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La historia del loco [The Madman's Tale - es]

Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:

Han pasado veinte años desde que el Western State Hospital cerró sus puertas y sus últimos pacientes se reintegraron a la sociedad.
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
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– Tengo que salir de aquí -dijo Lucy-. Y tú también.

– Correcto. Pero la persona que tiene que salir de aquí más que nadie es Pajarillo porque, de otro modo, estará perdido para siempre. -Sonrió para ocultar su tristeza-. Es como si tú y yo hubiéramos elegido nuestros problemas. Los escogimos de una forma perversa, neurótica. Pero Francis se los encontró. No son culpa suya, no como en tu caso y el mío. Él es inocente, lo que es mucho más de lo que puede decirse de mí.

Lucy apoyó la mano en el antebrazo de Peter, como para corroborar la verdad de sus palabras. Peter permaneció inmóvil un instante, como un perro de caza que acecha a su presa, con el brazo casi abrasado por la sensación del contacto. Luego retrocedió un paso, como si no pudiera soportarlo. Sonrió y suspiró, aunque volvió la cara, incapaz de obligarse a ver lo que podía ver.

– Tenemos que encontrar al ángel -dijo-. Y tenemos que hacerlo enseguida.

– Estoy de acuerdo -corroboró Lucy y lo miró con curiosidad, porque vio que no se trataba de una simple manera de darle ánimos.

– ¿Qué pasa?

Antes de que Peter pudiera contestar, Francis, que había estado reflexionando en silencio sin prestar atención a los demás, alzó los ojos y se acercó a los dos.

– He tenido una idea -anunció-. No sé, pero…

– Pajarillo, tengo que decirte algo… -repuso Peter, pero se interrumpió-. ¿Qué idea?

– ¿Qué tienes que decirme?

– Eso puede esperar -dijo Peter-. ¿Y tu idea?

– Estaba muy asustado -explicó Francis-. Tú no estabas allí y estaba muy oscuro, y tenía el cuchillo en la mejilla. El miedo te desordena tanto las ideas que no te deja ver nada más. Estoy seguro de que Lucy lo sabe, pero yo no lo sabía y eso acaba de darme una idea…

– Francis, procura ser más coherente -pidió Peter como haría con un alumno de primaria: con cariño, pero interesado.

– Un miedo así te lleva a pensar sólo en una cosa: en lo asustado que estás, en qué pasará, en si volverá y en las cosas terribles que el ángel ha hecho y que podría hacer. Sabía que podía matarme y yo sólo quería huir a esconderme en algún sitio seguro.

Lucy atisbo lo que estaba dando a entender.

– Adelante -lo animó.

– Pero todo ese miedo ocultó algo que debería haber visto.

– ¿Qué? -asintió Peter.

– El ángel sabía que tú no estarías ahí esa noche.

– El registro. O lo vio en persona u oyó que me habían llevado a aislamiento…

– De modo que la situación era ideal para él ayer por la noche, porque no quería tratar con los dos a la vez, creo. Es sólo una suposición, pero me parece lógica. En cualquier caso, tenía que hacerlo ayer por la noche porque la situación era perfecta para darme un susto de muerte…

– Sí -coincidió Lucy-, tienes razón.

– Pero mató a Bailarín. ¿Por qué? -preguntó Peter.

– Para demostrarnos que puede hacer cualquier cosa. Para subrayar el mensaje: corremos peligro. -La idea de que Bailarín hubiera muerto simplemente para recalcar algo lo inquietaba de verdad, pero se refugió en la luz brillante del pasillo y en la compañía de Peter y Lucy. Ellos eran competentes y fuertes, y el ángel era cauteloso con ellos porque no estaban locos ni eran débiles como él. Exhaló despacio y prosiguió-Pero son riesgos. ¿Suponéis que tenía otra razón para estar en el dormitorio ayer por la noche?

– ¿Qué clase de razón?

Cada pensamiento de Francis parecía resonar en su interior, más profundo y más lejano, como si estuviera al borde de un abismo que sólo auguraba la inconsciencia. Cerró los ojos y vio una luz roja cegadora. Formó con calma cada palabra porque de pronto comprendió lo que el ángel necesitaba del dormitorio.

