Carolina se enamora
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
– ¡Eh, nos vemos en mi casa!
Desaparecen al doblar la esquina.
– ¡Qué locos! Me alegro por ellos, oye.
– Ya…
– ¿Qué te ocurre. Clod?
– ¡Nada!
– Estás rara.
– Ya te he dicho que nada.
– Acabas de decirme que has aclarado las cosas con Aldo.
– Sí, de hecho…
– ¿Entonces?
– Uf, nada…
Permanece en silencio hasta que llegamos al coche. Después se para. Miro alrededor.
– ¡Eh, el tuyo no está! ¡O se lo han llevado o, peor aún, te lo han robado! Por eso estabas así. ¡Lo presentías! ¿Te das cuenta, Clod? ¡Tienes poderes! -La sacudo por los hombros-. ¿Entiendes? Lo presentías… ¡Eres médium!
Ella me mira desconsolada.
– De eso nada: se lo he prestado a Aldo.
– ¡¿A Aldo?!
– Sí, para que pudiese acompañar a la tipa que estaba con él.
– ¡En ese caso no es que tengas poderes, sino que eres idiota!
– ¡Oye, no te permito que me insultes! ¡El coche es mío y puedo prestárselo a quien me dé la gana! ¡Pareces mi madre!
– Puede, pero al menos tu madre tiene su coche consigo. Nosotras no tenemos ninguno. ¿Qué hacemos ahora?
– Esperar. Volverá.
– Pero ¿cuándo? llámalo al móvil.
– Ya lo he hecho. Lo ha apagado.
– ¡Pues vuelve a intentarlo!
– Hace una hora que pruebo.
– En ese caso, el que tiene poderes es él. ¡Menudo gilipollas!
Echo a andar.
– ¿Adónde vas?
– A casa de Alis.
– ¿Y me dejas aquí tirada?
– ¡Tú me has dejado aquí tirada! Yo me voy a casa.
– ¡Espérame! -Me da alcance corriendo de medio lado debido a los tacones-, ¡Justamente tenía que ponérmelos esta noche!
La miro con odio.
– Todo estaba saliendo a pedir de boca hasta que le prestaste el coche.
– ¿Y qué podía hacer? No quería parecer celosa cuando me lo pidió.
– ¡Pues has quedado cono una imbécil!
Caminamos en silencio. La oigo cojear a mi lado, la miro por el rabillo del ojo. Tiene una expresión de dolor en el rostro. Le hacen daño los zapatos. He sido demasiado dura con ella. Me vuelvo, la miro y a continuación esbozo, una sonrisa.
– Perdona, Clod…
Ella también sonríe.
– No te preocupes…, si tienes razón.
La cojo del brazo. Me guiña un ojo.
– Además, Caro, se que estás nerviosa.
– ¿Por qué?
– Porque en el fondo te gustaba Dodo, ¿eh? ¡A mí no se me escapa nada!
Niego con la cabeza y alzo la mirada. No hay nada que hacer. Exhalo un suspiro. Clod sólo piensa en eso.
– Sigamos andando, venga.
Más tarde. Caminamos exhaustas por la piazza Venezia.
– Pero ¿cuánto falta?… ¡Ya no puedo más! -Clod va detrás de mí jadeando.
– ¡Animo, ya no queda nada!
Pasa un coche y el conductor toca el claxon. Uno de los chicos que van dentro se asoma por la ventanilla trasera.
– ¡Hola, guapas! ¿Cuánto queréis?
Y se alejan sin dejar de tocar el claxon como locos. Otro coche se arrima a nosotras de inmediato.
– Perdonad.
– ¿Sí? -responde Clod con ingenuidad.
La cojo del brazo.
– Ven, crucemos.
– Pero si quería preguntarnos algo…
– ¡Por supuesto! ¡Quería saber lo que estás dispuesta a hacer!
Cruzamos la calle sin esperar a llegar al paso de cebra. Los coches tocan la bocina, frenan. Uno se detiene en seco delante de nosotras, no nos atropella por un pelo. Clod y yo nos quedamos patidifusas. Son el profe Leone y la profe Bellini.
– Pero Carolina…, Claudia…
Esbozamos una sonrisa forzada.
– Venimos de una fiesta.
La profe Bellini se asoma y nos mira divertida.
– De disfraces…, ¡qué bien!
– Sí… Bueno, nos vemos mañana.
Me pongo detrás de Clod y acabamos de cruzar la calle.
