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El club De la buena Estrella

Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se re?nen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
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Como me prometieron en matrimonio al hijo de los Huang, mi propia familia empezó a tratarme como si perteneciera a otra persona. Cuando me acercaba a los labios demasiadas veces el cuenco de arroz, mi madre me decía:

– Fijaos cuánto es capaz de comer la hija de Huang Taitai.

Mi madre no me trataba así porque no me amara. Decía esto mordiéndose luego la lengua, para no desear algo que ya no le pertenecía.

Yo era una niña muy obediente, pero a veces tenía una expresión desabrida, sólo porque estaba acalorada o fatigada o muy enferma. Entonces mi madre decía:

– Qué cara tan fea. Los Huang no te querrán y serás un oprobio para nuestra familia.

Y yo lloraba más o ponía una cara todavía más fea.

– Es inútil -decía mi madre-. Tenemos un contrato y no se puede cancelar.

Y yo seguía llorando a lágrima viva.

No vi a mi futuro marido hasta los ocho o nueve años.

Mi mundo conocido era el recinto de mi familia en el pueblo cercano a Taiyuan. Mi familia vivía en una modesta casa de dos plantas, con una vivienda más pequeña que sólo tenía un par de habitaciones para la cocinera, la sirvienta y sus familias. Nuestra casa se levantaba en una pequeña colina, a la que llamábamos Tres Escalones al Cielo, pero que en realidad estaba formada por capas de barro acarreadas por el río Fen y endurecidas en el transcurso de los siglos. El río discurría junto al muro oriental de nuestro recinto, un río al que, según decía mi padre, le gustaba engullir a los niños. Contaba que en cierta ocasión se tragó a toda la ciudad de Taiyuan. En verano las aguas del río bajaban marrones y en invierno tenían un color azul verdoso en los tramos estrechos por donde fluía con rapidez, mientras que en los lugares más anchos estaban inmóviles, congeladas, de un blanco glacial.

Recuerdo el día de Año Nuevo en que mis familiares capturaron muchos pescados, gigantescos y viscosos seres cogidos mientras aún dormían en el lecho helado del río, tan frescos que incluso después de destripados bailaban sobre sus colas cuando los echaban a la sartén caliente.

Aquel fue también el año en que vi por vez primera al niño que sería mi marido. Cuando empezaron los fuegos artificiales se puso a berrear, aunque ya no era un bebé.

Más adelante le veía en las ceremonias del huevo rojo, cuando imponían sus nombres verdaderos a los bebés de un mes. Estaba sentado sobre las viejas rodillas de su abuela, que casi crujían bajo su peso, y se negaba a comer todo lo que le ofrecían, apartando siempre la nariz como si le dieran un encurtido hediondo en vez de un dulce.

Como ves, no sentí un amor instantáneo hacia mi futuro marido, como hoy vemos que ocurre en los seriales de televisión. Aquel chico me parecía más bien un primo fastidioso. Aprendí a ser cortés con los Huang y especialmente con Huang Taitai. Mi madre me empujaba hacia ella, diciéndome:

– ¿Qué le dices a tu madre?

Y yo me sentía confusa, sin saber a qué madre se refería.

Entonces me volvía hacia mi madre verdadera y le decía: «Perdona, mamá», para dirigirme luego a Huang Taitai y ofrecerle una golosina, diciéndole: «Para ti, madre». Recuerdo que una vez le di un pedazo de syaumei, una especie de budín relleno que me encantaba. Mi madre le dijo a Huang Taitai que yo había hecho aquel budín especialmente para ella, aunque en realidad sólo hurgué sus lados humeantes con un dedo cuando la cocinera lo volcó en la bandeja de servicio.

Mi vida cambió por completo cuando tenía doce años, el verano en que llegaron las grandes lluvias. El río Fen, que atravesaba el centro de las tierras de mi familia, inundó las llanuras, destruyó todo el trigo que había plantado mi familia aquel año e inutilizó la tierra por varios años. Incluso nuestra casa en la cima de la pequeña colina se hizo inhabitable. Al bajar del segundo piso, vimos que los suelos y los muebles estaban cubiertos de barro viscoso. En los patios se amontonaban árboles arrancados de cuajo, fragmentos de pared desmoronados y pollos muertos. Aquel estropicio nos redujo a una pobreza extrema.

