La historia del loco [The Madman's Tale - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
– ¡Dios mío! -exclamó Peter. La satisfacción por haber superado al señor del Mal desapareció. Meditó sobre lo que había dicho Francis-. ¿Qué más ocurrió?
Francis procuró recordarlo todo y, al hacerlo, notó parte del miedo que todavía merodeaba en su interior. Contar a Peter lo del cuchillo en su cara fue duro. Al principio pensó que se sentiría mejor, pero no fue así. Sólo redobló su ansiedad.
– ¿Cómo lo sujetaba? -quiso saber Peter.
Francis se lo mostró.
– Maldición. Debiste de asustarte mucho, Pajarillo.
Francis asintió, pero no quiso precisar lo mucho que se había asustado. Entonces se le ocurrió algo y frunció el entrecejo mientras intentaba aclarar una cosa que era opaca y oscura.
– ¿Qué pasa? -preguntó Peter.
– Peter… -empezó el joven- tú fuiste investigador. ¿Por qué me pondría el cuchillo así en la cara?
Peter reflexionó.
– ¿No debería habérmelo puesto en el cuello? -añadió Francis.
– Sí.
– De esa forma, si gritaba…
– El cuello, la yugular y la laringe son puntos vulnerables. Así es como matas a alguien con un cuchillo.
– Pero no lo hizo. Me lo puso en la cara.
– Es muy revelador. No pensó que gritarías…
– Aquí la gente grita todo el rato. No significa nada.
– Cierto. Pero quería aterrarte.
– Lo logró -aseguró Francis.
– ¿Pudiste ver…?
– Tenía los ojos cerrados.
– ¿Y su voz?
– Podría reconocerla si volviera a oírlo. Sobre todo, de cerca. Siseaba, como una serpiente.
– ¿Crees que intentaba disimularla?
– No, no lo creo. Era como si no le importara.
– ¿Qué más?
– Se sentía… seguro -respondió Francis con cautela.
Ambos hombres salieron de la sala. Lucy los esperaba en medio del pasillo, cerca del puesto de enfermería. Se dirigieron hacia ella y Peter divisó a Negro Chico, a unos metros de Lucy, y vio cómo anotaba algo en una libreta negra unida a la rejilla del puesto con una cadenilla plateada. Hizo ademán de dirigirse hacia el auxiliar, pero Francis lo retuvo por el brazo.
– ¿Qué pasa? -preguntó Peter.
Francis había palidecido de repente.
– Peter -dijo despacio-, se me ha ocurrido algo.
– ¿Qué?
– Si no tenía miedo de hablarme, significa que no le preocupaba que pudiera oír su voz en otro sitio. No le preocupaba que lo reconociera porque sabe que es imposible que lo oiga.
Peter asintió.
– Eso es interesante, Francis -aseguró-. Muy interesante.
Francis pensó que «interesante» no era lo que Peter quería realmente decir. «Encuentra el silencio», se ordenó. Notó que le temblaba un poco la mano y se percató de que la garganta se le había secado de repente. Sintió un sabor desagradable en la boca y trató de reunir saliva, pero no tenía. Miró a Lucy, que exhibía una expresión ceñuda; pensó que no era por ellos sino por cómo el mundo al que había llegado tan confiada le resultaba más esquivo de lo que había imaginado.
Cuando la fiscal se reunió con ellos, Peter le dijo a Negro Chico:
– Señor Moses, ¿qué está haciendo?
– Algo rutinario.
– ¿Qué quiere decir?
– Rutina burocrática. Anoto algunas cosas en el registro diario.
– ¿Qué se incluye en ese registro?
– Cualquier cambio que ordene el gran jefe o el señor del Mal. Cualquier cosa fuera de lo corriente, como una pelea, unas llaves perdidas o una muerte como la de Bailarín. Cualquier cambio en la rutina. Y también muchas estupideces, Peter: cuándo vas al lavabo por la noche, cuándo compruebas las puertas o cuándo supervisas los dormitorios, las llamadas telefónicas recibidas o cualquier cosa que alguien que trabaje aquí pueda considerar fuera de lo corriente. También se anota si observas que un paciente hace progresos por alguna que otra razón. Cuando llegas al puesto al principio de tu turno, tienes que comprobar las indicaciones para la noche. Y, antes de irte, tienes que anotar algo y firmar. Aunque sólo sea un par de palabras. Así cada día. Se supone que tus anotaciones tienen que poner al corriente al siguiente que llega y facilitarle las cosas.
