La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
El guerrero clavó su mirada en Reghar Fireforge para desviarla después hacia Darknight, cabecilla de los bárbaros.
—Ayer convinimos en que era preferible aguardar —les recordó a ambos. Impregnada su voz de una cólera mal disimulada, se plantó frente al adalid de los Enanos de las Colinas—. Los carros de provisiones no llegarán hasta dentro de dos días y, según tu mismo me informaste, no nos quedan víveres suficientes para el viaje, así que tendremos que esperar refuerzos. No encontraréis ni siquiera conejos en los llanos de Dergoth.
—No nos importa racionar el alimento si es necesario —repuso Reghar, poniendo especial énfasis en el «nos» para dejar constancia de su intención. De todos era conocido el desmesurado apetito de Caramon.
Tal comentario no contribuyó precisamente a mejorar el humor del general, quien, sonrojado, bramó:
—¿Y qué me dices de las armas, necio barbudo? Además, aunque vosotros resistáis sin comer, los caballos han de refrescarse de vez en cuando. Carecemos de forraje, de agua fresca, y no podremos proporcionarles cobijo. ¿Crees que aguantarán?
—No es tan larga la travesía de los llanos como para preocuparse de esos detalles —contestó inconmovible el hombrecillo, destelleantes sus ojos—. Los Enanos de las Montañas, Reorx maldiga sus almas de roca, se han desperdigado. Hemos de atacarlos antes de que reagrupen sus fuerzas.
—Todo eso se especificó ya en el cónclave —repitió el guerrero, exasperado—. Nadie ignora que sólo nos hemos enfrentado a una parte de sus huestes, ni que en estos momentos Duncan debe de haber destacado un ejército al pie de la montaña, presto a abalanzarse sobre nosotros.
—Quizá sí, quizá no —replicó Reghar, huraño, puesta la vista en el sur y con los brazos cruzados sobre el pecho—. En cualquier caso, hemos cambiado de opinión. Nos iremos de aquí hoy mismo, contigo o sin ti.
El hombretón consultó en silencio a Darknight, que no había despegado los labios durante el intercambio. El bárbaro se limitó a asentir levemente con la cabeza. Sus hombres, alineados a su espalda, se mostraban graves y callados, aunque Caramon descubrió algunos rostros macilentos y dedujo que no todos se habían recuperado de la celebración de la víspera.
Por último, el atónito guerrero buscó con los ojos a una figura que, enlutada, se hallaba sobre la grupa de un equino, de crin azabache. Aunque la capucha nada dejaba traslucir de su expresión, el fornido luchador había sentido su mirada entre penetrante y divertida desde que atravesara la puerta interior de la gigantesca fortaleza.
Abandonando al enano a sus auspicios, el hombretón se dirigió de manera abrupta hacia Raistlin. No le sorprendió distinguir junto a él a Crysania, montada también a caballo y envuelta en su capa de viaje. Al aproximarse se apercibió de que el repulgo de sus ropajes presentaba vestigios de sangre y que su semblante, apenas visible detrás del pañuelo que se había anudado en torno a la barbilla y el cuello, estaba pálido pero sereno. Se preguntó qué había estado haciendo durante la larga noche, mas decidió concentrarse, de momento, en su gemelo.
—Todo esto es obra tuya —le acusó sin alzar la voz, al mismo tiempo que extendía la mano sobre la cerviz del animal del nigromante.
Raistlin sonrió y se inclinó por encima del pomo de la silla para dialogar con su hermano. Ahora el guerrero pudo vislumbrar su rostro, tan frío y blanco como la escarcha que alfombraba el suelo bajo sus pies.
—¿Qué te propones? —lo interrogó el general en tono confidencial—. ¿Cuál es el propósito de este alzamiento? No podemos avanzar, y menos para entablar una batalla, sin abastos.
—Has hecho tus cálculos muy a la ligera —reprendió el hechicero a su hermano antes de agregar, encogidos los hombros—: Los carromatos nos darán alcance y, en cuanto a los pertrechos, los hombres se han apoderado de los sobrantes del conflicto además de contar con los suyos. Reghar tiene razón, hay que abatirse sobre el enemigo antes de que se reorganice.
