Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
– ¡No! ¡Socorro, salvadme! -gritó Lotika, despertándose y desprendiéndose del chal gris que la tapaba.
El idiota, agazapado junto al muro, la examinó con sus grandes ojos negros en los que había más curiosidad que piedad o miedo. Mina acudió, calmó a Lotika, enjugó el sudor frío que cubría su rostro y le hizo beber un vaso de agua en la que había echado unas gotas de valeriana, cuidadosamente contadas. El largo día estival, extendiéndose sobre la verde llanura, parecía interminable, y nadie podía recordar cuándo había despuntado; sólo pensaban en la caída de la tarde. En la casa también hacía calor, pero no se notaba el fuego del sol. Se oyeron unos pasos. Alguien llegaba. Un soldado o un oficial hizo su aparición casualmente. Había alimentos y fruta en abundancia. Milán preparó café. Toda la escena habría dado la sensación de una estancia en el campo, si no hubiera sido por el desesperado grito de Lotika que se dejaba oír de vez en cuando. También rompían la ilusión el fragor de los cañones que llegaba hasta aquel lugar oculto y que producía la impresión de que algo no iba bien en el mundo, de que la desgracia general estaba mucho más próxima y era mucho mayor de lo que hacía pensar la apacible serenidad del día.
El hotel de Lotika y sus habitaciones fueron reducidos a este estado por la guerra.
También la tienda de Pavlé Rankovitch estaba cerrada. Durante el segundo día de la guerra, Pavlé y algunos otros notables servios fueron tomados como rehenes. Unos cuantos fueron llevados a la estación, en donde respondían con sus vidas del orden, de la paz y de la regularidad en la circulación; otros se encontraban cerca del puente, al final de la plaza, en una pequeña barraca de madera en la cual se hallaba, durante los días de mercado, la báscula pública, y en la que eran pagados los derechos de peaje. Aquellos rehenes respondían también con su vida de que nadie destruiría ni produciría daños al puente.
Pavlé permanecía sentado en una silla de las que se emplean en los bares. Con las manos en las rodillas y la cabeza baja, parecía un hombre que, completamente agotado después de un gran esfuerzo, se dejara caer para descansar un rato y se quedara inmóvil, conservando la misma postura durante largas horas. Cerca de la puerta, sentados sobre unos sacos vacíos, estaban dos soldados reservistas. La puerta se encontraba cerrada y reinaba en la barraca una semioscuridad y un calor pesado. Cuando pasaba silbando, procedente del Panos, algún proyectil, Pavlé tragaba saliva y escuchaba tratando de adivinar dónde había caído. No ignoraba que el puente estaba minado desde hacía tiempo, y pensaba en ello constantemente, preguntándose si alguno de aquellos proyectiles podría hacer estallar la carga de explosivos, en el caso de que fuese a parar a ellos. Cuando se procedía al relevo, oía cómo el suboficial daba instrucciones a los soldados que montaban guardia. Aquellas instrucciones terminaban siempre así: "a la menor tentativa de atacar el puente o al menor signo que dé a entender algo parecido, fusilaréis inmediatamente a ese hombre". Pavlé se acostumbró a tales palabras y llegó a creer que no se referían a él. Le preocupaban más los proyectiles que estallaban junto a la barraca y que hacían saltar metralla. Pero lo que más le hacía sufrir era lo interminable del tiempo y sus insoportables pensamientos.
Pavlé daba vueltas en la cabeza a lo que le había sucedido a él, a su casa y a todos sus bienes. Y, cuanto más pensaba, más le parecía que todo aquello era una pesadilla. Pues, ¿cómo se podría explicar de otro modo la desgracia que había caído sobre él y sobre su familia durante aquellos últimos días? Dos de sus hijos, estudiantes, habían sido detenidos el primer día. Su mujer estaba en la casa con sus hijas. El gran taller de Osoinitsa, en el que se construían las cubas, ardió ante sus propios ojos. Aquellos de sus siervos que vivían en los pueblos de los alrededores, probablemente habrían perecido o se habrían dispersado. Todo el dinero que había prestado en la ciudad, se había perdido. Su tienda, la más hermosa de todas, permanecía cerrada y, con toda seguridad, sería saqueada o incendiada por alguna bomba. Y él estaba sentado en aquella barraca, siendo rehén, respondiendo con su cabeza de lo que, en modo alguno, dependía de éclass="underline" de la suerte del puente.
Los pensamientos brotaban en su cabeza como una ola tumultuosa y desordenada, y se entrecruzaban, para desvanecerse después. ¿Qué relación tenía él con el puente, él, precisamente, que no se había ocupado en su vida más que de sus asuntos y de su casa? Nunca había acudido a la kapía, ni siquiera cuando era un simple dependiente, cuando estaba soltero; no había ido a aquel lugar a cantar o bromear, como solían hacer los despreocupados jóvenes de Vichegrado. Volvía a pasar ante sus ojos toda su vida, revelándose una serie de detalles de los que ni siquiera se acordaba.
Volvió a su memoria la forma en que llegó de la región de Sandjak, con catorce años, hambriento, con sus opanci deformados. Se puso de acuerdo con un hombre rico, que se llamaba Pedro, para entrar a su servicio, a cambio de lo cual se le daría un traje, dos pares de opanci cada año y la comida. Tenía que ocuparse de los niños, ayudar en la tienda, sacar agua del pozo, limpiar a los caballos. Dormía en el hueco de la escalera, en un lugar reducido y oscuro, sin ventanas, en el que ni siquiera podía tumbarse todo lo largo que era. Soportó aquella deplorable existencia y, a los dieciocho años, pasó a la tienda, "a sueldo", ocupando su antiguo puesto otro muchachito de Sandjak. Fue entonces cuando aprendió a conocer y a comprender el sentido del ahorro, cuando se dio cuenta de la áspera y extraña voluptuosidad y de la fuerza enorme que lleva consigo una buena economía. Durmió durante cinco años en una habitacioncilla, detrás de la tienda. En aquellos cinco años nunca encendió lumbre, nunca recurrió a la luz de una vela para acostarse. Tenía veintitrés años cuando el propio Pedro lo casó con una muchacha, buena y acomodada, de Tchainitch. También ella era hija de un comerciante. Una vez casados, empezaron los dos a economizar. A partir de aquel momento, los negocios comenzaron a activarse, los beneficios fueron más fáciles, los gastos más ligeros. Pavlé empleó su dinero, evitando, al mismo tiempo, todo gasto. Por este medio, logró adquirir una tienda y fue amasando su fortuna. En aquella época no resultaba difícil conseguir dinero. Mucha gente logró entonces ganancias cómodas, aunque también se perdía con facilidad el dinero. Pero Pavlé lo defendía y, día a día, iba acumulando más. Cuando llegaron los tiempos de agitación y "de política", aunque ya tenía cierta edad, hizo todo lo posible para comprender los nuevos tiempos, tratando de resistirlos, de adaptarse a ellos, de atravesarlos sin daño ni oprobio. Llegó a ser teniente alcalde del distrito, presidente de la comunidad religiosa, presidente de la sociedad servia de canto " La Concordia ", principal accionista del Banco Servio, miembro del consejo de administración del Banco Regional. Se esforzó por todos los medios, y de acuerdo con las reglas que regulaban las conductas en el barrio del comercio, en estar a bien con unos y con otros y de navegar en medio de todas las dificultades, sin que sufriesen sus intereses. De esta manera, trató de no enfrentarse a las autoridades, sin deshonrarse por ello ante el pueblo. Todos lo consideraban como un modelo inigualable de valor, de tacto y de circunspección.