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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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– ¿Y qué pasó con la princesa ésa de Cintra? -no se resignó Scarra la Mayor-. Al cabo la echastis mano, ¿no?

– La echamos mano. Si se puede decir así. ¿Qué día es hoy?

– El ventidós de septiembre. Mañana es el equinoccio.

– Ja. Ved cuán raro es el decurso del azar. Entonces mañana se cumplirá el año desde aquellos hechos… Un año ya…

Kenna se tumbó en el camastro, con las manos unidas detrás del cuello. Las hermanas callaban, con la esperanza de que aquello fuera la introducción para una historia.

Nada de eso, hermanillas, pensó Kenna, mirando las guarrerías escritas y las todavía mayores guarrerías dibujadas en la tabla del camastro de arriba. No habrá ninguna historia. Ni siquiera es porque ese apestoso LeCoq me apesta a mí a chota de mierda o a otro testigo de la corona. Simplemente no quiero hablar de ello. No quiero recordarlo.

Lo que pasó hace un año… después de que Bonhart se nos escapara en Claremont.

Llegamos allí dos días demasiado tarde, recordó, el rastro ya se había enfriado. Nadie sabía adonde había ido el cazador de recompensas. Nadie, excepto el mercader Houvenaghel, se entiende. Pero Houvenaghel no quiso hablar con Skellen, ni siquiera le dejó entrar en su casa. Le transmitió mediante el servicio que no tenía tiempo y no concedía audiencia. Antillo se enrabietó y se inflamó, pero, ¿qué iba a hacer? Aquello era Ebbing, no tenía allí jurisdicción. Y de otro -nuestro- modo no se podía agarrar a Houvenaghel, porque él tenía en Claremont un ejército privado y no se podía empezar una guerra…

Bóreas Mun rastreó, Dacre Silifant y Ola Harsheim intentaron el soborno, Til Echrade, la magia élfica, yo sentí y leí pensamientos, pero no sirvió de mucho. Nos enteramos solamente de que Bonhart se fue de la ciudad por la puerta del sur. Y de que antes de que se fuera…

En Claremont había un santuario pequeñito, de madera de alerce… Junto a la puerta del sur, frente a una placita con mercado. Antes de irse de Claremont, Bonhart, en aquella plaza, delante del santuario, torturó a Falka con un látigo. Ante los ojos de todos, incluyendo de los sacerdotes del santuario. Gritó que le demostraría quién era su señor y amo. Que esto se lo enseñaría con un palo, como quisiera, y si lo quisiera, la golpearía hasta la muerte, porque nadie tomaría parte por ella, nadie la ayudaría, ni los hombres ni los dioses.

Scarra la Joven miraba por la ventana, colgaba agarrada a las rejas. La Mayor comía gachas de la escudilla. LeCoq tomó el taburete, se tumbó y se cubrió con la manta.

Se escuchó la campana del cuerpo de guardia, los centinelas se gritaron en la muralla.

Kenna se dio la vuelta, el rostro hacia la pared.

Algunos días después, nos encontramos, pensó. Yo y Bonhart. Cara a cara. Miré a sus inhumanos ojos de pez: sólo pensaba en una cosa, en cómo golpear a esa muchacha. Y le eché un vistazo a sus pensamientos… Sólo por un momento. Y fue como meter la cabeza en un tumba abierta…

Esto sucedió en el equinoccio.

Y el día anterior, el veintidós de septiembre, me di cuenta de que se había metido entre nosotros un invisiblero.

Stefan Skellen, coronel imperial, escuchaba sin interrumpir. Pero Kenna vio cómo se le transformaba el rostro.

– Repite, Selborne -pronunció arrastrando las sílabas-. Repite porque no creo a mis propios oídos.

– Cuidado, señor coronel -murmuró-. Haced como que os enfadáis… Como si yo petición alguna tuviera y vos no quisierais permitirla… En apariencia, se entiende. Yo no me equivoco, segura estoy. Dos días ha que un invisiblero nos ronda. Un espía invisible.

Antillo, había que reconocérselo, era listo; lo pilló al vuelo.

– No, Selborne, no lo concedo -dijo en voz alta, pero evitando exageraciones actorales tanto en el tono como en los gestos-. La disciplina ata a todos. No hay excepciones. ¡No concedo mi permiso!

