La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
La gente estalló en aplausos.
– La oferta más baja es de cinco mil réis. ¿Quién ofrece cinco mil réis?
Un señor calvo de la primera fila levantó la mano.
– ¡Ah, senhor Luís Aranha, muy loable! ¡Qué nombre más bonito, “sección Luís Aranha”! ¿Quién ofrece más?
Nadie hizo otra oferta.
– ¿He olvidado mencionar que también habrá una placa que recordará el nombre del ganador de la subasta? Por favor, señores, no sean tan tímidos. Su generosidad puede decidir sobre la vida y la muerte.
– Diez -gritó un hombre joven.
– Bravo, diez mil réis ofrece el joven senhor por el privilegio de que su nombre quede inmortalizado. Díganos cómo se llamaría la nueva sección si usted consiguiera la adjudicación.
– Soy Joaquim Leme Viana.
Un murmullo invadió todo el patio. Los Leme Viana eran una de las familias más influyentes de Brasil.
– ¡Quince! -se oyó desde una fila de en medio-. Quince mil réis, y la construcción se llamará “sección Charles Witherford”.
Loreta miró incrédula a su marido. También Pedro, Joana y Joao Henrique estaban sorprendidos.
– ¿Por qué me miran así? Esto es muy divertido, y además por una buena causa. ¿Por qué no puja usted también, Pedro?
Sí, ¿por qué no? A Pedro le resultó muy atractiva la idea de que una parte del hospital se llamara “sección Pedro da Silva” y hubiera una placa conmemorativa con su nombre.
– Está bien -dijo mirando a Charles-. ¡Veinte!
– Veinte mil ofrece el amable senhor da Silva. ¿Quién ofrece más?
A Pedro le pareció horrible que su antiguo profesor le llamara “amable senhor da Silva”. Eso le pasaba por dejarse vencer por la vanidad.
– Ten cuidado, no vayas a perder la subasta -le susurró Joana.
– ¡Cincuenta! -gritó el joven Leme Viana.
– ¡Sesenta! -dijo un hombre algo mayor que hasta entonces no había dicho nada.
– ¡Setenta!
– ¡Ochenta!
Al subastador apenas le daba tiempo de decir los nombres de los pujadores. Las ofertas se sucedían unas a otras, ahora que algunos hombres se habían dejado llevar por la fiebre de la subasta y querían deshacerse de sus rivales a cualquier precio.
Cuando las ofertas superaron los cien mil réis sólo quedaron dos pujadores en acción. Tanto Pedro como Charles se dejaron convencer por sus esposas de que bastaba con que hubieran demostrado sus buenas intenciones y su compromiso con la construcción del hospital. Pero siguieron el espectáculo con interés, sacudiendo la cabeza al sentir que poco antes ellos se habían dejado arrastrar por el mismo delirio que embargaba a los dos pujadores que seguían haciendo sus ofertas.
– ¡Mira, ahí llega Aaron!
Joana saludó con la mano a su amigo, al que no esperaban.
– ¡Ah, la encantadora senhora Joana da Silva ofrece ciento veinte mil réis -oyó decir al subastador. En el intento de aclarar el malentendido perdió de vista a Aaron.
– De verdad, Joana, ¿no te parece un poco exagerado poner tanto dinero en juego para poder decidir dónde ponemos un cuadro? -dijo Pedro enojado. No recuperó el buen humor hasta que hubo otra oferta superior a la de su mujer y se le pasó el susto.
Los dos hombres que seguían pujando añadían ahora cantidades más reducidas. Tanto el público como el subastador empezaron a cansarse. La gente empezó a hablar y de vez en cuando se oían risas contenidas.
– ¡Un contó! -gritó de pronto Aaron, que se había sentado delante. Todos enmudecieron. Incluso el profesor olvidó por un instante que se esperaba una reacción por su parte. Luego volvió a asumir su papel.
– Es fantástico, ¿senhor.…?
– Aaron Nogueira.
– ¡Un millón de réis! ¿Quién ofrece más? ¿Nadie? ¿Y usted, senhor Leme Viana, no continúa? ¿Y usted, senhor Ávila? Está bien. Un contó de réis a la una, un contó de réis a las dos y… -tomó aire, los espectadores hicieron lo mismo- un contó de réis a las tres.
