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El club De la buena Estrella

Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se re?nen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
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La atmósfera de nuestra casa me parecía desdichada, pero mi hermanito no daba muestras de pensar lo mismo. Corría en bicicleta por el patio, persiguiendo a los pollos y a otros niños y riéndose de los que gritaban más. Cuando los tíos estaban ausentes, visitando a sus amigos en el pueblo, mi hermano entraba en la casa silenciosa y se ponía a saltar sobre los mejores sofás de plumas.

Pero incluso la felicidad de mi hermano se desvaneció. Un cálido día de verano, cuando Popo ya se encontraba muy enferma, estábamos fuera, mirando un cortejo fúnebre que pasaba ante nuestro patio. Cuando llegó a la puerta de nuestra casa, el pesado retrato enmarcado del muerto cayó de su peana y se estrelló contra el suelo polvoriento. Una anciana gritó y se desmayó. Mi hermano se echó a reír y mi tía le dio una bofetada.

Mi tía, que tenía muy mal genio con los niños, le dijo que carecía de shou, es decir, de respeto hacia los antepasados de la familia, como le ocurría a mi madre. Mi tía tenía una lengua como tijeras voraces que comen tejido de seda, y cuando mi hermano le dedicó una mirada torcida, ella le dijo que nuestra madre fue tan atolondrada que huyó al norte a toda prisa, sin llevarse los muebles que constituían la dote de su matrimonio con mi padre, sin coger sus diez pares de palillos de plata, sin presentar sus respetos ante la tumba de mi padre y de nuestros antepasados. Cuando mi hermano acusó a la tía de que nuestra madre huyó atemorizada por ella, la tía respondió a gritos que nuestra madre se casó con un hombre llamado Wu Tsing, el cual ya tenía una esposa, dos concubinas y varios hijos malos.

Y cuando mi hermano dijo a gritos que la tía era un pollo hablador decapitado, ella lo empujó contra la puerta del patio y le escupió a la cara.

– Me golpeas con palabras fuertes -le dijo la tía-, pero no eres nada. Eres el hijo de una madre con tan poco respeto que se ha convertido en una ni, una traidora a nuestros antepasados. Está tan por debajo de los demás que hasta el diablo tiene que bajar la vista para verla.

Fue entonces cuando empecé a comprender las historias que Popo me contaba, las lecciones que debía aprender de mi madre.

– Cuando alguien pierde su prestigio, An-mei -me decía Popo a menudo-, es como si el collar que lleva al cuello le cayera a un pozo. La única manera de recuperarlo es echarte de cabeza tras él.

Ahora podía imaginar a mi madre, una mujer atolondrada que reía y meneaba la cabeza, que introducía los palillos demasiadas veces en el cuenco para comer otro trozo de fruta dulce, dichosa al verse libre de Popo, de su desgraciado marido colgado de la pared y de sus dos hijos desobedientes. Me sentía desdichada porque esa mujer era mi madre, pero también porque nos había abandonado. Tales eran mis pensamientos mientras me ocultaba en el rincón de mi cuarto, donde mi padre no podía verme.

***

Estaba sentada en lo alto de la escalera cuando ella llegó. Supe que era mi madre aunque no la había visto jamás desde que tenía memoria. Se quedó de pie en el umbral, con el rostro oculto por la sombra. Era mucho más alta que mi tía, casi tanto como mi tío, y tenía un aspecto raro, como las señoras misioneras de nuestra escuela, insolentes y mandonas con sus zapatos de tacón muy alto, sus ropas extranjeras y el pelo corto.

Mi tía desvió en seguida la vista y no la llamó por su nombre ni le ofreció té. Una vieja criada salió corriendo, con expresión de disgusto. Procuré permanecer muy quieta, pero mi corazón era como una jaula de grillos que forcejearan para liberarse. Mi madre debió de oírlo, porque me miró, y cuando lo hizo vi mi propio rostro mirándome, con unos ojos muy abiertos que veían demasiado.

– Demasiado tarde, demasiado tarde -protestó mi tía en la habitación de Popo, mientras mi madre se acercaba a la cama. Pero sus palabras no la detuvieron.

– Ha vuelto, está aquí -murmuró mi madre a Popo-. Nuyer ha venido. Tu hija ha vuelto.

Popo tenía los ojos muy abiertos, pero ahora su mente corría en muchas direcciones distintas y no reposaba el tiempo suficiente para ver nada. De haber tenido claridad mental, habría alzado los dos brazos y echado a mi madre de la habitación.