– ¿Hay un registro como éste…?
– En todos los pisos -asintió Negro Chico-, en cada puesto de enfermería. Seguridad también tiene uno.
– De modo que si lo tuvieras, sabrías más o menos cuándo pasan las cosas. Me refiero a cosas rutinarias.
– El registro diario es importante -corroboró el otro-. Deja constancia de toda clase de cosas. Todo lo que pasa en el hospital tiene que estar registrado. Es como un libro de historia.
– ¿Quién guarda estos registros cuando están llenos?
Negro Chico se encogió de hombros.
– Se conservan en el sótano, en cajas -respondió.
– Si echara un vistazo a uno de estos registros me enteraría de muchas cosas, ¿verdad?
– Los pacientes no pueden verlos. No es que estén escondidos ni nada parecido. Pero son para el personal.
– Pero si viera uno… incluso uno que estuviera almacenado, sabría con exactitud cuándo pasan las cosas y en qué clase de orden, ¿no?
Negro Chico asintió con la cabeza.
– Podría, por ejemplo -prosiguió Peter-, saber con exactitud cuándo desplazarme por el hospital sin que me detectaran. Y la mejor hora para encontrar sola a Rubita en el puesto de enfermería en plena noche, y adormilada, porque solía hacer un doble turno un día a la semana, ¿verdad? Y también sabría que los de seguridad habían pasado hacía un buen rato a comprobar las puertas y tal vez charlar un poco, y que nadie más estaría cerca, excepto los pacientes sedados y dormidos, ¿verdad?
Negro Chico no necesitaba responder esta pregunta, ni los demás.
– Es así como lo sabe -aseguró Peter-. No con toda certeza, con precisión militar, pero sabe lo suficiente para planificar sus pasos con bastante seguridad y elegir los momentos oportunos.
A Francis le pareció posible. Sintió un frío interior porque pensó que se habían acercado un paso más al ángel, y que él ya había estado demasiado cerca de ese hombre y no estaba seguro de querer volver a estarlo.
Lucy sacudió la cabeza.
– No sabría decir exactamente qué, pero algo anda mal. No, no es eso. Es más bien que algo anda bien y mal a la vez -precisó.
– Ah, Lucy -dijo Peter con una sonrisa, imitando la forma en que a Gulptilil le gustaba empezar las frases con una pausa alargada y afectando el cantarín acento inglés del médico indio-. Ah, Lucy -repitió-, hablas con la lógica que corresponde al manicomio. Continúa, por favor.
– Este sitio me está afectando. Creo que alguien me sigue por la noche hasta la residencia. Oigo ruidos al otro lado de la puerta que cesan cuando me levanto. Noto que alguien ha curioseado mis cosas, aunque no me falta nada. No dejo de pensar que hacemos progresos y, aun así, no puedo indicar cuáles. Me temo que en cualquier momento empezaré a oír voces.
Miró a Francis un momento, pero éste no parecía escuchar, sino estar absorto. Echó un vistazo pasillo adelante y vio cómo Cleo pontificaba sobre alguna cuestión increíblemente importante agitando los brazos y bramando, aunque nada de lo que decía tenía demasiado sentido.
– O que me imaginaré que soy la reencarnación de alguna princesa egipcia -añadió Lucy meneando la cabeza.
– Eso podría provocar un importante conflicto -respondió Peter con una sonrisa.
– Tú sobrevivirás -dijo Lucy-. No estás loco como los demás. Estarás bien en cuanto salgas. Pero Pajarillo… ¿Qué le pasará?
– Es más difícil para Francis -contestó Peter-. Tiene que demostrar que no está loco. Pero ¿cómo logras eso aquí? Este sitio está destinado a volver más loca a la gente, no menos. Convierte todas las enfermedades en, no sé, contagiosas… -comentó con tono amargo-. Es como si llegaras aquí con un resfriado que se convierte en una faringitis o una bronquitis, y después en una neumonía, y finalmente en una insuficiencia respiratoria terminal, y dicen: «Bueno, hicimos todo lo que pudimos…»