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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Sobresaltado, Tas tropezó y se desplomó de espaldas. Pero Berem ni siquiera lo vio. Aullando de forma incoherente, pasó en su arremetida por encima del kender y se lanzó de bruces contra la reja del calabozo.

Caramon se puso en pie, y también el goblin.

Tratando de mostrarse irritado por la brusca interrupción de su descanso, el corpulento guerrero dirigió una severa mirada al hombrecillo que yacía en el suelo.

—¿Qué le has hecho? —refunfuñó sin despegar las comisuras de los labios.

—¡Nada, Caramon, te lo aseguro! —protestó Tas sin alzar la voz—. ¡Está loco!

Berem parecía, en efecto, haber perdido la razón. Indiferente al dolor, se arrojó de nuevo sobre los barrotes como si pretendiera hacerlos saltar por los aires y, al ver que fracasaban en su acometida, los sujetó con ambas manos a fin de abrir una brecha.

—¡Ya voy, Jasla! —gritaba—. No te alejes de mí, perdona...

El carcelero, con sus porcinos ojos llenos de alarma, corrió al pie de la escalera y empezó a vociferar por el hueco.

—¡Está llamando a la guardia! —comprendió Caramon—. Tenemos que calmarle. Tika...

Pero la muchacha estaba ya junto a Berem y, apoyando una mano en su hombro, lo conminaba al silencio. Al principio el enloquecido individuo no le prestó atención e incluso intentó desembarazarse de ella, mas las reiteradas y dulces caricias de la muchacha lograron apaciguarle y predisponerle a escuchar. Cesó en sus intentos de forzar la reja y se inmovilizó, con las manos aferradas aún a los barrotes .Su barba había caído al suelo, el sudor bañaba su desencajado rostro y la sangre manaba por la herida que él mismo se había infligido al golpear los sólidos hierros con su cabeza.

Se produjo un estruendo metálico en la parte frontal de los calabozos cuando dos draconianos se precipitaron por la escalera para acudir a la llamada del carcelero. Con sus curvas espadas desenvainadas y prestas, recorrieron el angosto corredor en compañía del goblin. Tas se apresuró a recoger la barba y embutirla en una de sus bolsas, confiando en que no recordarían el lanudo aspecto de Berem al ser apresado.

Tika persistía en su intento de tranquilizar al Hombre Eterno, pronunciando todas cuantas frases se le ocurrían en un cálido tono de voz. El no daba muestras de escucharla, pero al menos parecía más sosegado que unos minutos antes. Respiraba hondo y con inhalaciones regulares, sin apartar la nublada vista de la celda vacía que se vislumbraba al otro lado del corredor. Tas advirtió que los músculos de su brazo vibraban en incontrolables espasmos.

—¿Qué significa esto? —vociferó Caramon cuando los draconianos se detuvieron frente a la reja—. ¡Me habéis encerrado en este agujero con una fiera rabiosa que incluso ha intentado matarme! ¡Exijo que me saquéis de aquí!

Tasslehoff, que observaba muy atento al guerrero, vio que éste señalaba al guardián con un rápido y disimulado gesto de la mano derecha. Reconociendo la señal de ataque, se preparó para la acción y comprobó que también Tika tensaba sus músculos. Un goblin y dos centinelas no suponían una gran dificultad; se habían enfrentado a situaciones más apuradas.

Los draconianos lanzaron una inquisitiva mirada al carcelero, que pareció titubear. Tas imaginó qué pensamientos surcaban la espesa mente de la criatura: si aquel corpulento oficial era en verdad un amigo personal de la Dama Oscura, la dignataria castigaría de forma implacable a un celador que permitía el asesinato de su protegido en una de las celdas a él asignadas.

—Voy a buscar las llaves —anunció el goblin antes de alejarse por el pasillo.

