Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
– Estás equivocado -dijo ella-. No importa lo que hayamos hecho o lo que hagamos. Lo que importa es lo que los demás piensen que somos. Si estás buscando algún significado, aquí lo tienes. Déjame que te lo dé. Para mí siempre has sido un buen hombre, Günther. A mis ojos siempre has sido la persona con la que podía contar cuando necesitaba a alguien que estuviese allí. Quizás eso sea todo lo que cualquiera de nosotros necesitamos. Tú buscas un plan o un propósito, pues lo tienes delante de ti, no hace falta que busques más.
Sonreí, complacido por su fortaleza. Se podía decir que era una berlinesa de pies a cabeza. Sin duda, había sido una de aquellas mujeres que habían limpiado la ciudad de escombros con un cubo en 1945. Violada un día y reconstruyendo al día siguiente, como una princesa troyana en la obra de algún griego de cabeza de mármol. Parecía hecha de la misma materia que aquella aviadora alemana que solía lanzar misiles para Hitler. Tal vez por eso la volví a besar -esta vez correctamente-, pero también podría haberlo hecho porque era tan sexy como unas medias negras. Sobre todo cuando mantenía sus ojos fijos en mí. Además, a la mayoría de los alemanes nos gustan las mujeres con aspecto de tener buen apetito, lo cual no significa que Elisabeth fuese gorda, ni siquiera grande, sino muy bien dotada.
– Supongo que te estás preguntando si hubo respuesta a tu carta -dijo.
– Comenzaba a intrigarme un poco.
– Bien. Como mínimo quiero ver algunas marcas de rasguños por lo que me has hecho pasar para conseguirla. Nunca había pasado tanto miedo.
Abrió un cajón de la cocina, sacó una carta y me la entregó.
– Acabaré de preparar el café, mientras tú la lees.
33
Al oeste estaba la ciudad; al este sólo había campos verdes, y en medio, la vía férrea. La estación, al sur del campo de refugiados, era -como todos los demás edificios de Friedland- poco distinguida. Estaba hecha de ladrillos y tenía dos tejados rojos; tres, si contabas el tejado en forma de sombrero de mago en lo alto de la torre cuadrada que remataba la casa del jefe de estación. Había un cuidado jardín delante de la puerta principal, y en las dos ventanas arqueadas de la planta alta se veían unas bonitas cortinas estampadas. También había un reloj, una pizarra con los horarios y una parada de autobús. Todo era limpio, ordenado y somnoliento, como debía ser. Excepto hoy. Hoy era diferente. La capital de Alemania Occidental era la poco probable ciudad de Bonn, pero hoy -y esto aún parecía menos probable que aquello- todas las miradas alemanas estaban puestas en Friedland, en la Baja Sajonia. Porque hoy íbamos a presenciar el regreso a casa de mil prisioneros de guerra alemanes sometidos al cautiverio soviético, a bordo de un tren que había partido de su remoto origen más de veinticuatro horas antes.
El ambiente a última hora de la tarde era de gran expectación, incluso de celebración. La banda, formada delante de la estación, ya estaba tocando una selección de música patriótica que fuera al mismo tiempo políticamente aceptable a los oídos de los británicos, porque ésta era su zona de ocupación. Del tren aún no había señal, pero en aquel atardecer de otoño varios centenares de personas se habían congregado en el andén y alrededor de la estación para recibir a los que regresaban. Cualquiera hubiera podido creer que estábamos esperando a la selección de fútbol de Alemania Occidental, ganadora de la Copa del Mundo de la FIFA, que regresaba a casa victoriosa después del «milagro de Berna», y no un tren cargado de soldados de las SS y la Wehrmacht. Ninguno de ellos habría imaginado que alguna vez sería liberado de Rusia. No sabían que Alemania había ganado la Copa del Mundo, ni siquiera que Konrad Adenauer, el antiguo alcalde de Colonia, a quien debían su libertad, era ahora el canciller de una nueva república alemana: la República Federal de Alemania. Pero algunos de los ciudadanos que los esperaban, querían recordarles a los que regresaban el importante papel del canciller en su liberación del cautiverio, portaban una pancarta que decía «gracias, doctor adenauer». Yo no lo discutía, aunque a veces me parecía que el Herr Doktor estaba muy dispuesto a convertirse en otro rey sin corona en Alemania.
Otros carteles eran mucho más personales, incluso patéticos. Había entre diez y veinte hombres y mujeres que llevaban carteles en los que aparecían escritos las señas de algún familiar desaparecido. Una vieja dama con gafas que me recordaba a mi difunta madre llevaba uno en el que podía leerse:
¿LE CONOCEN? UNTERSTURFHÜHRER RUDOLF (ROLF) KNABE. NOVENA DIVISIÓN PANZER SS «HOHENSTAUFEN» (1942) Y SEGUNDO PANZERKORPS DE LAS SS (l943). VISTO POR ÚLTIMA VEZ EN KURSK, JULIO 1943- Me pregunté si ella sabría lo que había pasado en Kursk; ese lugar había sido el escenario de la más grande y sangrienta batalla de carros de combate de la historia, que, con toda probabilidad, había significado el comienzo del fin del ejército alemán.
Otros, quizá menos optimistas, sostenían velas o lo que parecían ser lámparas de minero, lo cual interpreté como un homenaje a aquellos que nunca regresarían.
En el andén de la estación había personas, como yo mismo, Grottsch, Vigée y Wenger, con motivos más oficiales para estar allí, así como el VdH y otras organizaciones de veteranos, policías, clérigos, voluntarios de la Cruz Roja, soldados del ejército británico y un gran contingente de enfermeras, varias de las cuales captaron mi mirada aburrida. Todos miraban al sur, a lo largo de la vía hacia Reckershausen y más allá, hacia la República Democrática Alemana.
– Vaya, vaya -exclamó Vigée, al advertir mi interés en las enfermeras-. Ahora que ya es casi un hombre casado.
– Hay algo en las enfermeras que siempre me ha atraído. Solía pensar que era el uniforme, pero ahora no estoy seguro. Quizá sólo sea compasión hacia quienes hacen el trabajo sucio de otras personas.
– ¿Qué le parece tan sucio? ¿Ayudar a quienes lo necesitan?
Miré al poli alemán que Vigée había traído para que, en el caso de que yo identificara a De Boudel, pudiese arrestarlo de inmediato antes de extraditarlo a Francia.
– Olvídelo -gruñí-. Es que nunca tuve que dar el soplo sobre nadie antes, eso es todo. Supongo que eso no me gusta. ¿Quién sabe? -Comencé a masticar otro chicle-. En cualquier caso, si veo a ese tipo, ¿qué quiere que haga? ¿Qué le dé un beso en la mejilla?
– Sólo señálelo -respondió Vigée con paciencia-. El inspector de policía hará el resto.
– ¿Por qué es tan quisquilloso, Günther? -preguntó Grottsch-. Creía que había sido poli.
– Es verdad, yo era poli -respondí-. Hace varios miles de noches. Pero una cosa es detener a un delincuente y otra entregar a un viejo camarada.
– Una bonita distinción -opinó el francés-. Aunque no es correcta. Alguien que se vende al enemigo no es un viejo camarada.
Sonó una sonora ovación en el andén cuando, en la distancia, oímos el silbato de una locomotora de vapor que se acercaba.
Vigée cerró el puño y bombeó el bíceps entusiasmado.
– ¿De todas maneras, quién le dio el soplo? -pregunté-. ¿Quién le dijo que De Boudel iría en este tren?
– El servicio secreto británico.