La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
De cuando en cuando los n�ufragos se paraban, llamando a gritos y escuchando, por si respond�a de la parte del oc�ano. Deb�an pensar, en efecto, que, si hubiesen estado pr�ximos al lugar donde el ingeniero hubiera podido tomar tierra, los ladridos del perro Top, en caso de que Ciro Smith no estuviera en estado de dar se�ales de vida, llegar�an hasta ellos. Pero ning�n grito se destacaba sobre los mugidos de las olas y los chasquidos de la resaca. Entonces, la peque�a tropa emprend�a su marcha adelante, registrando las menores anfractuosidades del litoral.
Despu�s de una marcha de veinte minutos, los cuatro n�ufragos se detuvieron ante una linde espumosa de olas. El terreno s�lido faltaba. Se encontraban a la extremidad de un punto agudo, que el mar golpeaba con furor.
-�Es un promontorio -dijo el marino-. Hay que volver sobre nuestros pasos, torciendo a la derecha, y as� volveremos a tierra firme.
-�Pero �y si est� ah�? -respondi� Nab se�alando el oc�ano, cuyas enormes olas blanqueaban en la oscuridad. -�Bueno, llam�moslo!
Y todos, uniendo sus voces, lanzaron un grito, pero nadie respondi�. Esperaron un momento de calma y empezaron otra vez. Nada.
Los n�ufragos retrocedieron, siguiendo la parte opuesta del promontorio, en un suelo arenoso y roquizo. Sin embargo, Pencroff observ� que el litoral era m�s escarpado, que el terreno sub�a, y supuso que deb�a llegar, por una rampa bastante larga, a una alta costa, cuya masa se perfilaba confusamente en la oscuridad. Hab�a menos aves en aquella parte de la costa; el mar tambi�n se mostraba menos alterado, menos ruidoso, y la agitaci�n de las olas disminu�a sensiblemente. Apenas se o�a el ruido de la resaca. Sin duda la costa del promontorio formaba una ensenada semicircular, protegida por su punta aguda contra la fuerza de las olas.
Siguiendo aquella direcci�n, marchaban hacia el sur, era ir por el lado opuesto de la costa en que Ciro Smith pod�a haber tomado tierra. Despu�s de recorrer milla y media, el litoral no presentaba ninguna curvatura que permitiese volver hacia el norte. Sin embargo, aquel promontorio, del que hab�an doblado la punta, deb�a unirse a la tierra franca. Los n�ufragos, a pesar de que sus fuerzas estaban casi agotadas, marchaban siempre con valor, esperando encontrar alg�n �ngulo que los pusiera en la primera direcci�n.
�Cu�l no fue su desesperaci�n, cuando, despu�s de haber recorrido dos millas, se vieron una vez m�s detenidos por el mar en una punta bastante elevada, formada de rocas resbaladizas!
-��Estamos en un islote! -dijo Pencroff-, �y lo hemos recorrido de un extremo a otro!
La observaci�n del marino era justa. Los n�ufragos hab�an sido arrojados no sobre un continente ni una isla, sino sobre un islote, que no med�a m�s de dos millas de longitud y cuya anchura era evidentemente poco considerable.
Aquel islote, �rido, sembrado de piedras, sin vegetaci�n, refugio desolado de algunas aves marinas, �pertenec�a a un archipi�lago m�s importante? No lo sab�an. Los pasajeros del globo, cuando desde su barquilla percibieron la tierra a trav�s de las brumas, no hab�an podido reconocer su importancia. Sin embargo, Pencroff, con su mirada de marino habituada a horadar en la oscuridad, crey� en aquel momento distinguir en el oeste masas confusas, que anunciaban una costa elevada.
Pero entonces no pod�a, a causa de aquella oscuridad, determinar a qu� sistema simple o complejo pertenec�a el islote. Tampoco era posible salir de �l, puesto que el mar lo rodeaba. Hab�a que aplazar hasta el d�a siguiente la b�squeda del ingeniero, que no hab�a se�alado su presencia por ning�n sitio.
-�El silencio de Ciro no prueba nada -dijo el corresponsal-. Puede estar desmayado, herido, en estado de no poder responder moment�neamente, pero no desesperemos.
El corresponsal emiti� entonces la idea de encender en un punto del islote una hoguera, que pudiese servir de gu�a al ingeniero. Pero buscaron en vano madera o arbustos secos; all� no hab�a m�s que arena y piedras.
