La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
—Aquí hay nueve civiles sin traje, señor. Quedan tres soldados vivos. No sabemos cómo sacar a los científicos sin trajes.
—Nosotros traemos trajes —dijo Staley—. ¿Podrá usted proteger a los civiles hasta que traspasemos esta puerta? Estamos en vacío.
—Sí, señor. Espere un minuto.
Algo giró. Los instrumentos mostraban que la presión disminuía al otro lado del mamparo. Luego giraron las abrazaderas. La puerta se abrió y apareció una figura cubierta de armadura de combate dentro de la sala de suboficiales. Detrás de Hasner, otros soldados enfilaron sus armas hacia Staley cuando entró. Tras ellos… Staley lanzó un gemido.
Los civiles estaban al otro lado del compartimiento. Llevaban las batas blancas habituales del equipo científico: Staley reconoció al doctor Blevins, el veterinario. Los civiles hablaban entre ellos…
—¡Pero aquí dentro no hay aire! —gritó Staley.
—Aquí no, señor —dijo Hasner—. Una especie de caja establece como una cortina allí, señor Staley. El aire no puede atravesarla, pero nosotros sí.
Kelley lanzó un gruñido y dirigió a su escuadrón hacia la sala de suboficiales. Entregaron los trajes a los civiles.
Staley hizo un gesto de asombro.
—Kelley, hágase cargo aquí. Que siga adelante todo el mundo… ¡Y llévese con usted esa caja si puede moverla!
—Se mueve —dijo Blevins; hablaba por el micrófono del casco que Kelley le había entregado, pero aún no se lo había puesto—. Puede conectarse y desconectarse, además. El cabo Hasner mató algunas miniaturas que estaban manipulándola.
—Muy bien. Nos la llevaremos —dijo Staley—. Que vayan saliendo, Kelley.
—¡Señor! —el soldado cruzó apresuradamente a través de la barrera invisible; tuvo que empujar—. Es igual que… como una especie de Campo, señor Staley. Sólo que no tan denso.
Staley carraspeó y se acercó a los otros guardiamarinas.
—La cafetera —dijo; parecía como si no lo creyera—. Lafferty. Kruppman. Janowith. Ustedes vendrán con nosotros. —Volvió de nuevo a las ruinas que había más allá.
Al otro extremo había una puerta doble aislante en el pasillo, y Staley indicó a Whitbread que la abriera. Los cierres cedieron fácilmente, y se amontonaron en la pequeña cámara neumática para atisbar a través del grueso cristal el principal pasillo de conexión de estribor.
—Parece bastante normal —murmuró Whitbread.
Lo parecía. Cruzaron la cámara neumática en dos ciclos y siguieron impulsándose con las abrazaderas de las paredes del pasillo hasta la entrada del comedor principal de la tripulación.
Staley miró a través del grueso cristal el compartimiento comedor.
—¡Dios mío!
—¿Qué pasa, Horst? —preguntó Whitbread. Pegó su casco al de Staley. En el compartimiento había docenas de miniaturas. La mayoría llevaban armas láser y estaban disparándose entre sí. No había orden de ningún tipo en aquella batalla. Parecía como si cada una de las miniaturas disparase contra todas las demás, aunque quizás se tratase sólo de una primera impresión. El compartimiento estaba lleno de una niebla rosada: sangre pajeña. Fájenos muertos y heridos flotaban en una danza loca mientras la habitación parpadeaba con líneas de luz verdeazulada.
—No entremos —murmuró Staley; recordó que hablaba a través de la radio de su traje y alzó la voz—. Nunca saldríamos vivos de ahí. Olvidemos la cafetera. —Siguieron a través del pasillo buscando más supervivientes humanos.
No había ninguno. Staley les condujo de vuelta hacia el comedor de la tripulación.
—Kruppman —aulló—, coja a Hanowith y sitúe este pasillo en vacío. Queme los mamparos, utilice granadas… cualquier cosa, pero déjelo todo en vacío. Y luego salga rápidamente de esta nave.
—De acuerdo, señor.
