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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Entendido, señor —Staley parecía no creerlo. Se quedó casi rígido, muy atento, pese a la ausencia de gravedad del transbordador.

Blaine casi sonrió. Al menos hubo un leve movimiento en sus labios.

—El enemigo, señor, son varios centenares de miniaturas de pajeños. Tienen armas manuales. Algunos tienen máscaras antigás. No están bien organizados, pero son muy peligrosos. Debe usted comprobar que no quedan pasajeros ni tripulantes en la sección de estribor de la MacArthur. Cumplida esta misión, conducirá usted a un grupo hasta la cocina de la tripulación para rescatar la cafetera. Pero asegúrese de que está vacía, señor Staley.

—¿La cafetera? —preguntó Renner, asombrado. Whitbread movió la cabeza tras él y murmuró algo a Potter.

—La cafetera, señor Renner. Ha sido modificada por los alienígenas y la técnica utilizada puede ser de un gran valor para el Imperio. Verá usted otros objetos extraños, señor Staley. Utilice su criterio y elija los que le parezcan más adecuados… pero en ningún caso seleccione usted algo que pudiese contener un alienígena vivo. Y vigile a sus hombres. Las miniaturas han matado a varias personas y, utilizando sus cabezas como camuflaje, se han introducido en armaduras de combate. Asegúrese de que un hombre con la armadura es un hombre, señor Staley. No les hemos visto intentarlo hasta ahora con un traje de presión ajustado, pero tengan mucho cuidado.

—Lo tendré, señor —aseguró Staley—. ¿Podemos recuperar el control de la nave?

—No. —Blaine luchaba claramente por controlarse—. No tiene usted mucho tiempo, señor. Cuarenta minutos después de que entre usted en la MacArthur, active todos los sistemas de destrucción convencionales, luego conecte el cronometrador de aquel torpedo que preparamos. Pase a informarme una vez hecho esto en la entrada principal de babor. Cincuenta y cinco minutos después de que entre usted, la Lenin comenzará a disparar contra la MacArthur irremisiblemente. ¿Ha entendido?

—Perfectamente, señor —contestó Horst Staley. Miró a los otros. Potter y Whitbread le miraron inseguros.

—Capitán —dijo Renner—. Señor, le recuerdo que yo soy aquí el oficial más veterano.

—Lo sé, Renner. También tengo una misión para usted. Debe volvercon el capellán Hardy al transbordador de la MacArthur y ayudarle a recuperar el equipo y las notas que necesite. Irá otro de los botes de la Lenin con ese objeto, y encargúese de que todo quede empaquetado en un recipientesellado que llevará el bote.

—Pero… señor, ¡yo debería dirigir el grupo de abordaje!

—Usted no es un oficial de combate. ¿Recuerda lo que me dijo ayer?

Renner lo recordaba.

—No le dije que fuese un cobarde —replicó.

—Lo sé perfectamente. También sé que probablemente sea usted el oficial más impredecible que tenemos. Al capellán se le ha dicho únicamente que hay una epidemia a bordo de la MacArthur, y que volvemos al Imperio antes de que se extienda. Ésa será la versión oficial para los pajeños. Quizás no la crean, pero Hardy tendrá más posibilidades de convencerles si está convencido él mismo. Pero, de todos modos, tiene que estar con él alguien que conozca la verdadera situación.

—Uno de los guardiamarinas…

—Señor Renner, vuelva a bordo del transbordador de la MacArthur. Staley, tiene usted ya sus órdenes.

—Entendido, señor.

Renner se fue, fuera de sí.

Tres guardiamarinas y una docena de soldados colgaban de las redes de choque en la cabina principal del transbordador de la Lenin. Se habían ido los civiles y la tripulación regular, y el bote se apartaba de la masa negra de la Lenin.

—Muy bien, Lafferty —dijo Staley—. Vamos al lado de estribor de la MacArthur. Si no nos atacan, se colocará en posición para el abordaje, junto a los depósitos situados después del mamparo 185.

—De acuerdo, señor.

Lafferty no reaccionó de forma apreciable. Era un hombre huesudo, un sencillo habitante de Tabletop. Tenía el pelo rubio ceniza y lo llevaba muy corto, y su cara era toda planos y ángulos.

La red de choque estaba diseñada para grandes impactos. Los guardiamarinas colgaban como moscas en una monstruosa tela de araña. Staley miró a Whitbread. Whitbread miraba a Potter. Ambos apartaron la vista de los soldados que había tras ellos.

—De acuerdo. Vamos —ordenó Staley. El vehículo arrancó.

El auténtico casco defensivo de toda nave de guerra es el Campo Langston. Ningún objeto material podía soportar el calor calcinante de las bombas de fusión y de los láser de alta energía. Dado que nada puede traspasar el Campo, y que el fuego defensivo de la nave evapora cualquier cosa que esté debajo, el casco de una nave de guerra es una piel relativamente fina. Es, sin embargo, sólo relativamente fina. Una nave debe ser lo suficientemente rígida para soportar la alta aceleración y el salto.

Pero algunos compartimientos y depósitos son grandes, y en teoría pueden ser aplastados por un choque, si es bastante fuerte. En la práctica… Que Staley, que hurgaba frenéticamente en su memoria, pudiese recordar, nadie había llevado nunca a un grupo de combate a bordo de una nave de aquel modo. Estaba en el Libro, sin embargo. Se podía llegar a bordo de una nave averiada con el Campo intacto embistiendo de frente. Staley se preguntó qué loco condenado lo habría intentado por primera vez.

La gran burbuja negra que cerraba la MacArthur se convirtió en una sólida pared negra sin movimiento visible. Luego, el escudo en forma de palas cargadoras se alzó. Horst observó cómo el negror crecía en la pantalla visual delantera por encima del hombro de Lafferty.

El transbordador se lanzó hacia atrás. Un instante de frío cuando pasaron a través del Campo, luego el rechinar del metal. Se detuvieron.

Staley soltó su red de choque.

—Actuemos —ordenó—. Kelley, tenemos que abrirnos camino a través de esos depósitos.

—De acuerdo, señor.

Los soldados pasaron rápidamente. Dos apuntaron con un gran cortador de láser al metal que había sido en tiempos pared interior de un depósito de hidrógeno. Unos cables unían el arma con el transbordador.

La pared del depósito cayó, y parte de ella estuvo a punto de aplastar a los soldados. Brotó más aire, en un silbido, y fueron cayendo, como hojas otoñales, miniaturas de pajeños muertas.

Las paredes del pasillo habían desaparecido. Donde había habido una serie de compartimentos, no había ahora más que un montón de ruinas, mamparos destrozados, maquinaria surrealista, y miniaturas muertas por todas partes. Parecía que ninguno tuviese traje de presión.

—Dios mío —murmuró Staley—. Bueno, Kelley, adelante con esos trajes. Vamos.

Se lanzó hacia delante por encima de las ruinas, hasta llegar a la puerta del siguiente compartimiento de atmósfera aislada.

—¿Cuál es la presión al otro lado? —preguntó; cogió la caja de comunicaciones del mamparo y conectó el micrófono de su traje—. ¿Hay alguien ahí?

—Aquí el cabo Hasner, señor —contestó rápidamente una voz—. Tenga cuidado ahí, esa zona está llena de miniaturas.

—Ya no —contestó Staley—. ¿En qué situación se encuentra usted ahí?

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