Contemplé a mi madre, viendo por vez primera a aquella mujer bonita de piel blanca y rostro oval, no demasiado redondeado como el de mi tía ni anguloso como el de Popo. Vi que tenía el cuello largo y blanco, como la gansa de cuyo huevo nací, que parecía flotar, mecerse adelante y atrás como un fantasma, mientras humedecía paños fríos para aplicados al rostro hinchado de Popo. Miraba los ojos de la anciana y le susurraba suaves palabras de preocupación. Yo la observaba atentamente, pero era su voz lo que me confundía, un sonido familiar procedente de un sueño olvidado.

Aquella tarde, cuando regresé a mi habitación, la encontré allí, de pie, erguida, y al recordar que Popo me había dicho que no pronunciara su nombre, me quedé inmóvil y callada. Ella me cogió de la mano y me llevó al canapé. Se sentó a mi lado como si lo hubiéramos hecho todos los días.

Empezó a soltarme las trenzas y cepillarme el cabello con largos y amplios movimientos.

– ¿Has sido una buena hija, An-mei? -me preguntó, sonriente, con expresión confidencial.

Puse cara de no saber nada, pero por dentro temblaba.

Yo era la niña cuyo vientre contenía un melón incoloro.

– Sabes quién soy, An-mei -me dijo con una leve frialdad en su voz. Esta vez no la miré, por temor a que me lidiara la cabeza y los sesos me salieran por las orejas.

Dejó de cepillarme el cabello, y entonces noté que sus largos y suaves dedos me frotaban y buscaban algo bajo el mentón, hasta dar con la cicatriz en mi cuello. Me quedé muy quieta mientras ella la frotaba. Era como si aquel roce en mi piel me devolviera la memoria. Entonces dejó de acariciarme y se echó a llorar, llevándose las manos a su propio cuello. Lloró con un sonido quejumbroso, muy triste, y aquella voz me hizo recordar mi sueño.

***

Yo tenía cuatro años y el mentón me llegaba justo por encima de la mesa. Veía a mi hermano pequeño, entonces un bebé, en el regazo de Popo, llorando muy enfadado. Oía las voces que alababan la humeante y oscura sopa que estaba sobre la mesa, voces que murmuraban cariñosamente: «Ching! Ching!» (¡Come, por favor!).

Entonces dejaron de hablar. Mi tío se levantó de la silla y todos se volvieron hacia la puerta, donde estaba una mujer alta. Yo fui la única que habló.

– Mamá -grité, y me dispuse a saltar de la silla, pero mi tía me dio una bofetada y me obligó a sentarme de nuevo.

Ahora todos estaban de pie, gritando, y distinguí la voz de mi madre que también gritaba: «¡An-mei! ¡An-mei!». La voz aguda de Popo se impuso a las demás.

– ¿Quién es este fantasma? No es una viuda honrada, sino sólo una tercera concubina. Si te llevas a tu hija, se volverá como tú, una desprestigiada, incapaz de levantar nunca la cabeza.

A pesar de estas palabras, mi madre siguió llamándome a gritos. Ahora recuerdo su voz con toda claridad. ¡An-mei! ¡An-mei! Puedo ver el rostro de mi madre al otro lado de la mesa. Entre ella y yo se interponía la sopera, sobre su pesado soporte en forma de tubo de chimenea, meciéndose lentamente, adelante y atrás. Entonces uno de los gritos hizo que la oscura sopa hirviendo se derramara y cayera sobre mi cuello. Fue como si la ira de todos los reunidos se vertiera sobre mí.

Fue uno de esos dolores tan terribles que un niño pequeño no debería recordar jamás, pero sigue todavía en mi memoria de mi piel. Sólo lloré un poco, porque pronto mi carne empezó a arder por dentro y por fuera y me faltaba el aire para respirar.

No podía hablar a causa de aquella terrible sensación asfixiante. No podía ver debido a las lágrimas que derramaba para eliminar el dolor, pero oía el llanto de mi madre. Popo y mi tía gritaban. Y entonces el llanto de mi madre se extinguió. Más tarde, aquella noche, oí la voz de Popo.

– An-mei, escúchame atentamente. -Su voz tenía el mismo tono regañón que usaba cuando yo correteaba de un lado a otro del pasillo-. An-mei, te hemos hecho tus ropas y zapatos de moribunda. Son de algodón blanco.

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