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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Richard alzó una mano a modo de saludo, lo cual pareció satisfacerlos. Los tres sonrieron e inclinaron la cabeza varias veces más, mientras el joven pasaba por su lado. Los pastores trotaron a su lado e intentaron obligarlo a aceptar todo tipo de cosas: pan, fruta, tiras de cecina, un trapo, una bufanda sucia, colgantes hechos con colmillos, huesos y cuentas e, incluso, sus propios cayados.

El joven forzó una sonrisa y, por señas que le pareció que entenderían, intentó declinar los obsequios sin que se ofendieran. Uno de los tres insistía en regalarle un melón. Como quería evitar problemas, Richard acabó por aceptarlo y se lo agradeció con repetidas inclinaciones de cabeza. Todos parecieron muy orgullosos y no dejaron de saludar con la cabeza hasta que el joven los perdió de vista. Richard les dirigió un último saludo y guardó el melón en la alforja.

La hermana Verna había dado la vuelta a su caballo y esperaba que la alcanzara. Pese a que aguardaba con el entrecejo fruncido, Richard no metió prisa a su caballo, sino que dejó que fuera a su propio ritmo. «A ver qué quiere ahora», se dijo.

Al ponerse por fin a su altura, la Hermana se inclinó hacia él y le preguntó:

— ¿Por qué dicen esas cosas?

— ¿Qué cosas? No entiendo su idioma.

— Creen que eres un mago. ¿Por qué? ¡Vamos, responde! —exigió, muy irritada.

Richard se encogió de hombros.

— Supongo que es porque yo mismo se lo dije.

— ¿Qué? —la hermana se retiró la capucha de la capa—. ¡Tú no eres ningún mago! ¡No tienes derecho alguno de decirles eso! ¡Les mentiste!

— Tienes toda la razón; no soy ningún mago. Y sí, les mentí —replicó Richard, cruzando las muñecas por encima del alto pomo de la silla.

— ¡Mentir es un crimen contra el Creador!

— No lo hice para jugar a ser mago —se defendió Richard, tras lanzar un cansino suspiro—. Lo hice para detener una guerra. Era el único modo de impedir que un montón de gente muriera. Funcionó, y nadie salió mal parado. Volvería a hacerlo para evitar muertes.

— Mentir es pecado. El Creador detesta las mentiras.

— ¿Ese Creador tuyo prefiere acaso los asesinatos?

La hermana Verna pareció que iba a escupirle fuego.

— Es el Creador de todo el mundo, no solamente el mío. Y odia las mentiras.

— Te lo ha dicho él en persona, ¿verdad? —dijo Richard, tras evaluar por un instante la acalorada expresión de su compañera—. Se acercó a ti, se sentó a tu lado y te dijo: «Hermana Verna, quiero que sepas que odio las mentiras», ¿no es eso?

La Hermana hizo rechinar los dientes y repuso airadamente:

— Pues claro que no. Está escrito en libros.

— Ah, ya. Bueno, entonces seguro que es verdad. Todo el mundo sabe que algo que está escrito y se atribuye a alguien tiene que ser cierto.

— Estás tratando a la ligera las palabras del Creador. —Los ojos de la hermana Verna eran dos ascuas ardientes.

Richard se inclinó hacia ella, y parte de su propia furia afloró para decir:

— Y tú, hermana Verna, tratas a la ligera las vidas de personas a las que consideras infieles.

La mujer se detuvo e hizo un esfuerzo para calmarse un poco.

— Richard, debes aprender que mentir está mal. Muy mal. Va en contra del Creador y en contra de lo que enseñamos. Si tú eres un mago, entonces un niño de tres años es un anciano. Llamarte a ti mismo mago cuando no lo eres es una mentira, una repugnante mentira. Más que eso; una profanación. Tú no eres un mago.

— Hermana Verna, sé perfectamente que mentir está mal. No tengo por costumbre ir por ahí diciendo mentiras, pero, visto en perspectiva, creo que es preferible mentir a que nadie muera. No había otro modo.

La Hermana hizo una profunda inspiración y asintió, con lo que sus rizos castaños se agitaron.

— Tal vez tienes razón, siempre que seas consciente de que mentir está mal. Pero no lo conviertas en una costumbre. No eres ningún mago.