Cuando los soldados doblaron una esquina del pasillo de acero, los guardiamarinas perdieron contacto con ellos. Las radios de los trajes sólo funcionaban en la línea de visión. Sin embargo, aún podían oírse. La MacArthur resonaba por todas partes. Agudos chillidos, repiqueteo de metal roto, zumbidos… todo aquello resultaba extraño.
—Ya no es nuestra —murmuró Potter.
Hubo un silbido. El pasillo estaba en vacío. Staley arrojó una granada contra el mamparo del comedor y retrocedió doblando una esquina. Relampagueó la luz un instante, y Staley volvió de nuevo a disparar su láser manual en el punto aún llameante del mamparo. Los otros dispararon con él.
La pared comenzó a hincharse y luego reventó. El aire silbó en el pasillo, con una nube de pajeños muertos. Staley giró los cierres de la entrada de la cámara, pero no pasó nada. Implacablemente, quemaron el mamparo hasta que el agujero fue lo bastante grande para permitirles entrar.
No había huella de miniaturas vivas.
—¿Por qué no hacemos lo mismo en toda la nave? —preguntó Whitbread—. Podríamos recuperar el control.
—Quizás —convino Staley—. Lafferty, coja la cafetera y llévela por el lado de babor. Deprisa, le cubriremos.
Lafferty se lanzó pasillo adelante en la misma dirección por la que habían desaparecido los soldados.
—¿No sería mejor que fuésemos con él? —preguntó Potter.
—El torpedo —aulló Staley—. Tenemos que detonar el torpedo.
—Pero, Horst —protestó Whitbread—. ¿No podemos hacernos con el control de la nave? No he visto miniaturas con trajes de vacío.
—Pueden construir esas cortinas de presión mágicas —le recordó Staley—. Además, tenemos órdenes.
Indicó que siguieran, y ellos se lanzaron por delante de él. Ahora que la MacArthur estaba vacía de humanos, se apresuraban, abriéndose paso con granadas y rayos láser. Potter y Whitbread se estremecían al pensar los daños que estaba sufriendo la nave. Sus armas no estaban destinadas a destrozar una nave espacial en perfecto funcionamiento.
Los torpedos estaban en el lugar previsto: Staley y Whitbread habían formado parte del grupo que los había soldado al otro lado del generador del Campo. Pero… el generador había desaparecido. Una cubierta hueca ocupaba su lugar.
Potter buscaba los cronómetros que debían disparar el torpedo.
—Espere —ordenó Staley; encontró un cable de intercomunicación y conectó a él su traje.
—Aquí el guardiamarina Horst Staley en el compartimiento del generador del Campo. ¿Hay alguien ahí?
—Sí, señor Staley —contestó una voz—. Un momento, señor, aquí está el capitán —el capitán Blaine tomó la palabra. Staley explicó la situación.
—El generador del Campo ha desaparecido, señor, pero el Campo parece tan fuerte como siempre…
Hubo una larga pausa. Luego, Blaine lanzó un juramento, pero se controló.
—Llevan ustedes retraso ya, señor Staley. Tenemos órdenes de cerrar los agujeros del Campo y subir a bordo de los botes de la Lenin en el plazo de cinco minutos. Jamás conseguirán salir antes de que la Lenin abra fuego.
—No, señor. ¿Y qué debemos hacer? Blaine vaciló un momento.
—Tendré que comunicar esto al almirante. Quédense donde están. Un súbito estruendo les lanzó al aire. Luego hubo un silencio y Potter dijo innecesariamente:
—Estamos bajo presión. Los Marrones deben de haber reparado alguna puerta.
—Entonces pronto estarán aquí —dijo Whitbread—. Ya verán lo que es bueno —esperaron—. ¿Qué hará el capitán? —añadió Whitbread.
No había respuesta posible y se quedaron esperando, tensos e inquietos, con las armas preparadas, mientras oían que a su alrededor la MacArthur volvía a la vida. Sus nuevos amos se aproximaban.
—No me iré sin los guardiamarinas —decía Rod al almirante.