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La historia del loco [The Madman's Tale - es]

Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:

Han pasado veinte años desde que el Western State Hospital cerró sus puertas y sus últimos pacientes se reintegraron a la sociedad.
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
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– ¿Me da su palabra?

– Sí.

Noté cómo dudaba de nuevo al otro lado de la puerta, como si no acabara de fiarse de mi palabra.

– De acuerdo -concedió por fin-. Lo acepto. Pero no me falle, Francis.

– No lo haré.

– Si me falla, volveré.

Eso me sonó a amenaza.

– Iré -aseguré tras suspirar.

Lo oí alejarse por el pasillo.

Eso me satisfizo, y me dirigí hacia la pared de la escritura. Deseché al señor Klein de mi mente, junto con el hambre, la sed, el sueño y todo lo demás que podría haberse inmiscuido en la narración de mi historia.

Bien entrada la medianoche, Francis se sentía solo en medio de los sonidos nocturnos del dormitorio del edificio Amherst. Estaba sumido en ese inquieto estado entre la vigilia y el sueño en que el mundo se difumina, las amarras a la realidad se sueltan y uno se ve arrastrado por mareas y corrientes invisibles.

Le preocupaba Peter, que se encontraba en una celda de aislamiento por orden del señor del Mal y que seguramente estaría debatiéndose con toda clase de miedos enfundado en una camisa de fuerza. Francis recordó sus horas de aislamiento y se estremeció. Sujeto y solo, lo habían llenado de terror. Supuso que sería igual de difícil para Peter, quien ni siquiera tendría las cuestionables ventajas de estar sedado. Peter le había dicho muchas veces que no tenía miedo de ir a la cárcel, pero de algún modo Francis no creía que el mundo de la cárcel, por duro que fuera, se equiparara a una celda de aislamiento del Western. En las celdas de aislamiento uno se pasaba cada segundo con fantasmas de un dolor indescriptible.

Pensó que era una suerte que estuvieran todos locos. Porque, de no estarlo, ese sitio les haría perder la razón en muy poco tiempo.

Una flecha de desesperación se le clavó en el cuerpo al entender, en ese instante, que el contacto de Peter con la realidad le abriría de una u otra forma la puerta de salida del hospital. Al mismo tiempo, supo lo mucho que le costaría a él agarrarse lo suficiente a la pendiente resbaladiza de su imaginación para llegar a convencer a Gulptilil o Evans, o a cualquiera del Western, para que le dieran de alta. Dudaba que, aunque empezara a informar sobre Lucy Jones y los avances de su investigación a Tomapastillas, como éste quería, llegara a conseguir nada que no fuera pasar más noches oyendo los gemidos atormentados de unos hombres que soñaban cosas terribles.

Inquieto por todo lo que lo acechaba en su sueño y por todo lo que lo rodeaba cuando estaba despierto, cerró los ojos para aislarse de los sonidos del dormitorio con la esperanza de tener unas horas de descanso antes de la mañana.

A su derecha, a varias camas de distancia, un paciente se revolvió en la cama en medio de una pesadilla. Francis mantuvo los ojos cerrados, como si eso pudiera aislarlo de las agonías que importunaban los sueños de otros pacientes. Pasado un momento, el ruido se desvaneció.

Apretó los párpados mientras se murmuraba, o tal vez escuchaba una voz que decía duérmete.

Pero el siguiente ruido que oyó fue distinto: un chirrido.

Seguido de un siseo.

Y después una voz, y una mano repentina que le cubría los ojos.

– Mantén los ojos cerrados, Francis. Escucha, pero mantén los ojos cerrados.

Francis inspiró con fuerza. Una rápida inhalación de aire caliente. Su primera reacción fue gritar, pero se contuvo. Intentó incorporarse, pero una fuerza considerable lo tumbó en el colchón. Levantó una mano para agarrar la muñeca del ángel, pero la voz del hombre lo detuvo.

– No te muevas, Francis. No abras los ojos hasta que yo te lo diga. Sé que oyes todo lo que digo, pero espera mi orden.

Francis se quedó rígido en la cama. En la oscuridad, notó que había una persona de pie junto a él. Con la amenaza del terror y las tinieblas.

