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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Los científicos están convencidos, señor. Y me convencieron a mí —añadió lentamente—. Me gustaría que estuviese aquí ahora el doctor Horvath. Kutuzov lanzó un gruñido como si le golpearan en el vientre.

—Ese imbécil. Pacifista. No entendería lo que viese. Permanecieron observando en silencio durante otro minuto, hasta que sonó una llamada en el intercomunicador.

—Almirante, hay señal de la nave embajadora pajeña —anunció el oficial de comunicaciones. Kutuzov frunció el ceño.

—Capitán Blaine, contestará usted a esa llamada.

—¿Cómo dice, señor?

—Conteste a la llamada de los pajeños. Yo no debo hablar directamente con ningún alienígena.

—De acuerdo, señor.

Su cara era como la de cualquier pajeño, pero se sentaba incómodamente erguido, y Rod no se sorprendió al oírle decir:

—Soy el Fyunch(click) del doctor Horvath. Tengo malas noticias para usted, capitán Blaine. Por cierto que agradecemos el aviso que nos dio… no entendemos por qué quiere usted destruir su nave, pero si hubiésemos estado allí…

—Estamos combatiendo una plaga. Quizás destruyendo la MacArthur podamos cortarla. Eso esperamos. Perdone, pero estamos muy ocupados en este momento. ¿Cuál es su mensaje?

—Sí, por supuesto. Capitán, los tres pequeños vehículos que escaparon de la MacArthur intentaron volver a entrar en Paja Uno. Lo siento, pero no sobrevivieron.

El puente de la Lenin pareció convertirse en niebla.

—¿Aterrizar con botes salvavidas? Es una estupidez. No deberían…

—No, no intentaron aterrizar. Les localizamos a mitad de camino… Capitán, tenemos imágenes de ellos. Ardieron completamente…

—¡Maldita sea! ¡Estaban seguros!

—Lo sentimos mucho.

La cara de Kutuzov era una máscara.

—Imágenes—murmuró por fin.

Rod asintió. Se sentía muy cansado.

—Nos gustaría ver esas imágenes —dijo al pajeño—. ¿Está usted seguro de que no sobrevivió ninguno de mis jóvenes oficiales?

—Completamente seguro, capitán. Lo sentimos mucho. Naturalmente, no teníamos idea de que fuesen a intentar una cosa así, y, dadas las circunstancias, no pudimos hacer nada.

—Claro, por supuesto. Gracias. —Rod apagó la pantalla y desvió la vista hacia la batalla que tenía lugar frente a él.

—Así que no hay ningún cadáver ni restos de naufragio —murmuró Kutuzov—. Muy conveniente.

Tocó un botón del brazo de su silla de mando y dijo:

—Capitán Mijailov, envíe, por favor, un transbordador para que busque a los guardiamarinas. —Se volvió a Rod—. No encontrarán nada, por supuesto.

—No cree usted a los pajeños, ¿verdad, señor? —preguntó Rod.

—¿Y usted, capitán?

—Yo… yo no sé, señor. No veo qué podemos hacer.

—Ni yo, capitán. El transbordador buscará y no encontrará nada. No sabemos en qué punto intentaron descender. El planeta es grande. Aunque sobreviviesen y estuviesen libres, podríamos buscar días y días sin encontrarles. Y si están prisioneros, nunca les encontraremos. —Lanzó un nuevo gruñido y habló por su circuito de mando—. Mijailov, ocúpese de que el transbordador busque bien. Y utilice torpedos para destruir esa nave, por favor.

—De acuerdo, señor.

El capitán de la Lenin hablaba quedamente en su puesto, al otro lado del gran puente. Una hilera de torpedos partieron hacia la MacArthur. No podrían atravesar el Campo; la energía almacenada allí los fundiría inmediatamente. Pero estallaron todos a la vez, una salva perfecta y cronometrada, y alrededor de la superficie violeta brillante de la MacArthur se alzó un gran oleaje de luz multicolor. Puntos blancos brillantes aparecieron y desaparecieron.

