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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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El puente parecía condenado, pero seguía intacto, en medio de dos mundos en guerra.

CAPÍTULO XXIV

Durante la noche, el cielo se cubrió de nubes y parecía que era otoño; las nubes se enganchaban a las montañas y se mezclaban unas con otras en el cielo. Los austríacos se aprovechaban de la noche negra para retirar sus últimos destacamentos. Al amanecer, todas las tropas se encontraban, no sólo al otro lado del Drina, sino incluso en las alturas situadas detrás de la falda de la montaña de Liehta, fuera del alcance de la mirada y lejos del fuego de los cañones servios.

Cuando iba a apuntar el día, una lluvia fría, otoñal, empezó a caer. Bajo la lluvia, las últimas patrullas dieron una vuelta por las casas y por las tiendas más cercanas al puente, para ver si quedaba alguien. Parecía que todo estaba muerto: el círculo de oficiales, el hotel de Lotika, el cuartel destruido y las tres o cuatro tiendas que se encontraban a la entrada de la ciudad. Únicamente pudieron sorprender a Alí-Hodja que acababa de llegar y que estaba abriendo su negocio. Los guardias, que sabían que el hodja era bastante original, le ordenaron insistentemente que cerrase en seguida la tienda y que abandonase la plaza del mercado, ya que quedaba prohibido permanecer cerca del puente y el que lo hiciese corría peligro de perder la vida.

El hodja los miró como si integrasen una partida de borrachos que no sabían lo que se decían, y estuvo a punto de replicarles que ya hacía tiempo que su vida estaba en peligro y que, de cualquier modo, todo el mundo estaba muerto, aunque sólo se enterrase a la gente cuando le llegaba el turno, pero se contuvo, recordando la cruel experiencia de los últimos días, y les dijo con aire tranquilo y natural, que había ido únicamente a recoger unas cosas de la tienda y que volvía inmediatamente a casa. Los guardias, que sin duda tenían prisa, le repitieron la orden de abandonar el barrio lo antes posible y cruzaron la plaza del mercado, en dirección al puente. Alí-Hodja los vio alejarse, con paso silencioso, por el polvo que la lluvia había transformado en un tapiz espeso y húmedo. Miró cómo atravesaban el puente, ocultos por el parapeto de piedra de modo que sólo se les veía de los hombros para arriba: la cabeza y las bayonetas de los fusiles. Sobre las cumbres de las Rocas de Butko apareció el resplandor del sol.

"Todas aquellas medidas eran severas y, en el fondo, absurdas", pensó Alí-Hodja, sonriendo para sus adentros como un niño que ha engañado a su maestro. Levantó el cierre lo justo para poder pasar dentro de la tienda, y luego lo dejó caer, de modo que, desde fuera, parecía que el local estaba cerrado. Y en la oscuridad, se retiró a su rinconcito de la trastienda adonde tantas veces había acudido huyendo de los importunos, de las conversaciones que envenenan y que fatigan, de su familia y de sus inquietudes íntimas. Se sentó en una sillita dura y baja, con las piernas cruzadas debajo de él, y lanzó un suspiro de alivio. Su espíritu, trastornado por tantas impresiones externas, vacilaba todavía; poco después, se tranquilizó y recobró su equilibrio, como las buenas balanzas. El reducido rincón se llenó de pronto con el calor de su cuerpo y experimentó la dulzura de la soledad, de la paz y del olvido, una dulzura que convertía su retiro sombrío y polvoriento en un jardín invisible, infinito, paradisíaco, de orillas verdes y aguas que susurraban suavemente.

Se sentía penetrar en las tinieblas el fresco de la mañana lluviosa y del nacimiento del sol. Fuera, también reinaba un silencio poco corriente, que, por un raro milagro, no se veía turbado por ningún crujido, por ninguna voz humana, por ningún paso. Un sentimiento de felicidad y de agradecimiento llenó el corazón de Alí-Hodja. "He aquí" pensó "que, gracias a Dios, estas pocas tablas bastan para proteger y salvar a un defensor de la verdadera fe, dé todos los males y de todas las miserias, de las preocupaciones que no tienen solución y de los cañones que escupen fuego y con los que combaten dos enemigos, infieles ambos y a cual peor. Desde el principio de la guerra, no ha habido un momento de tanta tranquilidad, continuó pensando el hodja, y el silencio es dulce y bueno; con ese silencio vuelve, al menos por un instante, algo de aquella vida verdadera y humana que hace tiempo ha empezado a debilitarse y que va desapareciendo bajo el fragor de los cañones cristianos. El silencio favorece la oración y es, en sí mismo, como una oración."