– El hombre retrasado… Él tenía algo que le pertenecía…

– La camiseta ensangrentada.

– Eso quiere decir que… -Francis se interrumpió y miró a Peter, que se volvió hacia Lucy Jones.

No tuvieron que expresar su conformidad en voz alta. En unos segundos, los tres habían cruzado el pasillo y entrado en el dormitorio.

Tuvieron la suerte de que el hombretón retrasado estaba sentado en el borde de la cama, cantando en voz baja a su muñeco. Al fondo del dormitorio había vanos pacientes más, la mayoría acostados, mirando por la ventana o al techo, desconectados de todo. El retrasado alzó los ojos hacia los tres y sonrió. Lucy se acercó.

– Hola -dijo-. ¿Te acuerdas de mí?

El hombre asintió.

– ¿Es tu amigo? -preguntó.

Asintió de nuevo.

– ¿Y es aquí donde dormís los dos?

El hombre dio unas palmaditas en el colchón, y Lucy se sentó a su lado. A pesar de lo alta que era la fiscal, parecía pequeña junto al hombre retrasado, que se corrió un poco para dejarle más sitio.

– Bien, aquí vivís los dos…

El hombre volvió a sonreír.

– Vivo en el gran hospital -afirmó con voz titubeante.

Las palabras se desprendieron como rocas de sus labios. Cada una era deforme y dura, y Lucy imaginó que el esfuerzo para articularlas era colosal.

– ¿Y es aquí donde guardas tus cosas? -preguntó.

El hombre asintió con la cabeza.

– ¿Ha intentado alguien hacerte daño?

– Sí -respondió despacio el retrasado, como si esa sola palabra pudiera alargarse para significar algo más que una mera confirmación-. Tuve una pelea.

Lucy inspiró hondo y antes de hacerle otra pregunta vio que los ojos del hombre se habían llenado de lágrimas.

– Tuve una pelea -repitió, y añadió-: No me gusta pelear. Mi mamá me dijo que no me peleara. Nunca.

– Un sabio consejo -afirmó Lucy. No tenía ninguna duda de que aquel hombre podía hacer mucho daño si se lo permitía a sí mismo.

– Soy demasiado grande. No debo pelear.

– ¿Tiene nombre tu amigo? -preguntó Lucy señalando el muñeco.

– Andy.

– Yo soy Lucy. ¿Puedo ser amiga tuya también?

Él asintió y sonrió.

– ¿Me podrías ayudar? -Lucy vio que fruncía el entrecejo, como si le costaba entender eso-. He perdido algo -aclaró.

Con un gruñido, el hombre pareció indicar que él también había perdido algo alguna vez y que no le había gustado.

– ¿Podrías buscarlo entre tus cosas?

Él dudó y se encogió de hombros. Se inclinó y, con una sola mano, extrajo de debajo de la cama un arcón verde estilo militar.

– ¿Qué he de buscar? -preguntó.

– Una camiseta.

Entregó el muñeco a Lucy con cuidado y abrió el arcón. Lucy observó que no estaba cerrado con llave. Encima de todo, había calzoncillos y calcetines doblados, así como una fotografía suya junto a su madre. Tenía los bordes gastados de tanto manirla. Debajo había unos vaqueros y un par de zapatos, unas camisetas y un jersey de lana verde oscuro un poco raído.

La camisa ensangrentada no estaba. Lucy miró a Peter, que meneó la cabeza.

– Desaparecida en combate -comentó éste en voz baja.

– Gracias -dijo Lucy al hombre-. Ya puedes volver a guardar tus cosas.

Esperó a que cerrara el arcón y volviera a empujarlo bajo la cama, y luego le devolvió el muñeco.

– ¿Tienes más amigos aquí? -le preguntó señalando el dormitorio.

– Estoy solo -respondió él a la vez que sacudía la cabeza.

– Yo seré amiga tuya -dijo Lucy, lo que provocó una sonrisa en el hombre. Eso la hizo sentir culpable porque sabía que era mentira, debido en parte a la situación desesperada de aquel retrasado, y en parte a ella misma, porque le gustaba engañar a un hombre que era poco más que un niño y que envejecería pero no maduraría nunca.

De nuevo en su despacho, Lucy suspiró.

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