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La historia del loco [The Madman's Tale - es]

Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:

Han pasado veinte años desde que el Western State Hospital cerró sus puertas y sus últimos pacientes se reintegraron a la sociedad.
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
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– ¿Te das cuenta de que puedo acabar con tu vida en diez segundos? ¿O en treinta segundos? O tal vez me esperaré todo un minuto, según lo que quiera saborear el momento. O tal vez no vaya a ser esta noche. Tal vez mañana se ajuste mejor a mis planes. O la semana que viene. O el año que viene. Cuando yo quiera, Francis. Estás aquí, en esta cama, todas las noches, y nunca sabrás cuándo puedo volver. O tal vez debería hacerlo ahora y ahorrarme problemas…

El canto del cuchillo giró y el filo le tocó la piel brevemente.

– Tu vida me pertenece -prosiguió el ángel-. Te la puedo quitar cuando me plazca.

– ¿Qué quieres? -preguntó Francis, y los ojos se le llenaron de lágrimas mientras el miedo se apoderaba por fin de él, haciéndolo temblar de terror.

– ¿Que qué quiero? -El hombre rió siseante, sin dejar de susurrar-. Tengo lo que quiero por esta noche, y estoy más cerca de conseguir todo lo que quiero. Mucho más cerca.

El ángel acercó la cara, de modo que los labios de ambos quedaron a pocos centímetros, como amantes.

– Estoy cerca de todo lo que me importa, Francis. Tan cerca que soy como una sombra que os pisa los talones. Soy como una fragancia que se te pega y que sólo un perro percibe. Soy como la respuesta a una adivinanza demasiado complicada para la gente como tú.

– ¿Qué quieres que haga? -suplicó Francis, como si anhelara alguna clase de tarea o trabajo que lo liberase de aquella presencia maligna.

– Nada, Francis. Salvo que recuerdes esta pequeña charla cuando te dediques a lo tuyo -respondió el ángel. Y, tras una breve pausa, prosiguió-: Cuenta hasta diez antes de abrir los ojos. Recuerda lo que te dije. Y, por cierto -parecía alegre y terrible a la vez-, he dejado un regalito para tu amigo el Bombero y para esa puta de la fiscal.

– ¿Qué?

El ángel acercó más la cara a Francis, que notó su aliento.

– Un mensaje -indicó el ángel-. A veces está en lo que me llevo. Pero esta vez está en lo que dejo.

Dicho esto, la presión en la mejilla desapareció de golpe y Francis notó que el hombre se alejaba. Siguió conteniendo al aliento y contó despacio del uno al diez antes de abrir los ojos.

Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la oscuridad. Cuando lo hicieron, levantó la cabeza y se volvió hacia la puerta. Por un instante, el ángel se destacó brillante, casi luminiscente. Estaba girado de cara hacia Francis, pero éste no pudo captar ninguno de sus rasgos excepto un par de ojos abrasadores y un aura blanca que lo rodeaba sobrenaturalmente. Entonces, la visión desapareció, la puerta se cerró con un golpe apagado y, a continuación, se oyó la llave al girar, lo que para Francis fue como si se cerrara la puerta a toda esperanza y posibilidad. Se estremeció. Le temblaba todo el cuerpo como si se hubiera sumergido en unas aguas gélidas. Se quedó en la cama, sumido en el terror y la ansiedad que habían arraigado en él y que parecían propagarse por todo su cuerpo como una infección. Se preguntó si podría moverse cuando la luz de la mañana inundara el dormitorio. Sus voces interiores estaban calladas, como si ellas también temieran que Francis, situado de repente al borde de un precipicio de terror, fuera a resbalar y caer para siempre.

Se quedó quieto, sin dormir, sin moverse, toda la noche.

Respiraba con espasmos breves y superficiales. Y los dedos le temblaban.

No hizo nada salvo escuchar los sonidos que lo rodeaban y los latidos de su corazón. Al llegar la mañana, no estuvo seguro de poder mover las extremidades, ni siquiera de poder desviar la mirada del punto donde estaba clavada, en el techo del dormitorio, aunque sólo veía el temor que lo había visitado en la cama. Las emociones se le agolpaban en la cabeza y se atropellaban sin orden ni concierto, deslizándose a toda velocidad, desenfrenadas, fuera de control. Ya no estaba seguro de poder refrenarlas y dominarlas, y pensó que, de hecho, tal vez había muerto esa noche, que el ángel lo había degollado como a Rubita y que todo lo que pensaba, oía y veía era sólo un sueño, algún ensueño que ocupaba los últimos segundos de su vida, que el mundo que lo rodeaba estaba a oscuras y la noche se seguía cerniendo sobre él, y que su sangre abandonaba su cuerpo con cada latido de su corazón.