—¿Por qué no lo discutiste conmigo? —se encolerizó Caramon, cerrando el puño—. ¡Soy yo quien está al mando de las tropas!
Raistlin rehuyó su escrutinio. Irguió de nuevo la espalda, ladeada la faz, y el hombretón se percató de que su cuerpo temblaba bajo la negra túnica.
—No había tiempo —se disculpó frente a su encolerizado gemelo—. Anoche soñé que Takhisis, mi reina… Sea como fuere —se interrumpió—, reviste una capital importancia que arribe a Zhaman cuanto antes.
El general estudió al archimago en un súbito arranque de clarividencia.
—¡Esas criaturas nada significan para ti! —le recriminó, mientras señalaba a los hombres y enanos que, en posición de firmes, esperaban órdenes—. Lo único que te interesa es ganar acceso a tu precioso Portal.
Enmudeció unos segundos, en los que contempló a Crysania. La sacerdotisa lo miró con perfecta calma, si bien sus ojos grises se habían oscurecido tras una interminable noche de vigilia consagrada a ayudar a los heridos y moribundos.
—¿Vas a respaldarle? —la imprecó Caramon.
—He vivido la experiencia de la sangre —respondió ella sin perder la compostura—. Hay que terminar para siempre con tantos errores; he sido testigo del daño que la humanidad puede infligirse a sí misma.
—¡Lo dudo! Me temo que aún no has visto nada —murmuró el guerrero entre dientes, espiando al nigromante.
Estirando sus huesudas manos, Raistlin desprendió el embozo de su cabeza con el fin de exhibir sus pupilas. El musculoso luchador retrocedió al columbrar su propia efigie, recortada en aquellos delatores espejos que le devolvían la imagen de un hombre de tez cenicienta, desaseado, con el cabello sin peinar y encrespado por la inclemente brisa. Se cruzaron entonces sus voluntades y el archimago, tan intensas las chispas de sus iris como la serpiente que hipnotiza a su presa, le arengó a través de la telepatía.
—Me conoces bien, hermano. La sangre que fluye por tus venas habla en ocasiones con más elocuencia que tus manifestaciones verbales. Has acertado, esta guerra no me incumbe en lo más mínimo. He luchado con un único objetivo, traspasar el Portal, y necesito que tus huestes me franqueen el paso. Una vez cumplidas mis ambiciones, ¿qué más me da que ganen o pierdan?
»Te he dejado jugar a soldaditos, Caramon, porque gozabas invistiéndote como general. Y, he de reconocerlo, tu habilidad me ha causado un gran asombro. Has servido mi propósito, mas todavía no ha concluido tu misión. Guía al ejército hasta Zhaman y, cuando Crysania y yo estemos a salvo entre sus paredes, te devolveré a tu hogar. No olvides, hermano, que en la batalla de Dergoth nuestras fuerzas serán derrotadas como lo fueron las de Fistandantilus. ¡No puedes cambiar la Historia!
—¡No te creo! —se revolvió el guerrero con la boca pastosa y las facciones desencajadas—. Tú nunca te precipitarías así la muerte, hay algo que sabes y que yo ignoro. Algo que…
Se interrumpió, medio asfixiado. El hechicero se había aproximado a él, se diría que arrancaba las palabras de su garganta.
—Mis acciones sólo me atañen a mí —continuó—. La información que pueda poseer es asunto mío, así que no te devanes los sesos en inútiles especulaciones.
—¡Les revelaré la verdad!
El hombretón estaba enloquecido, una vez más le cegaban la desesperación y el odio que le inspiraba la malignidad de su gemelo.
—¿Qué vas a contarles que has visualizado el futuro y están condenados? —apuntó irónico el mago, que no pudo contener una sonrisa ante la angustia del general—. No, hermano, de nada te serviría. Y, ahora, si quieres regresar a casa, te sugiero que subas a tu aposento, te pongas la armadura y conduzcas a tus seguidores.