Los draconianos empezaron a conversar en su lengua, sin duda intercambiando severos comentarios sobre el carcelero. Caramon dirigió una centelleante mirada a Tika y a Tas con la que los incitaba a la lucha, y el kender revolvió en sus bolsas hasta cerrar sus dedos en torno a la empuñadura de su cuchillo. Por supuesto habían registrado sus pertenencias antes de encarcelarle pero, en un esfuerzo por ayudarles, Tasslehoff había manipulado todos sus saquillos —.. y organizado un tal desorden que, tras examinar por cuarta vez el mismo, los guardianes abandonaron la tarea llenos de confusión. Caramon, mientras duraba este proceso, había insistido en que debían permitir a su prisionero conservar tales bienes pues contenían objetos del máximo interés; que la Dama Oscura deseaba inspeccionar a menos, claro, que ellos aceptaran la responsabilidad de...

Tika, por su parte, seguía calmando a Berem con aquella hipnótica voz que al fin logró prender un destello de paz en los febriles y perdidos ojos azules del insondable humano.

En el instante en que el carcelero recogía las llaves de su clavo en el muro y echaba a andar de nuevo por el corredor hacia el calabozo, le detuvo una voz procedente del pie de la escalera.

—¿Qué quieres? —preguntó, irritado y sorprendido por la aparición imprevista de una figura encapuchada en sus dominios.

—Soy Gakhan —se dio a conocer el intruso.

Interrumpiendo su cháchara en cuanto advirtieron la presencia del recién llegado, los draconianos se pusieron firmes en señal de respeto mientras la faz del goblin asumía unas tonalidades verdosas y las llaves que sostenía en su flácida mano repiqueteaban al entrechocarse. Otros dos guardianes descendieron raudos hasta el pasadizo para situarse a ambos lados del embozado, obedientes a su silenciosa orden.

Tras dejar rezagado al medroso goblin, la figura se aproximó a la reja y permitió así que Tas lo escudriñase. Se trataba de otro draconiano, cubierto con una armadura y una capa negruzca que ocultaba su rostro. El kender se mordió el labio en una repentina frustración pero recapacitó que aún no estaba todo perdido, al menos para un avezado guerrero como Caramon.

El draconiano de la capucha, ignorando al vacilante carcelero que trotaba detrás de él como un perro faldero, asió una de las antorchas que ardían sobre sus pedestales y se apresuró a situarse frente a los compañeros.

—¡Sacadme de este lugar! —repitió Caramon, apartando a Berem de su campo de acción.

Pero el sombrío oficial, en lugar de escuchar las protestas del guerrero, introdujo una mano entre los barrotes y cerró su afilada garra sobre el pectoral de la camisa del Hombre Eterno. Tas miró desesperado a Caramon, Que estaba mortalmente pálido. Aunque ensayó una nueva arremetida, para captar la atención del draconiano, sus esfuerzos resultaron inútiles.

Retorciendo su reptiliano miembro, la despreciable criatura hizo harapos la camisa que segundos antes estrujaba.

Una luz verde iluminó el calabozo cuando la llama de la antorcha se reflejó en la joya que yacía incrustada en la carne de Berem.

—Es él—constató Gakhan—. Abrid la puerta.

El celador insertó la llave en la cerradura con mano temblorosa. Al ver que no acertaba a accionarla a causa de su estupor, uno de los guardianes le arrancó el objeto y concluyó su tarea para franquear la entrada a su superior. Una vez dentro uno de los draconianos asestó un contundente golpe en la cabeza de Caramon con la empuñadura de su espada, subyugando al guerrero como si fuera un buey, mientras otro inmovilizaba a Tika.

—Matadle —ordenó Gakhan señalando a Caramon—, y también a la muchacha y al kender. Yo me ocuparé de conducir a este otro a presencia de Su Oscura Majestad —añadió, a la vez que posaba su punzante mano en el hombro de Berem y dirigía una mirada de triunfo a sus secuaces—. Esta noche la victoria es nuestra.

Sudoroso dentro de su armadura de escamas de dragón, Tanis se hallaba junto a Kitiara en una vasta antecámara, que desembocaba en la gran sala de audiencias del palacio a la que se accedía por una puerta meticulosamente labrada. Rodeaban al semielfo las tropas de la Dama Oscura, incluidos los temibles espectros que servían a las órdenes de Soth, el Caballero de la Muerte. Las espantosas y etéreas figuras se ocultaban en las sombras detrás de Kitiara.

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