista. Regresé apresuradamente del otro mundo para encontrar a mi madre.
Cada noche lloraba tanto que no sólo me ardía el cuello sino también los ojos. Popo se sentaba junto a mi cama y me vertía agua fría en el cuello, con la semiesfera ahuecada de un pomelo grande. Me humedecía una y otra vez hasta que mi respiración se tranquilizaba y podía conciliar el sueño. Por la mañana, Popo utilizaba sus uñas afiladas como pinzas y retiraba las membranas muertas.
Dos años después mi cicatriz era pálida y brillante, y ya no me acordaba de mi madre. Así es como se cura una herida: empieza a cerrarse sobre sí misma, a proteger lo que duele tanto y, una vez cerrada, ya no ves qué hay debajo, eso que provocaba el dolor.
Adoraba a esa madre de mi sueño, pero la mujer que estaba junto a la cama de Popo no era la madre de mi recuerdo. No obstante, también llegué a amar a esa madre, no porque viniera a mí y me rogara que la perdonase, pues no hizo tal cosa. No tuvo necesidad de explicar que Popo la echó de casa cuando yo me estaba muriendo. Eso era algo que yo sabía. No tuvo que contarme que se casó con Wu Tsing para cambiar una infelicidad por otra. Eso también lo sabía.
He aquí cómo llegué a amar a mi madre, cómo vi en ella mi propia naturaleza verdadera, lo que había bajo mi piel, en el meollo de mis huesos.
Era noche cerrada cuando fui a la habitación de Popo. Mi tía dijo que a Popo le había llegado la hora de su muerte y que yo debía mostrar respeto. Me puse un vestido limpio y permanecí entre mi tía y mi tío al pie de la cama de Popo. Lloré un poco, no demasiado alto.
Veía a mi madre en el otro extremo de la habitación, serena y triste. Estaba haciendo sopa, vertiendo hierbas y medicinas en la olla humeante. Y entonces vi que se arremangaba y sacaba un cuchillo bien afilado, que aplicó a la parte más blanda de su brazo. Intenté cerrar los ojos, pero me fue imposible.
Mi madre cortó un trozo de carne de su brazo. Las lágrimas brotaron de sus ojos y la sangre se derramó en el suelo.
Mi madre cogió su carne y la echó en la sopa. Hacía un cocido mágico según la tradición antigua, tratando de curar a su madre por última vez. Abrió la boca de Popo, ya demasiado apretada por el intento de mantener su espíritu dentro. Le hizo tomar la sopa, pero aquella noche Popo huyó para siempre con su enfermedad.
Aunque yo era pequeña, comprendí el dolor de la carne y el valor del dolor.
Así es como una hija honra a su madre. Es un shou tan profundo que se alberga en la médula de tus huesos. El dolor de la carne no es nada. Debes olvidado, porque a veces ésa es la única manera de recordar lo que tienes en los huesos. Debes arrancarte la piel, y la de tu madre, y la de la suya, hasta que no quede nada, ni cicatriz ni piel ni carne.
LINDO JONG
Cierta vez sacrifiqué mi vida para cumplir la promesa que hice a mis padres. Esto no significa nada para ti, pues para ti las promesas no significan nada. Una hija puede prometerte que vendrá a comer, pero si le duele la cabeza, si se encuentra con un atasco de tráfico, si quiere ver una película favorita por televisión, su promesa finalmente se queda en nada.
Cuando no viniste me quedé mirando esta misma película. El soldado norteamericano le promete a la chica que volverá y se casarán. Ella llora con un sentimiento auténtico, y él le dice: «¡Te lo prometo! Mi promesa es tan buena como el oro, cariño mío». Entonces la empuja sobre la cama. Pero luego no regresa. Su oro es como el tuyo, es sólo de catorce quilates.
Para los chinos, el oro de catorce quilates no es oro de verdad. Toca mis brazaletes. Deben ser de veinticuatro quilates, oro puro por dentro y por fuera.
Es demasiado tarde para que cambies, pero te digo esto porque me preocupa tu bebé, me preocupa que algún día diga: «Gracias por el brazalete de oro, abuela. Nunca te olvidaré». Pero más adelante olvidará su promesa, olvidará que tuvo una abuela.
En esta misma película de guerra, el soldado vuelve a su país y le pide de rodillas a otra chica que se case con él. Y los ojos de la muchacha miran a un lado y a otro, llenos de timidez, como si nunca hubiera pensado hasta entonces en esa posibilidad. Y de repente… baja la vista para mirarle directamente y entonces sabe que le ama, le quiere tanto que siente deseos de llorar. «Sí», le dice por fin, y se unen para siempre en matrimonio.