Richard la miró fijamente, agarrando con más fuerza las riendas.

— Sé muy bien que no soy ningún mago, hermana Verna. Sé muy bien quién soy —Richard oprimió las costillas de su montura entre las piernas para azuzar al animal—: soy el portador de la muerte.

Rápida como el rayo, la mano de la Hermana lo agarró por una manga, obligándolo a dar la vuelta sobre su silla. Richard tiró de las riendas y la miró. La mujer tenía los ojos muy abiertos.

— ¿Qué acabas de decir? —susurró en tono apremiante—. ¿Cómo te has llamado?

— Soy el portador de la muerte —contestó él, sin inmutarse.

— ¿Quién te impuso ese nombre?

Richard estudió la faz cenicienta de la Hermana.

— Sé qué significa llevar esta espada. Sé qué comporta desenvainarla. Lo sé mejor que cualquier otro Buscador que me haya precedido. Es parte de mí, y yo soy parte de ella. Usé la magia de la espada para matar a la última persona que me puso un collar al cuello. Sé en qué me convierte. Mentí a los bantak porque no quería que nadie muriera. Pero había otra razón. Los bantak son un pueblo pacífico, y no quería que aprendieran el horror que supone matar. Yo he aprendido demasiado bien esa lección. Tú mataste a la hermana Elizabeth, por lo que es posible que también lo sepas.

— ¿Quién te impuso el nombre de «portador de la muerte»? —insistió la Hermana.

— Nadie. Yo mismo me he llamado así, porque es lo que soy y lo que hago: llevar la muerte.

— Ya veo —replicó la Hermana, soltándole la camisa. Ya empezaba a dar media vuelta a su caballo cuando Richard pronunció su nombre en tono autoritario. La Hermana se detuvo.

— ¿Por qué? ¿Por qué esa insistencia en saber quién me impuso el mote? ¿Por qué es tan importante?

La ira de la mujer se había desvanecido, siendo reemplazada por un asomo de temor.

— Ya te lo he dicho. He leído todas las profecías que se guardan en palacio, y hay una que cita literalmente esas palabras: «Él es el portador de la muerte, y así se llamará a sí mismo».

— ¿Y qué dice el resto de la profecía? —quiso saber Richard, entornando los ojos—. ¿Dice también que te mataré, así como a cualquier otra persona, para desembarazarme de este collar?

— Las profecías no deben ser vistas ni oídas por personas no preparadas para ello —replicó la Hermana, rehuyendo su mirada.

La hermana Verna azuzó de repente a su montura y la lanzó al galope. Mientras la seguía, Richard decidió cambiar de tema. En realidad, no le interesaban en absoluto las profecías. En lo que a él respectaba, no eran más que acertijos, y Richard odiaba los acertijos. Si era preciso comunicar algo importante, ¿qué sentido tenía expresarlo en forma de un acertijo? Los acertijos no eran más que juegos estúpidos y triviales.

Mientras cabalgaba, se preguntaba a cuántas personas tendría que matar para desembarazarse de ese collar. Una o cien, no importaba. La sangre le hervía con sólo pensar que lo arrastrarían del rada’han como a un perrito. El joven hizo rechinar los dientes, los músculos de la mandíbula se le tensaron y aferró con fuerza las riendas.

El portador de la muerte. Mataría a cuantos hiciera falta. Se libraría del collar o moriría en el intento. La cólera y el ansia de matar invadieron todas las fibras de su ser.

Sobresaltado, se dio cuenta de que estaba conjurando la magia de la espada sin necesidad de desenvainarla. Ya no necesitaba empuñarla para hacerlo. El joven notaba cómo la hormigueante furia de la espada mágica le recorría todo el cuerpo. Haciendo un esfuerzo, la ahogó y procuró calmarse.

Además de despertar la furia y el odio de la espada, también sabía cómo apelar la otra cara: la magia blanca. Las Hermanas no sabían que podía hacerlo. Richard confiaba en que no tendría motivos para enseñárselo, pero, si era necesario, no vacilaría. Fuese del modo que fuese, se quitaría el collar. Para ello usaría una u otra cara de la magia de la espada o ambas. A su debido tiempo. Todo a su debido tiempo.

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