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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Fue Gakhan quien rastreó a Riverwind y la vara hasta el poblado de los que-shu, y también quien ordenó asaltar el lugar y asesinar sistemáticamente a sus habitantes en busca de aquel ingenio de nefasto augurio.

Sin embargo, pronto abandonó a los que-shu, tras ser informado de que la vara se hallaba en Solace. Viajó el draconiano a esta ciudad, para descubrir que llegaba con unas semanas de retraso aunque también averiguó que los bárbaros portadores del objeto mágico se habían reunido con un grupo de aventureros, oriundos de Solace a juzgar por las declaraciones de los lugareños que allí «entrevistó».

Tuvo que tomar una decisión. Podía tratar de seguir su rastro, que sin duda debía haberse desvirtuado durante las semanas transcurridas, o bien regresar junto a Kitiara y describirle a los aventureros por si ella los conocía. En este último caso quizá le daría una información susceptible de ayudarle a anticipar sus movimientos.

Eligió la segunda opción y corrió al encuentro de Kitiara, que estaba guerreando en el norte. Los millares de soldados que componían las fuerzas de Verminaard tenían mayores posibilidades de encontrar la vara que Gakhan pero eso no le impidió comunicar cuanto sabía del misterioso grupo a la Dama Oscura, quien sufrió un gran sobresalto al enterarse de que estaba formado por sus dos hermanastros, sus antiguos compañeros de armas y su primer amante. Al instante vio en esta combinación la mano oculta de un temible poder, pues sabía que tan dispares nómadas habían de constituir un dinámico ejército para bien o para mal. Se apresuró a transmitir sus inquietudes a la Reina, que era ya víctima de cierto desasosiego a causa del inexplicable portento que suponía la desaparición del Guerrero Valiente de su firmamento. No tardó la soberana en comprender que sus premoniciones eran correctas y que Paladine había regresado para luchar contra ella, si bien cuando tomó plena conciencia de la situación el daño ya estaba hecho.

Kitiara envió de nuevo a Gakhan en busca de los errabundos compañeros. Paso a paso, el avispado draconiano siguió su pista desde Pax Tharkas al reino de los enanos. Fue él quien descubrió su presencia en Tarsis, donde la Dama Oscura los habría capturado de no ser por la intervención de Alhana Starbreeze y sus grifos.

Gakhan no se desalentó. Con su habitual paciencia logro averiguar que el grupo se había separado y supo de su estancia en Silvanesti, donde ahuyentaron al enorme Dragón verde llamado Cyan Bloodbane, y en el Muro de Hielo, lugar en el que Laurana dio muerte al perverso Feal-Thas, señor del Dragón. Llegó asimismo a sus oídos el hallazgo de los Orbes, la destrucción de uno y el medio por el que el frágil mago obtuvo el otro.

Ya en Flotsam, Gakhan espió a Tanis sin que éste lo advirtiera, y pudo así dirigir a la Dama Oscura hasta el Perechon. Una vez más el draconiano movió cauteloso su pieza pero pronto comprobó que la de su oponente se había interpuesto en su camino y bloqueado el jaque. Tampoco ahora se dejó llevar por la desesperación, ya que conocía a su rival y el poder al que se enfrentaba. Era mucho lo que estaba en juego, no podía dejarlo en tablas.

En todos estos eventos pensaba Gakhan al abandonar el Templo de Su Oscura Majestad, donde los Señores de los Dragones empezaban a congregarse para la asamblea. Recorrió las calles de Neraka, iluminadas por una luz crepuscular. En el instante en que el sol se ocultaba tras el horizonte sus últimos rayos quedaron libres de la sombra de las ciudadelas y propagaron su calor por las montañas, tiñendo de doradas aureolas los níveos picos.

La mirada reptiliana de Gakhan no se detuvo en el espectáculo que ofrecía al astro sino que escudriñó las tiendas de la improvisada ciudad, ahora casi vacías pues los soldados debían escoltar a sus comandantes en la regia velada. Los Señores de los Dragones desconfiaban ostensiblemente de sus colegas y también de la Reina. Más de un asesinato se había perpetrado en los aposentos de la soberana, y no habían concluido tan luctuosas acciones.