Dejó la maza sobre la mesa.
– La nueva sección del hospital llevará el nombre de Aaron Nogueira.
Los aplausos fueron ensordecedores. Cuando se fue haciendo el silencio, Aaron dijo con voz potente y fuerte para que todos lo oyeran:
– La nueva sección llevará el nombre de la pujadora a la que represento, Vitória Castro da Silva.
Pedro y Joana tenían la sorpresa escrita en el rostro mientras Joao Henrique expresaba lo que ambos pensaban:
– No sabía que tu hermana tuviera una vena caritativa. Sabrá que con esto me hace un gran favor, ¿no? Sinceramente, yo creía que no le caía muy bien.
Loreta Witherford estaba entusiasmada con el fabuloso éxito de la subasta, que había sido idea suya.
– ¿Qué cuchichea, querido doutor de Barros? ¡Alégrese! Tome una copa de este horrible ponche y vamos a brindar… ¡por Vitória Castro da Silva!
Entretanto Aaron recibía las felicitaciones de los asistentes y tuvo que responder mil veces a las mismas preguntas: «Sí, es cliente mía», «No, hoy no ha podido venir», «Sí, su compromiso social es muy notable».
Cuando consiguió unirse a su grupo de amigos tenía ya gotas de sudor sobre el labio superior.
– ¡Aaron, es usted único! -dijo Charles Witherford, golpeándole jovialmente en la espalda-. Con esta aparición ha triunfado definitivamente.
– Sí, realmente -dijo Joao Henrique secamente-. Debe haberte costado mucho trabajo cumplir un encargo que me beneficia a mí.
– Vita no ha podido quitarse esa estúpida idea de la cabeza por mucho que quisiera. Pero creo que le resultó muy tentador pensar que siendo la gran mecenas podría tomar parte en la construcción del edificio e incluso echar un vistazo a las cuentas.
– ¡Sois los dos terribles! A lo mejor Vita ha actuado movida sólo por la caridad. Pero, dime, Aaron, ¿por qué no ha venido? -quiso saber Joana.
– Probablemente se imaginaba que todo esto sería terriblemente aburrido -opinó Charles-. Cuantas más cosas oigo sobre esa dama, más ganas tengo de conocerla. Pedro, ¿por qué no invita alguna vez a su hermana y a su famoso marido a uno de sus almuerzos?
Pedro no contestó inmediatamente. Seguía muy sorprendido. Se acababa de enterar de que su hermana era sumamente rica. Nunca lo había pensado. Incluso creía que se había gastado toda su dote en la nueva casa y estaba al borde de la ruina. ¿O era León el que tenía tanto dinero? No, imposible, se habría enterado antes, cuando eran amigos.
– Sí, llevamos tiempo pensándolo -oyó que les decía Joana a Charles y Loreta-. Pero no es fácil compaginar nuestras citas y obligaciones de modo que encontremos una noche que nos venga bien a todos.
Joana sabía que no era así. Su cuñada era un poco rara. Vita daba mucho que hablar, pero aparecía muy pocas veces en público, fuera cual fuera el objetivo que persiguiera con esa actitud.
– Vitória sólo concede audiencia al bueno de Aaron -dijo Joao Henrique con tono malicioso-. Probablemente se sienta culpable por haberle roto el corazón.
Dona Magda y dona Carla se miraron indignadas. ¿Sería verdad lo que habían oído cuando pasaban por allí? El joven doctor no les caía demasiado bien, pero estaban seguras de que no era un mentiroso.
– ¡Dios mío, Magda! ¿Será una… adúltera la mecenas de nuestro nuevo edificio?
Las dos señoras juntaron las cabezas para hablar sobre aquel escandaloso tema. Quizás debieran consultar a dona Ana Luiza, que se reunía con la madre de la cuñada de Vitória da Silva en un club de bridge. Probablemente pudiera contarles algo más dona Cándida, que era vecina de aquel abogado que, evidentemente, gozaba de más ventajas de lo que parecía a primera vista. Si incluso una persona tan conocida como Vitória se relacionaba con él…