La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Porque no entra dentro de los intereses de la logia. -En los ojos de la hechicera ardió un fuego violeta-. ¿Lo has oído, Triss? Ésta es tu logia. Éste es su verdadero rostro, éstos sus verdaderos intereses. ¿Y qué dices a ello? Eras la tutora de la muchacha, casi, como tú misma dijiste, su hermana mayor. Y Geralt…
– No tomes a Triss por la fibra romántica, Yennefer. -Filippa se tomó la revancha con el fuego de sus ojos-. Encontraremos y rescataremos a la muchacha sin tu ayuda. Y si tú tuvieras éxito, entonces gracias mil, nos la proporcionarás, nos ahorrarás fatigas. Tu arrancas a la muchacha de manos de Vilgefortz, nosotros de las tuyas. ¿Y Geralt? ¿Quién es Geralt?
– ¿Has oído, Triss?
– Perdóname -dijo sordamente Triss Merigold-. Perdóname, Yennefer.
– Oh, no, Triss. Nunca.
Triss miraba al suelo. Los ojos de Crach an Craite eran como ojos de azor.
– Al día siguiente de esta última comunicación secreta -dijo despacio
el yarl de Skellige-, de ésa de la que tú, Triss Merigold, no sabes nada,
Yennefer se fue de Skellige, poniendo curso al Abismo de Sedna. Al preguntarle por qué se dirigía precisamente hacia allí, me miró a los ojos y respondió que tenía intenciones de comprobar en qué se diferencian las catástrofes naturales de las innaturales. Se fue con dos drakkars, el Támara y el Alción, con una tripulación compuesta exclusivamente de voluntarios. Esto fue el veintiocho de agosto, hace dos semanas. No la volví a ver…
– ¿Cuándo te enteraste…?
– Cinco días después. -La interrumpió bastante poco ceremoniosamente-. Tres días después de la nueva de septiembre.
El capitán Asa Thjazi, sentado delante del yarl, estaba intranquilo. Se lamía los labios, se removía en el banco, retorcía los dedos de tal forma que hasta saltaban los pulgares.
El sol rojo, que había logrado salir por fin de entre las nubes que cubrían el cielo, iba bajando poco a poco hacia Spikeroog.
– Habla, Asa -le ordenó Crach an Craite.
Asa Thjazi tosió con fuerza.
– Avanzamos muy deprisa -siguió-. El viento nos era favorable, hacíamos mas de doce nudos. Entonces, ya el veintinueve, vimos por la noche la luz del faro de Peixe de Mar. Doblamos un poco hacia el oeste, para no toparnos con algún nilfgaardiano… Y un día antes de la nueva de septiembre, al alba, entramos en la zona del Abismo de Sedna. Entonces, la hechicera nos llamó a mí y a Guthlaf…
– Necesito voluntarios -dijo Yennefer-. Sólo voluntarios. Ni uno más de los que sean necesarios para manejar el drakkar por un corto período de tiempo. No sé cuántos hacen falta, no sé nada de esto. Pero pido que no se deje en el Alción ni siquiera a una persona más por encima de la cifra estrictamente necesaria. Y repito: sólo voluntarios. Lo que pretendo hacer… es muy arriesgado. Más que una batalla naval.
– Comprendo. -El viejo senescal afirmó con la cabeza-. Y me presento como primero. Yo, Guthlaf, hijo de Sven, pido este honor.
Yennefer le miró largo rato a los ojos.
– Está bien -dijo-. El honor es mío.
– Yo también me presenté -dijo Asa Thjazi-, pero Guthlaf no accedió. Alguien, dijo, tiene que llevar el mando del Támara. Como resultado, se presentaron quince. Entre ellos Hjalmar, yarl. Crach an Craite alzó las cejas.
– ¿Cuántos hacen falta, Guthlaf? -repitió la hechicera-. ¿Cuántos sobran? Por favor, cuéntalo con precisión.
El senescal guardó silencio algún tiempo, calculó.
– Con ocho basta -dijo por fin-. Si no es mucho tiempo… Pero al fin y al cabo aquí todos son voluntarios, así que no hay ninguna necesidad…
– Selecciona a ocho de entre esos quince -le interrumpió con brusquedad-Elígelos tú mismo. Y ordena a los elegidos que pasen al Alción. El resto se queda en el Tamara. Ah, uno de los que se queda lo selecciono yo. ¡Hjalmar!
