La historia del loco [The Madman's Tale - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
– Perdone, ¿yo qué?
– ¿Qué piensas sobre los astronautas?
– Es difícil de imaginar -respondió tras pensar un momento.
– ¿Qué es difícil?
– Estar tan lejos, conectado sólo por ordenadores y radios. Nadie ha viajado nunca tan lejos. Eso es interesante. No es el hecho de depender de todo el equipo, sino que no ha habido ninguna aventura parecida.
– ¿Qué me dices de los exploradores de África o del Polo Norte? -repuso el señor del Mal.
– Se enfrentaban a los elementos. A lo desconocido. Pero los astronautas se enfrentan a algo distinto.
– ¿A qué?
– A los mitos -dijo Francis. Echó un vistazo alrededor y preguntó-: ¿Dónde está Peter?
– Aún en aislamiento -aclaró el señor del Mal a la vez que cambiaba de postura-. Pero debería salir pronto. Volvamos a los astronautas.
– No existen -intervino Cleo-. Pero Peter sí. -Sacudió la cabeza-. Aunque puede que no. Puede que todo sea un sueño y que nos despertemos en cualquier momento.
Eso provocó una discusión entre Cleo, Napoleón y unos cuantos más sobre lo que existía de verdad y lo que no, y sobre si algo que ocurría donde no podías verlo, ocurría de verdad. Todo ello hizo que el grupo se agitase para contradecirse y discutir, lo que Evans permitió sin rechistar. Francis escuchó un momento, porque, en cierto sentido, encontró ciertas similitudes entre su situación en el hospital y la de los hombres que se dirigían al espacio. Estaban tan desorientados como él.
Se había recuperado del susto de la noche anterior, pero no confiaba demasiado en su capacidad de afrontar la noche que se avecinaba.
Rebuscó en su memoria todas las palabras que había dicho el ángel, pero le costaba recordarlas con precisión. El miedo sesgaba las cosas. Era como intentar ver con precisión en un espejo de feria. La imagen aparecía ondulada, vaga, distorsionada.
Se dijo que tenía que dejar de intentar ver al ángel y empezar a intentar ver lo que el ángel veía. En lo más profundo de su ser, las voces le gritaron una advertencia: ¡No! ¡No lo hagas!
Francis se revolvió con incomodidad en el asiento. Las voces no le habrían advertido si no hubieran percibido algo peligroso. Sacudió la cabeza para centrarse en el grupo que seguía discutiendo.
– ¿Por qué tenemos que ir al espacio? -comentaba Napoleón en ese momento.
Cleo lo miraba desde el otro lado del círculo con una expresión algo desconcertada, casi impresionada.
– Pajarillo vio algo, ¿verdad? -le dijo la mujer en voz baja, y soltó una carcajada socarrona en el mismo instante en que Peter entraba en la habitación.
De inmediato saludó al grupo e hizo una reverencia formal a los demás pacientes, como un miembro de alguna corte del siglo XVII. Tomó una silla plegable y se situó en el círculo.
– Estoy como nunca -aseguró como si previera la pregunta.
– A Peter parece gustarle el aislamiento -comentó Cleo.
– Allí nadie ronca -respondió Peter, lo que hizo reír a todo el mundo.
– Estábamos hablando de los astronautas -explicó el señor del Mal-. Me gustaría terminar este debate en el tiempo que queda.
– Por supuesto -dijo Peter-. No quería interrumpir nada.
– Muy bien, perfecto. ¿Quiere alguien añadir algo? -preguntó el señor del Mal observando a los pacientes reunidos. Nadie habló-. ¿Alguien? -insistió pasados unos segundos.
De nuevo, el grupo, tan vociferante unos minutos antes, guardó silencio. Francis pensó que era típico de ellos: a veces las palabras les fluían casi sin control y, al momento siguiente desaparecían, y eran sustituidas por una especie de introspección mística. Los cambios de humor eran habituales.
– Vamos- dijo Evans, con una nota de exasperación-. Estábamos haciendo progresos antes de que nos interrumpieran. ¿Cleo?
La mujer sacudió la cabeza.
– ¿Noticiero?
Por una vez, no tenía ningún titular que anunciar.
– ¿Francis?
Este no contestó.
– Di algo -pidió Evans con frialdad.