– Pídoos al menos que escucharéis, señor coronel. -Kenna no tenía el talento de Antillo, no escapaba a la artificialidad, pero en la escena que estaban interpretando cierta artificialidad y confusión habrían sido aceptables-. Pídoos al menos escuchar…

– Habla, Selborne. ¡Pero corto y conciso!

– Nos espía desde hace dos días -murmuró, fingiendo que explicaba sus razones con humildad-. Desde Claremont. Ha de ir secretamente tras nos, se acerca en los vivaques, invisible, andurrea entre la gente, escucha.

– Escucha, el puto espía. -Skellen no tenía que fingir enfado ni severidad, su voz vibraba de rabia-. ¿Cómo lo descubriste?

– Cuando antenoche dierais junto a la posada las órdenes al señor Silifant, un gato que al punto andaba durmiendo en un poyo siseó y puso las orejas. Raro se me hiciera aquello, puesto que no había nadie en aqueste lado… Y luego sentí algo, como un pensamiento, ajena voluntad. Cuando alredor nomás hay pensamientos de los nuestros, normales, un pensamiento ajeno es entonces para mí, señor coronel, como si alguien gritara a lo loco… Principié a estar atenta, fuerte, doblemente, y lo sentí.

– ¿Lo puedes sentir siempre?

– No. No siempre. Ha de tener alguna protección mágica. No más lo siento de muy cerca, y esto no de continuo. Por esto hay que guardar la apariencia, puesto que no se sabe si justamente anduviera por acá.

– No lo espantemos -Antillo arrastró las sílabas-. No lo espantemos… Yo lo quiero vivo, Selborne. ¿Qué propones?

– Lo vamos a hacer crepés.

– ¿Crepés?

– Más bajito, señor coronel.

– Pero… Ah, no importa. De acuerdo. Te dejo mano libre.

– Mañana hacer que tomemos cuartelillo en alguna aldea. Yo apañaré el resto. Y ahora, para las apariencias, gritarme severamente y yo me iré.

– No sé cómo gritaros -le sonrió con los ojos y guiñó levemente, tomando de inmediato gesto de caudillo severo-. Porque estoy satisfecho de vos, doña Joanna.

Dijo «doña». Doña Joanna. Como a un oficial.

Hizo de nuevo un guiño.

– ¡No! -dijo, y agitó la mano, interpretando estupendamente su papel-. ¡Petición rechazada! ¡Idos!

– A la orden, señor coronel.

Al día siguiente, por la tarde, Skellen arregló que se quedaran en una aldea junto al río Lete. La aldea era rica, rodeada por una empalizada, se entraba en ella por una elegante puerta giratoria de tablones nuevos de pino. La aldea se llamaba Licornio. Y tomaba este nombre de una pequeña capilla de piedra en la que había un muñeco de paja que representaba a un unicornio.

Recuerdo, dijo para sí Kenna, cómo nos burlamos de aquel diosecillo de paja, y el alcalde, con un gesto serio, aclaró que el santo licornio que protegía la ciudad había sido, hacía años, de oro, luego de plata, luego de cobre, luego hubo algunas versiones de hueso y de maderas nobles. Pero todos habían sido robados y saqueados. Sólo desde que el licornio era de paja había tranquilidad.

Extendimos el campamento en la aldea. Skellen, como estaba convenido, ocupó la sala del concejo.

Al cabo de menos de una hora hicimos del espía invisible un crepé. De una forma clásica, de manual.

– Por favor, acercaos -ordenó en voz alta Antillo-. Por favor, acercaos y echadle un vistazo a este documento… ¿Ahora? ¿Están ya todos? Que no tenga que explicarlo dos veces.

Ola Harsheim, que estaba precisamente bebiendo crema agria algo diluida con leche cortada en un cubo de ordeñar, se limpió los labios de los chorrillos de la crema, soltó el vaso, miró a su alrededor, contó. Dacre Silifant, Bert Brigden, Neratin Ceka, Til Echrade, Joanna Selborne…

– No está Dufficey.

– Llamadlo.

– ¡Kriel! ¡Duffi Kriel! ¡Al mando, una reunión! ¡A por órdenes importantes! ¡Aprisa!

Dufficey Kriel, jadeando, entró en la choza.

– Todos presentes, señor coronel -anunció Ola Harsheim.

– Dejad la ventana abierta. Aquí apesta a ajo que te mueres. Dejad también abiertas las puertas, para hacer corriente.

Brigden y Kriel, obedientes, abrieron puertas y ventanas. Kenna advirtió de nuevo cómo Antillo habría sido un excelente actor.

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