En aquellos tiempos no podías ir a una compañía de seguros, decir que alguien te había causado tales daños y pedir un millón de dólares. No, en aquel entonces, si habías agotado tus posibilidades, mala suerte. Mi padre dijo que no teníamos más alternativa que trasladamos a Wushi, hacia el sur, cerca de Shanghai, donde el hermano de mi madre tenía una pequeña fábrica de harina. Mi padre nos explicó que toda la familia, excepto yo, partiría de inmediato. Yo tenía doce años y ya era lo bastante mayor para separarme de mi familia y vivir con los Huang.

Las carreteras estaban tan enfangadas y llenas de baches gigantescos que no había ningún camionero dispuesto a venir a la casa. Tuvieron que dejar atrás los muebles pesados y la ropa de cama, que ofrecieron a los Huang como mi dote. Mi familia fue, pues, muy práctica. Según mi padre, aquella dote era más que suficiente, pero no pudo evitar que mi madre me diera su chang, un collar de jade rojo. Cuando me lo puso alrededor del cuello, sus gestos y su expresión eran muy severos, y me di cuenta de lo triste que estaba.

– No nos deshonres -me dijo-. Cuando llegues, demuestra que te sientes muy feliz. Eres afortunada de veras.

***

La casa de los Huang también se levantaba junto al río, pero mientras la nuestra sufrió la inundación, la suya quedó indemne, debido a que estaba ubicada en un lugar del valle más elevado. Esto me hizo ver por primera vez que la posición de los Huang era superior a la de mi familia. Nos miraban con desprecio desde su altura, para lo cual tenían que bajar la vista, cosa que me hizo comprender por qué Huang Taitai y Tyan-yu tenían la nariz tan larga.

Cuando pasé bajo la arcada de piedra y madera que daba acceso a la finca de los Huang, vi un gran patio con tres o cuatro hileras de edificios pequeños y bajos. Algunos eran almacenes de víveres, y otros, habitaciones para los criados y sus familias. Detrás de estos edificios modestos se alzaba la casa principal.

Seguí avanzando y contemplé la casa que sería mi hogar durante el resto de mi vida, habitada por aquella familia desde hacía muchas generaciones. No es que fuese muy antigua o notable, pero te percatabas de que había crecido con la familia. Tenía planta baja y tres pisos, uno para cada generación: bisabuelos, abuelos, padres e hijos. Su aspecto era enmarañado, pues la habían construido de prisa, añadiéndole luego habitaciones, pisos, alas y decorados de muchos estilos, que reflejaban demasiadas opiniones. El primer nivel se construyó con piedras del río, unidas con una mezcla de barro y paja. Los niveles segundo y tercero eran de ladrillo liso con una pasarela exterior que le daba el aspecto de una torre de palacio, y el nivel superior tenía muros de losas grises coronados con un tejado rojo. Dos columnas grandes y redondas, que sostenían una terraza sobre la puerta principal, daban a la casa un aire de importancia. Estas columnas estaban pintadas de rojo, al igual que los bordes de las ventanas de madera. Alguien, probablemente Huang Taitai, había añadido cabezas de dragones imperiales en los ángulos del tejado.

Las pretensiones del interior de la casa eran de distinto orden. La única habitación agradable era una sala en el primer piso, que los Huang utilizaban para recibir a sus invitados. Allí había mesas y sillas de laca roja tallada, elegantes cojines con el apellido de los Huang bordado al estilo antiguo, y muchos objetos preciosos que daban una impresión de riqueza y prestigio añejo. El resto de la casa era sencillo, incómodo y ruidoso, como no podía ser menos con veinte parientes quejosos hacinados bajo un mismo techo. Creo que con cada generación el interior de la casa se había reducido. Llegó un momento en que fue preciso dividir en dos cada habitación.

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