– ¡No, señora! ¡No podéis hacerme esto! ¡Me presenté y estaré a vuestro lado! Quiero estar…
– ¡Calla! ¡Te quedas en el Tamara! ¡Es una orden! ¡Una palabra más y hago que te aten al mástil!
– Sigue, Asa.
– La maga, Guthlaf y los mencionados ocho voluntarios subieron al. Alción y navegaron hacia el Abismo. Nosotros, con el Tamara, nos mantuvimos a un lado siguiendo las órdenes, pero de modo que no nos alejáramos. Con el tiempo, que hasta entonces nos había sido favorable, alguna diablura comenzó a pasar al pronto. Sí, bien digo, diablura, porque alguna fuerza impura era, yarl… Que me pasen por la quilla si miento…
– Sigue.
– Allá donde nosotros estábamos, el Tamara, se entiende, estaba tranquilo. Aunque soplaba algo el aire y el cielo se puso negro de las nubes, hasta que casi parecía que el día se tornaba noche. Mas allá donde estaba el Alción, se había abierto el mismo infierno. Un verdadero infierno…
La vela del Alción se agitó de pronto con tanta fuerza que escucharon sus estampidos pese a la distancia que los separaba del drakkar. El cielo se ennegreció, las nubes se agruparon. El mar, que alrededor del Tamara parecía totalmente tranquilo, se enfureció y bullía espumeante junto a la borda del Alción. Alguien gritó de pronto, otro le siguió y al poco gritaban todos.
Bajo una masa de negras nubes que se aposentaban sobre él, el Alción bailaba entre las olas como un corcho, girando, virando y saltando, golpeando en ellas bien con la proa, bien con la popa. A veces el drakkar desaparecía de la vista casi por completo. A veces no se veía más que la vela de bandas de colores.
– ¡Esto son hechizos! -gritó alguien a espaldas de Asa-. ¡Es magia diabólica!
Un remolino hacía girar al Alción cada vez más deprisa y más deprisa. Los escudos, arrancados por la fuerza centrífuga de las bordas del drakkar, volaban por el aire como discos, revoloteaban a izquierda y derecha los destrozados remos.
– ¡Arrizar la vela! -gritó Asa Thjazi-. ¡Y a los remos! ¡Vamos allá! ¡Hay que salvarlos!
Era ya, sin embargo, demasiado tarde.
El cielo sobre el Alción se había puesto negro, la oscuridad estalló de pronto en el zigzag de los relámpagos que rodearon el drakkar como los tentáculos de una medusa. Las nubes agrupadas en formas fantásticas se retorcían en un embudo monstruoso. El drakkar giraba en círculo con una increíble velocidad. El mástil se quebró como una cerilla, la vela destrozada salió disparada por encima de la cubierta como un gigantesco albatros.
– ¡A los remos, por mi fe!
Por encima de sus propios gritos, por encima del bramido de los elementos que lo amortiguaban todo, escuchaban sin embargo los gritos de la gente del Alción. Gritos tan increíbles que los pelos se ponían de punta. A ellos, viejos lobos de mar, sangrientos berserkers, marineros que habían visto y escuchado mucho.
Soltaron los remos, conscientes de su impotencia. Quedaron estupefactos, hasta dejaron de gritar.
El Alción, todavía girando, se comenzó a elevar lentamente por encima de las olas. Y subía cada vez más alto y más alto. Vieron el agua que se escurría, la quilla cubierta de moluscos y algas. Vieron luego una forma negra, una silueta que caía al agua. Luego una segunda. Y una tercera.
– ¡Están saltando! -bramó Asa Thjazi-. ¡A remar, muchachos, sin parar! ¡Con todas las fuerzas! ¡Vamos a ayudarlos!
El Alción estaba ya a más de cien codos de la superficie marina, que bullía como una olla. Seguía girando, enorme, el timón rezumando agua, rodeado por una ígnea tela de araña de relámpagos, atraído por una fuerza invisible hacia las nubes.
De pronto, una explosión que taladraba los oídos quebró el aire. Aunque empujado hacia delante por la fuerza de quince pares de remos, el Támara retrocedió de pronto y voló hacia atrás. A Thjazi le desapareció el suelo bajo sus pies. Cayó, se golpeó en la frente con la borda.