– La profe Bellini es una estúpida… ¡Una fiesta de disfraces, dice!
– Bueno, Caro, hay que reconocer que vamos vestidas de una forma un tanto estrafalaria…
– ¡Estrafalaria! ¡Es la moda!
– Si tú lo dices… ¡Qué guay que salgan juntos, ¿no?!
– ¡Salen juntos!
– ¡Genial! ¡Dos profes que salen juntos! ¡Es extraño! Creo que el reglamento no lo permite. En cualquier caso, yo no lo habría adivinado jamás. A Alis le va a sentar fatal.
– ¿Por qué?
– ¡Porque le gustaba el profe Leone!
– ¿También?
– Pues sí… ¿Por qué? ¿Acaso no te gustaba también a ti?
– ¡¿A mí?! Yo sólo dije que es un hombre atractivo, un tipo simpático…
– Ah… Sea como sea, el caso es que, cada vez que a ti te gusta alguien, no sé por qué pero automáticamente también le gusta a ella.
– Venga, ahorra saliva, que ya estamos llegando.
Caminamos de nuevo en silencio. Qué curioso, nunca lo había pensado. No obstante, he de reconocer que es cierto. Tal vez el hecho de que tengamos los mismos gustos se deba a que somos muy amigas… Aunque recuerdo que, en una ocasión, Alis salió con un tipo que yo no podía ver ni en pintura. Iba siempre cubierto de tachuelas, con los pantalones desgarrados, pero si no lo soportaba no era por su manera de vestir. Quiero decir que cada uno puede hacer lo que le parezca. Por lo que no lo aguantaba era por su forma de actuar. Estaba en la III-E y era el primo de uno de los Ratas. En fin, que cada vez que el tipo me veía, un tal Gianni, al que en realidad llaman Giagua porque es sardo y se apellida Degiu, bueno, se burlaba siempre de mí, me empujaba en la escalera o me tiraba del pelo, y se metía con Clod diciéndole que debería hacer una de esas dietas extremas. A saber lo que pretendía. Y Alis, nada, al revés, daba la impresión de que en el fondo se divertía. No sé cómo podía salir con un tipo así. Decía que porque era alternativo. ¿Alternativo a qué? Montaba escenas por los pasillos durante el recreo, llegaba y la cogía en brazos, pero no de una manera dulce, no, sitio como unbulldozer, mientras que Alis se limitaba a soltar grititos. Sí, he de reconocer que estaba un poco agilipollada. Nunca entenderé esa clase de cosas. Lo único que sé es que un tío como Dios manda respeta también a mis amigas y, por descontado, no les toma el pelo. Además, un chico que venga a verme a mí no debe montar todos esos numeritos para hacerse notar; tiene que acercarse a mí y darme un beso porque le apetece y punto.
Alis me contó, además, que él quería hacer el amor con ella; bueno, él, como no podía ser de otro modo, no decía «amor», sino «sexo».
Alis vacilaba. ¡Yo le dije que, en mi opinión, era un poco pronto! Tenía trece años! «¡¿Estás de guasa?! Haces el amor con un tipo así y en dos semanas lo sabe todo Roma.» En cualquier caso, y pese a que yo me siento mucho más cercana a Clod, es Alis la que lo sabe todo sobre mí, con ella consigo abrirme más. Con estos últimos pensamientos llegamos a su casa. Alis sale a nuestro encuentro a la carrera. Se ha desmaquillado ya y se ha puesto un pijama muy elegante. Faltaría más.
– Pero ¿se puede saber dónde os habíais metido? ¿Había otra fiesta? No me habéis dicho nada, ¿eh? ¿Habéis ligado? ¡Bueno, sea como sea, he ganado yo! ¡¡¡He ganado yo!!!
Baila sobre la cama, salta, lanza los almohadones al aire, en fin, que arma un buen jaleo. Nos descalzamos sin perder un segundo y empezamos a saltar con ella. No le cuento nada del coche de Clod, ni de Aldo y todo lo demás. ¡No le digo que Dodo lo intentó en primer lugar conmigo! Es agua pasada. Salto y me río, me río y salto. Nos abrazamos y, al final, nos caemos de la cama. Pero por suerte…
– ¡Ay!
Aterrizamos sobre Clod. Se ha hecho daño, no consigue librarse de nosotras, cuanto más lo intenta, más nos enredamos encima de ella, y os juro que en mi vida me había reído tanto.
Luci, la abuela de Carolina