No fue ése mi caso. La casamentera del pueblo se entrevistó con mi familia cuando yo sólo tenía dos años. No, nadie me lo dijo, lo recuerdo todo perfectamente. Era verano, fuera hacía mucho calor y el aire estaba repleto de polvo. Llegaba desde el patio el chirriar de las cigarras. Nos encontrábamos en la huerta, bajo unos árboles. Los criados y mis hermanos estaban encaramados, por encima de mí, cogiendo peras, y mi madre me tenía en sus brazos cálidos y pegajosos. Yo agitaba la mano a uno y otro lado, porque ante mí oscilaba un pajarillo con antenas y alas muy coloridas, delgadas como el papel. Entonces el pajarillo desapareció y vi a las dos mujeres ante mí. Las recuerdo porque una de ellas producía unos sonidos acuosos, «shrrhh, shrrhh». Cuando crecí pude reconocerlos como el acento de Pekín, que resulta siempre muy extraño al oído de las gentes de Taiyuan.
Las dos señoras me miraban sin hablar. La de la voz acuosa tenía la cara embadurnada de pintura que se licuaba con el sudor. La otra mujer tenía el rostro seco como un tronco viejo. Su mirada se posó primero en mí y luego en la señora pintada.
Por supuesto, ahora sé que la señora parecida a un tronco de árbol era la vieja casamentera del pueblo, y la otra era Huang Taitai, la madre del muchacho con el que me obligarían a casarme. No, no es cierto eso que dicen algunos chinos de las niñas recién nacidas, que carecen de valor. Depende de la clase de niña que seas. En mi caso, la gente distinguía mi valor. Mi aspecto y mi olor eran los de un delicioso panecillo dulce, de color limpio y atractivo.
La casamentera ensalzaba mis gracias.
– Un caballo de tierra para una oveja de tierra. Esta es la mejor combinación para un matrimonio. -Me dio unas palmaditas en el brazo y yo le aparté la mano. Huang Taitai susurró con aquel sonido shrrhh-ssrrhh que quizá tenía yo un pichi excepcionalmente malo, un mal carácter, pero la casamentera se rió y dijo-: Qué va, qué va. Es un caballo fuerte. Crecerá, será fuerte para el trabajo y te servirá bien en tu vejez.
Entonces Huang Taitai me miró con el semblante sombrío, como si pudiera desvelar mis pensamientos y ver mis futuras intenciones. Nunca olvidaré su aspecto. Con los ojos muy abiertos, escudriñó mi rostro y luego sonrió. Pude ver un gran diente de oro al que el sol arrancaba destellos, y luego abrió la boca, mostrando los demás dientes, como si fuese a tragarme de un bocado. De este modo me prometieron al hijo de Huang Taitai, el cual, como descubrí más tarde, era sólo un bebé, un año menor que yo. Se llamaba Tyan-yu, tyan, que equivale a «cielo», porque el pequeño era muy importante, y yu, que significa «sobras», porque cuando nació su padre estaba muy enfermo y su familia creía que podría morir. Tyan-yu sería las sobras del espíritu de su padre. Pero éste vivió y la abuela temía que los espíritus dirigieran su atención al bebé y se lo llevaran en lugar del hombre. Por eso ahora le vigilaban continuamente, tomaban todas las decisiones por él y le mimaban demasiado.
Pero aunque hubiera sabido que me habían destinado un marido tan malo, ni entonces ni más adelante tuve otra alternativa. Así eran las familias del país que vivían sumidas en un atraso tradicional. Siempre éramos los últimos en abandonar las estúpidas costumbres antiguas. Ya entonces, en otras ciudades un hombre podía elegir a su esposa, con el permiso de sus padres, naturalmente. Pero esos aires n; novadores no llegaban a nosotros. Nunca oías hablar de las nuevas ideas en otra ciudad, a menos que fueran peores que las de la tuya. Nos contaban anécdotas de hijos tan influidos por sus malas esposas que echaban a la calle a sus padres ancianos y llorosos. Así pues, las madres taiyuanesas seguían eligiendo a sus nueras, aquellas que criarían hijos como es debido, cuidarían de los ancianos y, pletóricas de sentimientos filiales, barrerían el cementerio familiar mucho después de que las viejas damas hubieran descendido a sus tumbas.