El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
– Las buscó durante años, escribió y recibió innumerables cartas -dice tía Ying-, y el año pasado consiguió una dirección. Iba a decírselo pronto a tu padre. Aii-ya, qué lástima. Toda una vida de espera.
Tía An-mei la interrumpe, excitada:
– Así que tus tías y yo escribimos a esa dirección. Dijimos que cierta persona, tu madre, deseaba reunirse con otras personas. Y éstas nos respondieron. Son tus hermanas, Jing-mei.
Mis hermanas, repito para mis adentros, pronunciando esas dos palabras juntas por primera vez.
Tía An-mei me tiende una hoja de papel tan fina como el papel de seda para envolver. Veo los ideogramas chinos trazados en perfectas hileras verticales con tinta azul. Hay una palabra borrosa. ¿Una lágrima? Cojo la carta con manos temblorosas, maravillada de lo inteligentes que deben de ser mis hermanas, capaces de leer y escribir en chino.
Todas las tías me sonríen, como si yo hubiera sido una, moribunda que se ha recuperado por milagro. Tía Ying me tiende otro sobre. Contiene un cheque a nombre de June Woo por 1.200 dólares. No puedo creerlo.
– ¿Mis hermanas me envían dinero? -pregunto-. ¿A mí?
– No, no -dice tía Lin, con fingida exasperación-. Todos los años ahorramos nuestras ganancias en el mah jong para un gran banquete en un restaurante de lujo. Casi siempre ganaba tu madre, por lo que la mayor parte del dinero le pertenece. Hemos añadido un poco, para que puedas ir a Hong Kong, tomar un tren hasta Shanghai y ver a tus hermanas. Además, todas nos estamos volviendo demasiado ricas, demasiado gordas. -Se da unas palmadas en el estómago para demostrar su afirmación.
– Ver a mis hermanas -digo aturdida. Esta perspectiva, el intento de imaginar lo que vería, me admira y produce un cierto temor. Me siento azorada por la mentira sobre el banquete de fin de año que me han contado mis tías para enmascarar su generosidad. Ahora me echo a llorar, sollozo y río al mismo tiempo, percibiendo, aunque sin comprenderla, esta lealtad hacia mi madre.
– Tienes que ver a tus hermanas y hablarles de la muerte de tu madre -dice tía Ying-, pero, lo que es más importante, tienes que hablarles de su vida. Ahora deben conocer a la madre que no conocieron.
– Ver a mis hermanas, hablarles de mi madre -digo, asintiendo-. ¿Qué les diré? ¿Qué puedo decirles de mi madre? No sé nada. Era mi madre.
Las tías me miran como si acabara de enloquecer ante sus ojos.
– ¿Que no conoces a tu propia madre? -grita tía An-mei, incrédula-. ¿Cómo puedes decir semejante cosa? ¡Llevas a tu madre en la sangre!
– Cuéntales cosas de tu familia aquí, del éxito que tuvo -sugiere tía Lin.
– Cuéntales las cosas que ella te contaba, las lecciones que te daba, las ideas que tenía y que tú has hecho tuyas -dice tía Ying-. Tu madre era una señora muy lista.
Oigo un coro que repite «diles», «diles», mientras cada tía empeña frenéticamente en pensar lo que debería transmitir.
– Su amabilidad.
– Su inteligencia.
– Su abnegación natural hacia su familia.
– Sus esperanzas, las cosas que le importaban.
– Los excelentes platos que cocinaba.
– ¡Imagina, una hija que no conoce a su propia madre!
Entonces me doy cuenta de que están asustadas. Ven en mí a sus propias hijas, igualmente ignorantes, igualmente olvidadizas de las verdades y esperanzas que sus madres trajeron a América del Norte. Ven hijas que se impacientan cuando sus madres hablan en chino, que las consideran estúpidas cuando explican las cosas en un inglés chapurreado. Ven que la alegría y la buena estrella no significan lo mismo para sus hijas, que el concepto de «buena estrella» no existe para sus mentes americanizadas por completo. Ven hijas que les darán nietos nacidos sin ninguna esperanza de continuidad transmitida de una generación a otra.