En aquel instante, el hodja sintió que su silla emprendía el vuelo, llevándolo a él encima; su "dulce" silencio fue roto y se transformó en un trueno sordo, para convertirse después en un estrépito enorme que llenó el cielo y le desgarró los tímpanos; fue un estrépito universal, superior a la capacidad de audición humana. Las estanterías del muro opuesto crujieron y las mercancías saltaron hacia él, al mismo tiempo que el hodja era proyectado hacia las mercancías. "¡Oh!", gimió. Para ser más exactos, fue su pensamiento el que gimió, pues él había perdido la voz y el oído y su lugar en la tierra. Todo quedó ahogado, aplastado por un estrépito ensordecedor. El mundo se desarraigó, lanzándose como una piedra contra él. Tuvo la sensación de que la estrecha lengua de tierra que existía entre los dos ríos y sobre la que se encontraba la ciudad, había sido arrancada del suelo con un rugido formidable, y arrojada al espacio, por el que continuaba volando; le pareció como si los dos ríos se hubiesen salido de madre, replegándose hacia el cielo y cayendo en aquel momento en el vacío, arrastrados por el peso de su masas de agua, semejantes a dos cascadas a las que nada se opone. ¿No habría llegado quizá la hora del Juicio Final, el momento trágico del que hablan los libros y las gentes instruidas, ese momento en el que, en un abrir y cerrar de ojos, el mundo embustero se consumirá por completo como una chispa que se apaga? Pero, ¿qué puede representar ese caos para Dios, Quien, con una mirada, enciende y apaga los mundos? No, no es obra de Dios. Sin embargo, ¿es posible que la mano del hombre posea una fuerza tal?

Cómo iba a contestar el hodja a aquella pregunta, estando tan sorprendido, sintiéndose tan engañado, tan harto a causa de aquel golpe traidor que lo abatió, quebrantándolo y ahogando todo en él, incluso el pensamiento. Desconocía aquella potencia que se lo llevaba a un lugar ignorado. Lo único que sabía era que él, Alí-Hodja, había tenido siempre razón en todo. "¡Oh!", gimió una vez más. Su dolor era más intenso, pues la potencia que lo había levantado, lo dejaba brutalmente en el suelo, entre el muro de madera y la silla caída. Sintió un golpe sordo en la cabeza, un dolor en las rodillas y en la espalda. Sólo pudo distinguir por el oído, como un sonido separado de aquel escándalo universal, un pesado choque sobre el tejado de su tienda y, detrás del tabique, el tintineo de los objetos metálicos que chocaban, el chasquido de las maderas. Parecía que todos los artículos de la tienda hubiesen cobrado vida e iniciado un vuelo, entrando en colisión unos con otros. A continuación, cayó una lluvia de piedrecillas sobre el techo y el pavimento. Pero el hodja había perdido el conocimiento y yacía en su rincón, del cual las circunstancias habían hecho su ataúd.

Fuera, ya era de día. Alí-Hodja no habría podido decir cuánto tiempo permaneció tendido. Fue sacado de su desvanecimiento por una luz y por el sonido de unas voces humanas. Volvió en sí con dificultad. Sabía que se encontraba envuelto por la oscuridad. No obstante, en aquel momento le llegó una luz procedente de la tienda. Recordó entonces que el mundo había sido invadido por un estrépito ensordecedor, capaz de hacer desfallecer el corazón humano. Mas de nuevo remaba un silencio, un silencio que no se parecía a aquel tan dulce con el que había soñado hacía un rato; el nuevo silencio era el de la muerte. Comprendió hasta qué punto era profundo, al oír una vocecilla que parecía venir de lejos y que lo llamaba por su nombre.

Dándose cuenta de que seguía vivo y de que continuaba en su rincón, el hodja se liberó del montón de mercancías que habían caído sobre su cabeza. Se levantó gimiendo y sin dejar de repetir su "¡oh!" doloroso. Podía oír con toda claridad unas voces y algunas llamadas que llegaban de la calle. Se inclinó, deslizándose por el estrecho acceso que conducía a su tienda. En ella sólo pudo distinguir una pila de objetos, de escombros que destacaban a la luz del día. La tienda estaba abierta de par en par. El cierre había saltado con el impacto. En medio de aquella confusión, de aquel desorden de mercancías dispersas y de objetos proyectados en todas las direcciones, se encontraba, en el centro del local, una pesada piedra del tamaño de una cabeza humana. El hodja alzó los ojos. Por arriba entraba la luz del sol. Sin duda, la piedra había perforado el techo frágil, construido con madera. Miró de nuevo aquella piedra blanca, porosa, lisa y tallada por dos de sus caras, cortante por las otras. "¡Ah, el puente!", pensó el hodja. Pero la voz procedente de la calle continuaba llamándole cada vez con más fuerza y no le permitió seguir pensando.

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