Se comprende cu�l ser�a el dolor de Nab y el de sus compa�eros, que estaban vivamente unidos al intr�pido Ciro Smith. Era demasiado evidente que se hallaban imposibilitados para socorrerlo; hab�a que esperar el d�a. �O el ingeniero hab�a podido salvarse solo y ya hab�a encontrado refugio en un punto de la costa, o estaba perdido para siempre!
Las horas de espera fueron largas y penosas. Hac�a mucho fr�o y los n�ufragos sufr�an cruelmente, pero apenas lo notaban. No pensaban m�s que en tomar un instante de reposo; todo lo olvidaban por su jefe; queriendo esperar siempre, iban y ven�an por
aquel islote �rido, volviendo incesantemente a su punto norte, donde cre�an estar m�s pr�ximos al lugar de la cat�strofe. Escuchaban, chillaban, esperaban captar un grito, y sus voces deb�an transmitirse lejos, porque entonces reinaba cierta calma en la atm�sfera, los ruidos del mar empezaban a disminuir.
Uno de los gritos de Nab pareci� repetido por el eco. Harbert lo hizo observar a Pencroff, a�adiendo:
-�Es prueba que existe en el oeste una costa bastante cercana.
El marinero hizo un gesto afirmativo. Por otra parte, su vista no pod�a enga�arle. Si hab�a distinguido tierra, no hab�a duda de que �sta exist�a.
Pero aquel eco lejano fue la sola respuesta provocada por los gritos de Nab, y la inmensidad, sobre toda la parte este del islote, qued� silenciosa.
Entretanto el cielo se despejaba poco a poco. Hacia las doce de la noche brillaron algunas estrellas y, si el ingeniero estaba all�, cerca de sus compa�eros, hubiera podido ver que aquellas estrellas no eran las del hemisferio boreal. En efecto, la polar no aparec�a en aquel nuevo horizonte: las constelaciones cenitales no eran las que estaban acostumbrados a ver en la parte norte del nuevo continente, y la Cruz del Sur resplandec�a entonces en el polo austral del mundo.
Pas� la noche. Hacia las cinco de la ma�ana, el 25 de marzo, el cielo se ti�� ligeramente. El horizonte estaba a�n oscuro, pero con los primeros albores del d�a una opaca bruma se levant� en el mar, por lo que el rayo visual no pod�a extenderse a m�s de veinte pasos. La niebla se desarrollaba en gruesas volutas, que se mov�an pesadamente.
Esto era un contratiempo. Los n�ufragos no pod�an distinguir nada alrededor de ellos. Mientras que las miradas de Nab y del corresponsal se dirig�an hacia el oc�ano, el marino y Harbert buscaban la costa en el oeste. Pero ni un palmo de tierra era visible.
-�No importa -dijo Pencroff-, no veo la costa, pero la siento�, est� all�, all� �Tan seguro como que tampoco estamos en Richmond!
Pero la niebla no deb�a tardar en desaparecer.
No era m�s que una bruma de buen tiempo. Un hermoso sol caldeaba las capas superiores, y aquel calor se tamizaba hasta la superficie del islote.
En efecto, hacia las seis y media, tres cuartos de hora despu�s de aparecer el sol, la bruma se volvi� m�s transparente: se extend�a hacia arriba, pero se disip� por abajo. Pronto todo el islote apareci� como si hubiera descendido de una nube, pues el mar se mostr� siguiendo un plano circular, infinito hacia el este, pero limitado por el oeste por una costa elevada y abrupta.
�S�! �La tierra estaba all�! All� la salvaci�n, provisionalmente asegurada, por lo menos. Entre el islote y la costa, separados por un canal de una milla y media, una corriente r�pida se precipitaba con ruido.
Sin embargo, uno de los n�ufragos, no consultando m�s que su coraz�n, se precipit� en la corriente, sin avisar a sus compa�eros, sin decir palabra. Era Nab. Ten�a ganas de llegar a aquella costa y remontarla hacia el norte. Nadie pudo retenerlo. Pencroff lo llam�, pero en vano. El periodista se dispuso a seguir a Nab.
Pencroff, yendo hacia �l, le pregunt�: -�Quiere usted atravesar el canal?
-�S� -contest� Gede�n Spilett.
-�Pues bien, �igame -dijo el marino-. Nab basta y sobra para socorrer a su amo. Si nos metemos en ese canal, nos exponemos a que la corriente nos arrastre. Si no me equivoco, es una corriente de reflujo. Vea la marea baja sobre la arena. Arm�monos de paciencia y, cuando el mar baje, quiz� encontremos un paso vadeable