– Se lo diré todo -me limito a decir, y las tías me miran con expresiones dubitativas-. Recordaré todo sobre mi madre y se lo diré -añado con más firmeza. Y gradualmente, una tras otra, sonríen y me dan palmadas en la mano. Aún parecen inquietas, como si no las tuvieran todas consigo, pero también abrigan la esperanza de que mis palabras sean ciertas. ¿Qué más pueden pedir? ¿Qué más puedo prometerles?
Vuelven a comer sus cacahuetes blandos, hervidos, mientras hablan de ellas mismas. Vuelven a ser jóvenes, sueñan con los buenos tiempos pasados y en los que están por llegar. Un hermano de Ningpo, que hace llorar a su hermana de alegría cuando le devuelve nueve mil dólares más los intereses. Un hijo menor cuyo negocio de reparación de estéreos y televisores le va tan bien que envía sobras a China. Una hija cuyos pequeños son capaces de nadar como peces en una lujosa piscina de Woodside. Qué buenas anécdotas cuentan. Las mejores. Ellas son las afortunadas.
Y yo sigo sentada en el lugar de mi madre ante la mesa de mah jong, en el lado de Oriente, donde todo da comienzo.
AN-MEI HSU
Cuando era una niña y vivía en China, mi abuela me contó que mi madre era un fantasma. Esto no significaba que mi madre hubiera muerto. En aquellos tiempos, un fantasma era cualquier cosa de la que se nos prohibía hablar. Supe, pues, que Popo quería que me olvidara expresamente de mi madre, y así es como llegué a no tener ningún recuerdo de ella. La vida que conocía se iniciaba en la gran casa de Ningpo, con sus fríos corredores y sus altas escaleras. Era la casa familiar de mis tíos, donde vivía con Popo y mi hermanito.
Pero a menudo oía relatos sobre un fantasma que intentaba llevarse a los niños, sobre todo a las chiquillas testarudas que eran desobedientes. Muchas veces Popo dijo a quien quisiera oírla que mi hermano y yo habíamos salido de las entrañas de una gansa estúpida, de dos huevos que nadie quiso y que ni siquiera eran bastante buenos para romperlos sobre unas gachas de arroz. Dijo tal cosa para que los fantasmas no nos arrebataran. Como ves, también para Popo éramos muy preciosos.
Siempre tuve miedo de Popo, y me asustó todavía más cuando cayó enferma. Sucedió en 1923, cuando yo tenía nueve años. Popo se había hinchado como una calabaza demasiado madura, tan llena que su carne se había ablandado y podrido y emitía mal olor. Me llamaba a su habitación, impregnada de aquel hedor terrible, y me contaba historias.
– An-mei -me decía, llamándome por el nombre que me daban en la escuela-. Escucha con mucha atención. -Y me contaba historias que yo no comprendía.
Una de ellas trataba de una muchacha codiciosa cuyo vientre se hinchaba más y más, y que se envenenó tras negarse a decir de quién era el niño que llevaba en su seno. Cuando los monjes le abrieron el cuerpo, dentro encontraron un gran melón blanco,
– Si eres codiciosa -me decía Popo-, lo que está en tu interior es lo que siempre te hace sentir hambrienta, insaciable, vacía.
En otra ocasión, Popo me habló de una muchacha que no quería escuchar a sus mayores. Un día esta criatura mala agitó la cabeza con tal vigor, al rechazar una sencilla petición de su tía, que una bolita blanca, casi insignificante le cayó de un oído y por allí le salieron los sesos, claros como caldo de pollo.
– Tus propios pensamientos están tan atareados nadando ahí dentro que echan afuera todo lo demás -me contó Popo.
Poco antes de ponerse tan enferma que ya no podía hablar, Popo me atrajo hacia ella y me habló de mi madre.
– Nunca pronuncies su nombre -me advirtió-. Decir su nombre es escupir en la tumba de tu padre.
Sólo conocí a mi padre por el gran retrato que colgaba en la sala principal. Era un hombre corpulento, de expresión severa, desdichado por estar tan quieto en la pared, Sus ojos inquietos me seguían por la casa, e incluso desde mi habitación, en el extremo del pasillo, podía ver los ojos vigilantes de mi padre. Según Popo, me vigilaba por si descubría en mí la menor falta de respeto, y por ello, a veces, cuando había tirado piedras a otros niños en la escuela, o había perdido un libro por descuido, pasaba rápidamente ante el n: trato de mi padre, con expresión de no saber nada, y me ocultaba en un rincón de mi cuarto donde él no pudiera verme me la cara.