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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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– ¿Cuántos años tenían entonces?

– Él quince, ella casi doce.

– Creo que exagerabas un poco con esos temores.

– Puede que un poco. Pero al menos Calanthe, a la que tuve que contárselo todo, no lo menospreció. Sé que tenían planes de matrimonio para Ciri, creo que se trataba del joven Tancredo Thyssen, de Kovir, o puede que Radowid de Redania, no estoy seguro. Pero los rumores podían dañar los proyectos de matrimonio, incluso rumores de inocentes besos o caricias medio inocentes. Calanthe, sin un instante de vacilación, se llevó a Ciri a Cintra. La muchacha se enfadó, gritó, lloró, pero no sirvió de nada. Con la Leona de Cintra no había discusión. Luego, Hjalmar estuvo dos días de cara a la pared y no habló con nadie. Apenas sanó, quiso robar un esquife y navegar solo hasta Cintra. Le di con el cinto y se le pasó. Y luego…

Crach an Craite calló, se quedó pensativo.

– Luego llegó el verano, luego el otoño y ya toda el poderío nilfgaardiano se lanzó contra Cintra, desde la pared sur, junto a las Escaleras de Marnadal. Y Hjalmar encontró otra ocasión para mostrar su hombría. En Marnadal, en Cintra, luego en Sodden, se enfrentó valientemente contra los Negros. Luego también, cuando los drakkars fueron a las costas nilfgaardianas,

Hjalmar vengó con la espada en la mano a su casi prometida, de la que entonces se pensaba que ya no vivía. Yo no lo creía porque no habían sucedido los fenómenos de los que te había hablado… Bueno, y ahora, cuando Hjalmar se enteró de la posibilidad de una expedición de rescate, se ofreció como voluntario.

– Gracias por esta historia, Crach. He descansado al oírte. Me he olvidado de mis… pesadumbres.

– ¿Cuándo te vas, Yennefer?

– En los próximos días. Puede que incluso mañana. Sólo me queda por hacer una última telecomunicación.

Los ojos de Crach an Craite eran como ojos de azor. Se clavaban profundamente, hasta el fondo.

– ¿No sabes por casualidad con quién habló Yennefer por ultima vez antes de desmontar la máquina infernal? ¿La noche del veintisiete al veintiocho de agosto? ¿Con quién? ¿Y de qué?

Triss cubrió los ojos con sus pestañas.

El rayo de luz desviado por el brillante revivió con un resplandor la superficie del espejo. Yennefer extendió las dos manos, gritó un hechizo. El reflejo cegador se convirtió en una niebla retorcida, de la niebla comenzó a surgir enseguida una imagen. La imagen de una habitación de paredes cubiertas con unos tapices multicolores.

Un movimiento en la ventana. Y una voz inquieta.

– ¿Quién? ¿Quién está allí?

– Soy yo, Triss.

– ¿Yennefer? ¿Eres tú? ¡Dioses! ¿De dónde… dónde estás?

– No importa dónde esté. No bloquees porque la imagen titila. Y quita la lamparilla porque me ciega.

– Ya. Por supuesto.

Aunque era muy tarde, Triss Merigold no estaba ni en negligé ni en roba de trabajo. Llevaba un vestido de calle. Como de costumbre, abrochado muy alto junto al cuello.

– ¿Podemos hablar libremente?

– Por supuesto.

– ¿Estás sola?

– Sí.

– Mientes.

– Yennefer…

– No me engañas, mocosa. Conozco ese gesto, estoy harta de verlo. Hacías lo mismo cuando comenzaste a dormir con Geralt a mis espaldas. Entonces también te ponías la misma máscara de pollito inocente que veo ahora en tu rostro. ¡Y ahora significa lo mismo que entonces!

Triss enrojeció. Y junto a ella apareció en la ventana Filippa Eilhart, vestida con un jubón granate de hombre con bordados de plata.

– Bravo -dijo-. Astuta, como siempre, como siempre penetrante. Estoy contenta de verte sana y salva, Yennefer. Estoy contenta de ver que la loca teleportación desde Montecalvo no terminó en una tragedia.