Sin embargo, a Gakhan aquello no le importaba. Al contrario, incluso podía facilitar su tarea. Condujo con habilidad a los otros draconianos por los hediondos callejones atestados de inmundicias y, aunque se dijo que podría haberles enviado en su misión sin la necesidad de su presencia, había llegado a conocer muy bien a su oponente y sabía que el tiempo apremiaba. El remolino de los acontecimientos comenzaba a alzarse cual un imparable huracán y, pese a hallarse en su ojo, era consciente de que podía ser aniquilado por él, si no era tremendamente cuidadoso. Quería cabalgar a lomos del viento, no ser arrojado contra las rocas.

—Éste es el lugar —declaró, deteniéndose junto a su taberna. Una enseña claveteada a un poste rezaba en lengua común: «El Ojo del Dragón» mientras que, en un rótulo que sobresalía del muro, se leía «Prohibida la entrada a draconianos y goblins» en toscos caracteres del mismo idioma. Asomando el rostro por la cortina de la lona Gakhan comprobó que había acertado y se introdujo en el local, tras ordenar a sus escoltas que apartasen la recia tela.

Un gran tumulto saludó su aparición cuando los humanos de la taberna volvieron sus miradas hacia los recién llegados y vieron a tres draconianos, lo que les impulsó a abuchearles desdeñosos. Sin embargo, las voces e imprecaciones pronto se apagaron, en el instante en que Gakhan se desprendió de la capucha que cubría su faz reptiliana. Todos reconocieron al esbirro de Kitiara y el silencio selló las bocas de los parroquianos, un silencio más denso que el espeso humo o los olores que cargaban la atmósfera. Tras observar amedrentados a los soldados, los humanos levantaron los hombros hacia sus bebidas y se encogieron cual tortugas, en un intento de pasar desapercibidos.

Las refulgentes y negras pupilas de Gakhan examinaron a la muchedumbre.

—Ahí está —indicó, a la vez que extendía el dedo en dirección a un humano acodado en la barra.

Sus secuaces actuaron de inmediato para apresar a un individuo tuerto, que los contempló entre ebrio y aterrorizado.

—Llevadle fuera —ordenó el draconiano.

Ignorando las protestas y súplicas del arrestado, que vestía el uniforme de capitán, así como las amenazadoras miradas de los presentes, los soldados arrastraron al infeliz hasta un patio trasero. Gakhan los siguió más despacio.

Los expertos draconianos apenas tardaron unos minutos en serenar la enturbiada mente de su prisionero lo suficiente para que pudiera hablar, si bien los desgarrados gritos que el desdichado emitió en el proceso hicieron que muchos de los parroquianos perdieran el gusto por sus licores. Sea como fuere, al fin estuvo en condiciones de responder a las preguntas de Gakhan.

—¿Recuerdas haber detenido a un oficial de los ejércitos de los Dragones esta misma tarde, acusado de deserción?

El capitán recordaba haber interrogado a numerosos oficiales aquel día; era un hombre muy ocupado y todos se parecían. Gakhan se limitó a hacer un significativo gesto con la mano y los draconianos obedecieron con prontitud y eficacia.

El capitán se convulsionó en un agónico aullido. ¡Sí, ahora rememoraba la escena! Pero no había un oficial, sino dos.

—¿Dos? —Los ojos de Gakhan se iluminaron—. Describe al otro.

—Era un humano muy corpulento. Ambos custodiaban a unos prisioneros.

—¡Espléndido! —exclamó el esbirro de la Dama Oscura estirando su lengua para volver a ocultarla, un ademán habitual en los de su raza—. ¿Cómo eran?

El capitán halló un verdadero placer en detallar los rasgos de la muchacha.

—Una hembra de melena pelirroja y ondulada, con unos senos tan grandes como...

—Es suficiente, háblame de los otros —le espetó Gakhan. Sus ganchudas manos temblaban de excitación cuando miró a sus escoltas para invitarles a estrujar los brazos del cautivo.

Aunque entre sollozos, el infeliz se apresuró a describir a los otros dos prisioneros sin apenas articular las palabras.

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