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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—¿Esta usted seguro de que no pueden llegar a la cámara neumática de babor? —preguntó Kutuzov.

—Tardarían más de diez minutos, almirante. Los Marrones controlan esa parte de la nave. Tendrían que abrirse camino luchando.

—¿Qué sugiere entonces?

—Déjeles utilizar los botes salvavidas, señor —contestó Rod.

Había botes salvavidas en varias partes de la nave, y una docena de ellos estaban situados a menos de veinte metros del compartimiento del generador del Campo. Eran esencialmente motores de combustible sólido con cabinas hinchables, proyectados para permitir a un refugiado sobrevivir unas cuantas horas en el caso de que la nave sufriese daños imposibles de reparar… o estuviese a punto de explotar. Ambas cosas podían aplicarse a la situación de la MacArthur.

Las miniaturas deben de haber instalado instrumentos de registro y transmisiones en los botes salvavidas —dijo Kutuzov—. Un medio de proporcionar a los pajeños grandes todos los secretos de la MacArthur. —Habló con algún otro—. ¿Cree usted posible eso, capellán?

Blaine oyó hablar al fondo al capellán Hardy.

—No, señor. Las miniaturas son animales. Siempre me lo han parecido. Y eso dicen los pajeños adultos. Y todas las pruebas justifican la hipótesis. Sólo serían capaces de eso si los dirigiesen adecuadamente… Y, almirante, si hubiesen estado tan ansiosos por comunicarse con los pajeños, puede usted estar seguro de que ya lo habrían hecho.

Da —murmuró Kutuzov—. No merece la pena sacrificar a esos oficiales por nada. Capitán Blaine, deles orden de que utilicen los botes salvavidas. Pero adviértales que no debe salir con ellos ninguna miniatura. En cuanto salgan, vendrá usted inmediatamente a bordo de la Lenin.

Entendido, señor —Rod suspiró aliviado y conectó el intercomunicador con la línea del compartimiento del generador.

—Staley, el almirante dice que pueden utilizar ustedes los botes salvavidas. Procuren que no haya en ellos miniaturas, les registrarán a ustedes antes de que suban a bordo de uno de los botes de la Lenin. Conecten los detonadores de los torpedos y salgan de ahí. ¿Entendido?

—De acuerdo, señor. —Staley se volvió a los otros guardiamarinas—. Los botes salvavidas —gritó—. Rápido…

Alrededor de ellos parpadeó una luz verde.

—¡Bajen los visores! —gritó Whitbread.

Se lanzaron detrás de los torpedos mientras el rayo escudriñaba el compartimiento. Abrió agujeros en los mamparos; luego atravesó las paredes del compartimiento, y por último el propio casco. Salió silbando el aire y el rayo dejó de moverse, pero permaneció fijo allí, arrojando energía a través del casco contra el Campo que se extendía más allá.

Staley alzó su visor solar. Estaba oscurecido con depósitos metálicos de plata. Siguió cuidadosamente el rayo para localizar su origen.

Era una gran arma manual de láser. Para manejarla debían de hacer falta doce miniaturas por lo menos. Algunas de ellas, muertas y secas, colgaban de las abrazaderas manuales dobles.

—Vamonos —ordenó Staley. Insertó una llave en el cierre del panel del torpedo. Potter hizo lo mismo a su lado. Giraron las llaves… les quedaban diez minutos para escapar. Staley comunicó por el intercom:

—Misión cumplida, señor.

Cruzaron la puerta abierta del compartimiento y pasaron al pasillo posterior principal dirigiéndose a popa, impulsándose en las agarraderas de las paredes. Las carreras con gravedad nula eran un juego muy popular, aunque un tanto ilegal, entre los guardiamarinas, y en aquel momento se alegraron de la práctica que habían adquirido. Tras ellos, el cronómetro continuaría su tic-tac…

—Debe de ser aquí —dijo Staley.

