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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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Capítulo veintiuno

¡Un año! Aquel día hacía un año que se había casado con León, y para Vitória su marido seguía siendo tan extraño como en su primer encuentro. Ahora conocía detalles de su vida diaria, sabía que le gustaba dormir hasta tarde, que desayunaba poco, que no le gustaban las alcaparras, pero en cambio le encantaban las aceitunas y el chocolate, que se duchaba varias veces al día y se rociaba con la colonia Gentleman's Only que se había traído de Inglaterra. Conocía cada centímetro de su cuerpo, desde el remolino de la cabeza que todas las mañanas aparecía con el pelo de punta, hasta el segundo dedo del pie, que era más largo que el dedo gordo. Sabía dónde tenía cosquillas, qué sabor tenía, qué caricias lo excitaban. Y a pesar de todo muchas veces veía a León como un perfecto desconocido.

Había días en los que resultaba frío, calculador y arrogante, en los que la trataba con cierta superioridad, dándole la sensación de que no era su esposa, sino un subordinado. Otros días, menos frecuentes, se mostraba impaciente, intranquilo e impulsivo, daba portazos, rompía manuscritos o regañaba a los sirvientes casi sin motivo. Cuando ese nerviosismo se apoderaba de él, nadie podía hacer nada, y mucho menos ella. Pero si Vitória le esquivaba, se ponía de peor humor todavía.

– Sinhazinha, ¿me evitas, ahora que tienes tu casa y has alcanzado la independencia económica? -le había preguntado hacía poco, con una voz susurrante que sonaba algo amenazadora.

– ¡Qué tontería, León! Sólo te evito cuando estás de tan mal humor -le había respondido ella, avergonzándose luego de su falta de sinceridad. En realidad le evitaba de buena gana. En su presencia se sentía como alguien a quien se acusa de un robo y, a pesar de su inocencia, se comporta de un modo sospechoso debido a esa misma acusación.

No pasaba un solo día en que a Vitória no le sorprendiera algo del comportamiento o el aspecto de León. ¿Cómo era posible que un hombre que en sociedad se comportaba con la mayor espontaneidad ante las más importantes personalidades tuviera reparos en hablar libremente cuando los sirvientes estaban cerca? ¿Cómo podía moverse en sus trajes hechos a medida en Londres con la indolente elegancia de un hombre que no tiene más vestimenta, y darle al mismo tiempo a cada uno de sus gestos la irónica expresión de alguien que se ha disfrazado? ¿Cómo podía comer voluntariamente los platos típicos de los esclavos, él, que en Europa había probado los platos más exquisitos? Unos días antes León, compartiendo mesa con sus invitados, había pedido que le sirvieran alubias negras y había ofrecido aquella “exquisitez” a los demás comensales. Vitória estaba muerta de vergüenza, y sólo con ver el rostro de León se dio cuenta de que aquello era precisamente lo que él perseguía.

Desde el lamentable episodio del colgante, León se comportaba con ella con una fría indiferencia. Pero no era como aquella distancia de los primeros meses de su matrimonio, cuando todavía intentaban aprender a conocerse mejor. Sí, él era amable y complaciente, pero siempre había una cierta ironía en el modo en que la miraba y le hablaba. Sus cumplidos eran frases hechas. En su risa no había alegría, sino desilusión. Cuando le pasaba un brazo por el hombro no era por el deseo de abrazarla, sino para mostrar en público que existía una cierta armonía. Aunque eso ocurría en contadas ocasiones. Apenas salían juntos, sólo cuando era inevitable.

No obstante, Vitória llevaba al lado de León una vida agradable. Él mantuvo su promesa y la dejó hacer y deshacer a su antojo. Durante aquel año Vitória había multiplicado su fortuna, y el dinero la ayudó a hacer frente a otras carencias. Su último golpe había sido genial. Compró por un precio irrisorio las acciones de una fábrica de preparados cárnicos en quiebra; un mes más tarde, cuando se supo que la BMC quería adquirir la empresa, vendió las acciones con unos beneficios superiores al trescientos por ciento. Vitória pensaba que no debía involucrar a Aaron -él era un hombre adulto y podría haber invertido su dinero en esas mismas acciones-, pero como le había dado los consejos decisivos, había salido con él. Primero le llevó al teatro, luego cenaron en Louis, y al final tomaron café en el Café das Fores. Desde que Aaron había superado su infantil enamoramiento y no sentía la necesidad de coquetear con ella, su relación era más cordial y abierta, eran más cómplices. Vitória prefería la compañía de Aaron a la de su marido.