– Sabes quién soy, ¿verdad, Francis?

Asintió despacio.

– Si te mueves morirás. Si abres los ojos morirás. Si tratas de gritar morirás. ¿Comprendes el esquema de nuestra charla de hoy? -La voz del ángel era apenas un susurro, pero le golpeaba como un puñetazo. No se atrevió a moverse, ni siquiera cuando sus voces le gritaron que saliera huyendo, y permaneció inmóvil, en un tumulto de confusión y duda. La mano que le tapaba los ojos se apartó de repente y algo peor la sustituyó.

– ¿Lo notas, Francis? -preguntó el ángel.

La sensación en la mejilla era fría. Una presión gélida. No se movió.

– ¿Sabes qué es, Francis?

– Un cuchillo -susurró.

Se produjo una pausa antes de que la voz prosiguiera:

– ¿Sabes algo de este cuchillo, Francis?

Asintió pero no entendió realmente la pregunta.

– ¿Qué sabes, Francis?

El joven tragó con fuerza. Tenía la garganta seca. La hoja le seguía presionando la cara y él no se atrevía a moverse. Mantuvo los ojos cerrados pero intentó hacerse una idea del hombre situado junto a él.

– Sé que está afilado -dijo con voz débil.

– ¿Pero cuánto?

Francis no logró responder porque su garganta se había resecado por completo. Así que soltó un leve gemido.

– Permite que responda mi propia pregunta -prosiguió el ángel, que seguía hablando en susurros que retumbaban en el interior de Francis con más fuerza que gritos-. Está muy pero que muy afilado. Como una navaja, así que si te mueves, aunque sea un poquito, te cortarás. Y también es fuerte, Francis, lo bastante para atravesar la piel, el músculo y el hueso. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? Porque ya conoces algunos de los sitios donde ha estado este cuchillo, ¿no?

– Sí.

– ¿Crees que Rubita supo de verdad qué significaba este cuchillo cuando se le hundió en el cuello?

Francis no supo a qué se refería, así que guardó silencio.

Se oyó una risita suave.

– Piensa en esta pregunta, Francis. Quiero que me contestes.

Francis cerró los ojos con fuerza. Por un instante, esperó que la voz fuera sólo una pesadilla y que eso no le estuviera pasando de verdad pero, mientras lo deseaba, la presión de la hoja sobre su mejilla pareció aumentar. En un mundo lleno de alucinaciones, era afilada y real.

– No lo sé -soltó por fin.

– No estás usando la imaginación, Francis. Y es lo único que tenemos, ¿recuerdas? Imaginación. Puede arrastrarnos de maneras extrañas y terribles, conducirnos en direcciones horrendas y criminales, pero es lo único que aquí poseemos de verdad, ¿no?

Francis pensó que era cierto. Habría asentido, pero tuvo miedo de que cualquier movimiento le marcase la cara para siempre con una cicatriz como la de Lucy, así que se quedó lo más rígido que pudo, sin apenas respirar, conteniendo unos músculos que querían reaccionar al terror.

– Sí-susurró sin apenas mover los labios.

– ¿Puedes entender cuánta imaginación tengo, Francis?

Una vez más, las palabras que trató de articular no salieron de su garganta.

– ¿Qué supo Rubita, Francis? ¿Percibió sólo el dolor? ¿O acaso algo más profundo, mucho más aterrador? ¿Relacionó la sensación del cuchillo que se le hundía en la carne con la sangre que le manaba? ¿Fue capaz de valorarlo todo y darse cuenta de que se le estaba escapando la vida de un modo tan patético por culpa de su propia indefensión?

– No lo sé…

– ¿Y tú, Francis? ¿Notas lo cerca que estás de la muerte?

Francis no pudo contestar. Tras sus párpados, sólo veía una cortina roja de terror.

– ¿Notas cómo tu vida pende de un hilo, Francis?

Sabía que no tenía que responder esa pregunta.

– ¿Comprendes que puedo acabar con tu vida en este instante, Francis?

– Sí -afirmó Francis, aunque no supo de dónde sacó fuerzas para hacerlo.

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