– Arriba, holgazanes -oyó en la puerta-. Hora de levantarse. El desayuno os espera. -Era Negro Grande, que despertaba a los ocupantes del dormitorio del modo acostumbrado.

Los hombres empezaron a quejarse mientras se despertaban de los sueños turbulentos y pesadillas que los atormentaban, sin ser conscientes de que una pesadilla real, viva, había estado entre ellos.

Francis permaneció rígido, como pegado a la cama. Sus extremidades se negaban a obedecerlo.

Varios hombres lo miraron al pasar a trompicones por su lado.

– Venga, Francis, vamos a desayunar -oyó a Napoleón, cuya voz se desvaneció cuando vio la expresión de Francis-. ¿Francis? -No contestó-. Pajarillo, ¿estás bien?

Una vez más forcejeó interiormente. Sus voces habían empezado a hablar. Le suplicaban, lo apremiaban, le insistían una y otra vez: ¡Levántate, Francis! ¡Vamos, Francis! ¡Arriba! ¡Pon los pies en el suelo y levántate! ¡Por favor, Francis, levántate!

No sabía si tendría la fuerza suficiente. No sabía si volvería a tenerla alguna vez.

– ¿Pajarillo? ¿Qué pasa? -La voz de Napoleón sonó más agitada, casi lastimera.

No respondió. Siguió mirando el techo, cada vez más convencido de que se estaba muriendo. O quizá ya lo estaba, y cada palabra que oía formaba parte de las últimas resonancias de la vida que acompañaban los postreros latidos de su corazón.

– ¡Señor Moses! ¡Venga! ¡Necesitamos ayuda!-Napoleón parecía al borde de las lágrimas.

Francis se sintió tironeado en dos direcciones opuestas. Una fuerza interior parecía empujarlo hacia abajo y otra insistía en que se levantase.

Negro Grande se situó a su lado. Francis lo oyó ordenar a los demás pacientes que salieran al pasillo. Se inclinó hacia Francis para mirarlo a los ojos.

– Vamos, Francis. Levántate, maldita sea. ¿Qué tienes?

– Ayúdele -rogó Napoleón.

– Lo estoy intentando. Dime, Francis, ¿qué pasa? -Dio una palmada con fuerza delante de la cara del joven para obtener alguna reacción. Luego lo cogió por un hombro y lo sacudió, pero él siguió rígido en la cama.

Francis creía que ya no le quedaban palabras. Dudaba de su capacidad de hablar. Las cosas se estaban congelando en su interior, como el hielo que se forma en una laguna.

Las voces, confusas, redoblaron sus órdenes para instarle a reaccionar.

Lo único que superó el miedo de Francis fue la idea de que, si no se movía, seguro que se moriría. Que la pesadilla se volvería realidad. Era como si ambas cosas se hubieran fundido entre sí. Lo mismo que el día y la noche ya no eran diferentes, tampoco lo eran el sueño y la vigilia. Se tambaleó de nuevo, al borde de la conciencia. Una parte de él le instaba a aislarse de todo, a retroceder y encontrar la seguridad negándose a vivir, mientras que otra parte le suplicaba que se alejara de los cantos de sirena del mundo vacío y mortal que lo atraía.

¡No te mueras, Francis!

Al principio, creyó que era una de sus voces que le hablaba. Luego, se dio cuenta de que era él mismo.

Así que reunió hasta el último ápice de fuerza para pronunciar con voz ronca unas palabras, algo que un instante antes había temido no poder volver a hacer nunca.

– Estuvo aquí… -musitó, como el último suspiro de un agonizante, sólo que, contradictoriamente, el sonido de su voz pareció vigorizarlo.

– ¿Quién? -preguntó Negro Grande.

– El ángel. Habló conmigo.

El auxiliar dio un respingo.

– ¿Te hizo daño?

– No. Sí. No estoy seguro. -Cada palabra parecía fortalecerlo. Se sentía como un hombre a quien la fiebre baja de repente.

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