Por las noches era todo diferente. Parecía que los cuerpos de León y Vitória tenían una vida propia, independiente de aquello que sucedía en sus cabezas, tanto si habían discutido como si no se habían dirigido la palabra. La incapacidad para acercarse y abrirse el uno al otro, que durante el día cargaba la atmósfera con una tensión insoportable, quedaba olvidada en cuanto se encontraban en su dormitorio. Su deseo era más fuerte que su entendimiento. Su amor corporal compensaba todo lo que fallaba en su matrimonio. Bastaba con que León rozara levemente el brazo de Vitória para que el cuerpo de ésta se estremeciera. Un inocente beso de buenas noches de ella era suficiente para despertar en León el más salvaje deseo. Cuando se desnudaban era como si con la ropa se despojaran también de todos los malentendidos y desengaños que hacían tan difícil su vida en común. En la cama eran todo lo que no podían ser durante el día, le daban al otro todo lo que le negaban de día: cariño, confianza, sinceridad. Y eso sin intercambiar ni una frase completa.

Algunas noches, cuando León estaba fuera y Vitória sospechaba que se encontraba con la Viuda Negra, se iba temprano a la cama y se juraba a sí misma no volver a permitir a León ningún tipo de intimidad. Pero cuando él volvía a casa, cuando le oía desnudarse en silencio, cuando notaba cómo se metía entre las sábanas con cuidado para no despertarla, entonces habría podido gritar de deseo. ¡Un solo beso, un pequeño gesto cariñoso! Haciéndose la dormida, ponía la mano como por casualidad sobre el vientre de León o rozaba suavemente su pierna como si no buscara el contacto de su piel, como si fuera el gesto involuntario de una persona dormida. El efecto era siempre el mismo. León, fingiendo también desidia o cansancio, se acercaba a ella, hacía algunos sonidos guturales de placer, la acariciaba, hasta que ambos se abrazaban apasionadamente y se dejaban llevar sin inhibiciones. ¡Qué farsa más indigna de dos personas adultas, como si necesitaran un pretexto para desearse!

Pero había también situaciones en las que caían uno sobre el otro como dos posesos, sin fingir antes que se trataba de un descuido. Eran como dos adictos que perdían su dignidad y todos sus valores en el momento en el que la satisfacción de su adicción prometía hacerles olvidar por un tiempo las penas de la vida diaria.

El día anterior había sido uno de ésos. Mientras esperaban a que les sirvieran la comida Vitória y León se comportaron como dos rivales antes de un duelo. La tensión estaba en el aire, pero ninguno de los dos decía qué era lo que le irritaba. Cuando Tais sirvió la comida, los dos se quedaron solos, el uno frente al otro. Lo único que se oía era el tintineo de los cubiertos sobre los platos, hasta que León los dejó a un lado y dijo:

– Insisto en que vengas conmigo a la recepción. Espero que no me obligues a llevarte allí a la fuerza.

Vitória levantó las cejas con un gesto de desprecio.

– Yo no te obligo a nada, León. Te ruego que seas tan amable de hacer lo mismo conmigo.

Luego dobló la servilleta con exagerado cuidado, se puso de pie y se marchó. Como si quisiera cumplir su amenaza, León subió la escalera tras ella y la siguió hasta el dormitorio. Pero apenas se hubo cerrado la puerta tras ellos, León apretó a Vitória con su cuerpo contra la pared, la besó dejándola casi sin respiración, le subió la falda ardiendo de deseo, le quitó la ropa interior y allí, de pie, la poseyó con fuerza, con algo de deseo animal. ¿Y ella? Había enroscado sus piernas alrededor de sus caderas disfrutando jadeante de lo salvaje del acto.

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