Lanzó un rayo contra la puerta, luego abrió un hueco del tamaño de un hombre en el casco exterior. Silbó el aire… las miniaturas les habían encerrado de nuevo en la hedionda atmósfera de Paja Uno, pese a haber llegado después. Colgaban en el vacío agujas de hielo.

Potter localizó los controles de hinchado del bote salvavidas y rompió el cristal que lo cubría con la culata de la pistola. Se apartaron esperando que se hincharan los botes salvavidas. Pero en vez de hincharse se alzó el suelo. Detrás de la cubierta se almacenaba una hilera de conos, de dos metros de diámetro de base cada uno y de unos ocho metros de longitud.

—El Marrón asesino ataca de nuevo —dijo Whitbread.

Los conos eran todos idénticos y parecían recién fabricados. Las miniaturas parecían haber trabajado durante semanas bajo la cubierta, destrozando los botes salvavidas y el resto del equipo para reemplazarlos por… aquellas cosas. Todos los conos tenían una silla de choque retorcida en el extremo mayor y una especie de cohete en la punta.

—Examina esos chimes, Potter—dijo Staley—. Comprueba si hay algún Marrón oculto en ellas.

No parecía haberlos. Salvo el casco cónico, que era sólido, todo lo demás era estructura abierta. Potter estuvo tanteando y mirando mientras sus amigos hacían guardia.

Buscaban una abertura en el cono cuando captó un movimiento con el rabillo del ojo. Cogió una granada de su cinturón y se volvió. Un traje espacial flotaba… junto a la pared del pasillo. Sostenía un pesado láser con ambas manos.

El nerviosismo de Staley se reveló en su voz.

—¡Eh! ¡Identifíquese!

El otro alzó el arma. Potter lanzó una granada.

La explosión se vio taladrada por una intensa luz verde que iluminó espectralmente el pasillo y atravesó uno de los botes salvavidas cónicos.

—¿Era un hombre? —gritó Potter— ¿Qué era? ¡Los brazos se doblaban al revés! Las piernas se proyectaban hacia adelante… ¿Qué era?

—Un enemigo —dijo Staley—. Creo que lo mejor será que salgamos de aquí. Que subamos a bordo de los botes mientras podamos.

Y se subió en el extraño asiento de uno de los conos intactos. Los otros eligieron inmediatamente un asiento cada uno.

Horst descubrió un tablero de control sobre una barra y lo hizo girar hasta situarlo frente a él. No había indicadores por ninguna parte. Inteligentes o no, parecía que todos los pajeños pudiesen descubrir el funcionamiento de una máquina sólo con mirarla.

—Probaré con el botón cuadrado grande —dijo Staley con firmeza. Su voz parecía extrañamente hueca a través de la radio del traje. Pulsó el botón.

Una sección del casco se desprendió bajo él. El cono se balanceó como una honda. Los cohetes llamearon un instante. Frío y negror… y luego salió del Campo.

Salieron del Mar Negro otros dos conos. Horst dirigió frenéticamente la radio de su traje hacia la acechante masa negra de la Lenin situada a no más de un kilómetro de distancia.

—¡Aquí el guardiamarina Staley! Los botes salvavidas han sido modificados. Somos tres, y estamos solos a bordo de ellos…

Un cuarto cono brotó de la negrura. Staley se volvió en su asiento. Parecía un hombre…

Tres armas manuales dispararon simultáneamente. El cuarto cono relampagueó y se fundió, pero ellos siguieron disparando largo rato.

—Uno de los… —Staley no sabía qué informar. Su circuito quizá no fuese seguro.

—Le tenemos a usted en las pantallas, guardiamarina —dijo una voz de fuerte acento—. Apártense de la MacArthur y esperen a que los recojan. ¿Han completado su misión?

—Sí, señor —Staley miró su reloj—. Faltan cuatro minutos, señor.

—Entonces dense prisa —ordenó la voz.

Pero ¿cómo? se preguntaba Staley. Los controles no tenían ninguna función obvia. Mientras buscaba frenéticamente, se encendió su cohete. Pero… él no había tocado nada.

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