– Pongamos que de verdad te alegras. -Yennefer torció el gesto-. Aunque se trata de una suposición bastante atrevida. Pero dejémoslo. ¿Quién me traicionó?

– ¿Acaso importa? -Filippa se encogió de hombros-. Ya hace cuatro días que contactas con traidores. Con aquéllos para los que la traición y la venalidad son su segunda naturaleza. Y con aquéllos a los que tú misma empujaste a la traición. Uno de ellos te traicionó. El orden natural de las cosas. No me digas que no lo esperabas.

– Por supuesto que me lo esperaba -bufó Yennefer-. La mejor prueba es que contacto con vosotras. No tendría por qué hacerlo.

– No tendrías. Eso quiere decir que quieres algo.

– Bravo. Astuta, como siempre, como siempre penetrante. Contacto con vosotras para aseguraros que el secreto de vuestra logia está a salvo conmigo. No os traicionaré.

Filippa la miró a través de sus pestañas.

– Si contabas -dijo por fin- con que esta declaración te iba a servir para comprarte tiempo, tranquilidad y seguridad, te equivocas. No nos engañemos, Yennefer. Al huir de Montecalvo realizaste una elección, te declaraste por un lado de la barricada. Quien no está en la logia está contra ella. Ahora intentas adelantarte a nosotras en la tarea de encontrar a Ciri y los motivos que te mueven a ello son precisamente los contrarios a los nuestros. Actúas contra nosotras. No quieres permitir que utilicemos a Ciri para nuestros objetivos políticos. Así que nosotras haremos todo lo posible para que no consigas utilizar a la muchacha para los tuyos, sentimentales.

– ¿Así que guerra?

– Competencia -sonrió Filippa venenosamente-. Sólo competencia, Yennefer.

– ¿Leal y honorable?

– Estás bromeando.

– Por supuesto. Sin embargo, al menos hay cierto asunto que querría dejar claro honestamente.

– Dilo.

– En los próximos días, puede que mañana, sucederán unos acontecimientos cuyas consecuencias no estoy en estado de prever. Puede ser que nuestra competencia deje de tener importancia de pronto. Por una causa muy simple. Que no haya competidora.

Filippa Eilhart entornó sus ojos, matizados por una sombra celeste.

– Entiendo.

– Conseguid entonces que recupere después de mi muerte mi reputación y mi buen nombre. Para que no me consideren más como una traidora y aliada de Vilgefortz. Pido esto a la logia. Te lo pido a ti personalmente.

Filippa calló un instante.

– Rechazo la petición -dijo por fin-. Lo siento, pero tu rehabilitación no está dentro de los intereses de la logia. Si mueres, mueres como una traidora. Serás una traidora y una criminal para Ciri, porque entonces será más fácil manipular a la muchacha.

– Antes de que emprendas algo que amenace muerte -habló de pronto Triss-, déjanos…

– ¿Un testamento?

– Algo que nos permita… continuar… seguir tus huellas. Encontrar a Ciri. ¡Se trata de su bienestar! ¡De su vida! Yennefer, Dijkstra encontró… ciertas huellas. Si Vilgefortz tiene a Ciri, a la muchacha le amenaza una muerte horrible.

– Calla, Triss -ladró brusca Filippa Eilhart-. Aquí no habrá mercadeo ni regateos.

– Os dejaré indicaciones -dijo Yennefer lentamente-. Os dejaré informaciones de lo que me enteré y de lo que voy a emprender. Os dejaré huellas que podréis seguir. Pero no gratis. No queréis rehabilitarme a ojos del mundo, pues al diablo con vuestro mundo. Pero rehabilitadme siquiera a ojos de un brujo.

– No -respondió casi de inmediato Filippa-. Esto tampoco entra dentro de los intereses de la logia. También para tu brujo seguirás siendo una hechicera traidora y nefanda. No entra dentro de los intereses de la logia el que alborotara, buscando venganza, y si te desprecia, no va a querer vengarte. Al fin y al cabo, creo que ya está muerto. O lo estará un día de éstos.

– Informaciones -habló Yennefer con voz sorda- por su vida. Sálvalo, Filippa.

– No, Yennefer.

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