Francis no sabía cómo reaccionar y observó que Evans parecía enfadado. Le pareció que era una cuestión de control. Al señor del Mal le gustaba controlarlo todo, y Peter había perturbado de nuevo su poder. Ningún paciente, por muy aguda que fuera su locura, podía equipararse con la necesidad que tenía Evans de dominar todos los momentos del día y la noche en el edificio Amherst.
– Habla -insistió Evans, con más frialdad aún. Era una orden.
Francis se preguntó qué sería lo que el señor del Mal quería escuchar.
– Yo nunca iré al espacio -fue lo único que se le ocurrió.
– Claro que no, hombre… -gruñó Evans, como si Francis hubiese dicho la tontería más grande del mundo.
Pero Peter, que había estado observando, se inclinó hacia delante.
– ¿Por qué no? -preguntó.
Francis lo miró. El Bombero sonreía de oreja a oreja.
– ¿Por qué no? -repitió.
– Aquí no fomentamos los delirios, Peter -le espetó Evans.
Pero Peter no le hizo caso.
– ¿Por qué no, Francis? -preguntó por tercera vez.
Francis movió la mano indicando el hospital.
– Pero, Pajarillo -prosiguió Peter-, ¿por qué no podrías ser astronauta? Eres joven, estás en buena forma, eres listo. Ves cosas que otros no logran captar. No eres vanidoso y eres valiente. Creo que serías un astronauta perfecto.
– Pero Peter… -dijo Francis.
– Nada de peros. ¿Quién te dice que la NASA no decida enviar a alguien loco al espacio? Y en ese caso, ¿quién mejor que uno de nosotros? Porque seguro que a la gente le caería mejor un astronauta loco que uno de esos de estilo militar, ¿no? ¿Quién te dice que no decidan enviar a toda clase de gente al espacio, y por qué no, a uno de nosotros? Podrían enviar políticos, científicos o incluso turistas. Quizá cuando manden a un loco averigüen que flotar en el espacio sin la gravedad que nos une a la Tie rra nos va bien. Como un experimento científico. Quizá…
Se detuvo para respirar. Evans fue a hablar, pero antes de que pudiera hacerlo, Napoleón intervino:
– Puede que Peter tenga razón. A lo mejor es la gravedad lo que nos vuelve locos.
– Nos aplasta… -comentó Cleo.
– Todo ese peso sobre nuestros hombros…
– Impide que nuestros pensamientos se muevan arriba y abajo…
Un paciente tras otro asintió con la cabeza. De repente, parecían haber recuperado el habla. Los murmullos de asentimiento se convirtieron en comentarios entusiastas.
– Podríamos volar. Podríamos flotar.
– Nadie podría detenernos.
– ¿Quién exploraría mejor que nosotros?
Todos los hombres y mujeres del grupo sonreían, conformes. Era como si en ese momento se viesen como astronautas que surcaban el espacio y sus preocupaciones quedaban olvidadas, evaporadas, al deslizarse sin esfuerzo por el vacío estrellado. Era muy tentador y, por unos instantes, el grupo pareció elevarse mientras cada miembro imaginaba que la fuerza de la gravedad dejaba de afectarle y vivía una extraña clase de libertad imaginaria.
Evans estaba furioso. Dirigió una mirada enojada a Peter y, sin decir palabra, se marchó de la sala.
Todos observaron cómo se iba. Al cabo de unos segundos, la niebla de problemas volvió a cubrirlos.
Cleo, sin embargo, suspiró y sacudió la cabeza.
– Supongo que sólo serás tú, Pajarillo -sentenció con brío-. Tendrás que ir al espacio por todos nosotros.
El grupo se levantó diligentemente, plegó las sillas y las dejó en su sitio, apoyadas contra la pared una junto a otra. Después, cada paciente, absorto, salió de la sala de terapia al pasillo principal para mezclarse con la oleada de pacientes que lo recorría arriba y abajo. Francis agarró a Peter por el brazo.
– Ayer por la noche estuvo aquí.
– ¿Quién?
– El ángel.
– ¿Volvió?
– Sí. Mató a Bailarín, pero nadie quiere creerlo, y después me amenazó con un cuchillo y me dijo que nos mataría a mí, a ti o a quien quisiera, cuando quisiera.