—Penetración en nueve puntos —anunció el oficial artillero.

—¿Penetración en qué? —preguntó Rod inocentemente. Era aún su nave, y estaba defendiendo su vida valerosamente…

El almirante resopló. La nave estaba a quinientos metros de la infernal superficie violeta; los brillantes relampagueos podían incluso haberla alcanzado, o podían haber errado el tiro por completo.

—Que los cañones continúen disparando. Lancen otra andanada de torpedos —ordenó Kutuzov.

Otra hilera de luminosos dardos salió hacia la MacArthur. Todos explotaron a lo largo de la temblorosa superficie violeta. Se marcaron en ella más puntos y hubo una oleada desbordante de llamas violeta.

Y luego la MacArthur apareció tal como era. Un globo de fuego violeta de un kilómetro de diámetro, cruzado por hilos de luz verde.

Un camarero entregó a Rod una taza de café. Este lo bebió con aire ausente. El sabor era horrible.

—¡Disparen! —ordenó Kutuzov; miraba furiosamente y con odio a las pantallas—. ¡Fuego!

Y de pronto sucedió. El Campo de la MacArthur se expandió enormemente, se volvió azul, amarillo… y se desvaneció. Los localizadores automáticos giraron y el aumento de las pantallas creció. La nave estaba allí.

Era toda ella un resplandor rojo, y muchas de sus partes se habían fundido. No debería estar allí. Cuando un Campo queda destruido, todo lo que hay dentro de él se evapora…

—Deben de estar asados ahí dentro —dijo mecánicamente Rod.

Da. ¡Fuego!

Las luces verdes brotaron otra vez. La MacArthur pareció cambiar y burbujear, expandirse, convertirse en aire en el espacio. Un torpedo se acercó casi con lentitud hasta ella y estalló. Las baterías de láser dispararon. Cuando Kutuzov ordenó finalmente que el fuego cesase, no quedaba más que vapor.

Rod y el almirante estuvieron largo rato mirando las pantallas vacías. Por último, el almirante apartó la vista.

—Llame a los botes, capitán Mijailov. Volvemos a casa.

33 • Aterrizaje

Tres pequeños conos, cayendo. En cada uno de ellos anida un hombre, como un huevo en una copa.

Horst Staley iba a la cabeza. Podía ver delante una pequeña pantalla cuadrada, pero la visión posterior dependía exclusivamente de él. Estaba desprotegido para el espacio salvo por el traje de presión. Se volvió y vio que otros dos conos con una llama en el vértice le seguían. En algún punto situado muy lejos, detrás del horizonte, estaba la MacArthur y la Lenin. No había ninguna posibilidad de que la radio de su traje alcanzase tan lejos, pero de todos modos la activó y habló.

No hubo respuesta.

Todo había sucedido muy deprisa. Los conos habían disparado retrocohetes, y cuando llamó a la Lenin era ya demasiado tarde. Quizás el personal de comunicaciones estuviese ocupado en otra cosa, quizás él hubiese sido lento… Horst se sintió de pronto solo.

Seguía cayendo. Los cohetes iban apagándose.

—¡Horst! —era la voz de Whitbread. Staley contestó.

—¡Horst, estos vehículos descienden hacia el planeta!

—Sí. No hay modo de evitarlo. ¿Qué podemos hacer?

En el fondo, no esperaba una respuesta. En solitario silencio, tres pequeños conos caían hacia el planeta verde claro. Luego: reentrada.

No era para ninguno de ellos la primera vez. Conocían los colores del campo plasmático que se crea delante del morro de la nave. Los colores difieren según la composición química del casco ablativo. Pero esta vez estaban prácticamente desnudos. ¿Habría radiación? ¿Calor?

La voz de Whitbread llegó hasta Staley por encima de las interferencias.

—Estoy intentando pensar como un pajeño, y no es fácil. Ellos conocen nuestros trajes. Saben cuántas radiaciones evitan. ¿Cuántas creen que podemos soportar? ¿Y el calor?

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