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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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—Me impresiona tu previsión al preparar el ungüento —le dije.

—No se necesita mucha previsión —dijo fríamente— para prever tales víctimas, después de vuestra catástrofe autoinflingida de ayer.

Sentí un ramalazo de irritación al oír aquello. ¿Autoinflingida?

Ninguno de nosotros le habíamos pedido al maldito alemán que atravesase el tiempo con su bomba de carolinio.

—Vete al infierno, ¡intentaba agradecerte tus esfuerzos con esta mujer!

—Pero hubiese preferido que no trajeseis esta triste víctima de la estupidez para probar mi compasión e ingenio.

—Oh… ¡maldita sea! —A veces el Morlock era imposible; bastante inhumano, pensé.

Stubbins y yo cuidamos de la hoguera, alimentándola con madera tan verde que se resquebrajaba lanzando oleadas de humo blanco. Stubbins inició breves pero ineficaces búsquedas por el bosque; tuve que prometerle que si el fuego no producía resultado en unos pocos días, retomaríamos la expedición alrededor del centro de la explosión.

Fue al cuarto día después de la explosión cuando los demás supervivientes comenzaron a llegar a nuestra señal. Llegaban solos o en parejas, y estaban quemados y maltrechos, vestidos con los restos de los equipos de selva. Pronto Nebogipfel dirigía un hospital de campaña respetable —una fila de camastros de palmas bajo la sombra de los dipterocarpos— mientras quienes podíamos movernos ejecutábamos tareas simples de enfermería y recogíamos más víveres.

Durante un tiempo mantuvimos la esperanza de que en algún otro sitio hubiese un campamento mejor equipado que el nuestro. Yo especulaba con que Guy Gibson hubiese sobrevivido y se hubiera encargado de todo a su modo práctico y decidido.

Tuvimos una breve ráfaga de optimismo de ese estilo cuando un vehículo a motor llegó por la playa. El coche llevaba dos soldados, ambos mujeres jóvenes. Pero pronto nos decepcionamos. La dos chicas no eran sino la expedición más lejana que la Fuerza Expedicionaria había enviado desde la base: habían seguido la costa hacia el oeste, buscando la forma de ir tierra adentro.

Durante algunas semanas después del ataque mantuvimos patrullas por la playa y el interior de la selva. En ocasiones encontraban los restos de alguna pobre víctima del bombardeo. Algunos parecían haber sobrevivido durante un tiempo después de la explosión, pero debilitados por las heridas, no habían podido salvarse o pedir ayuda (Nebogipfel señaló concienzudo que debíamos recuperar todos los restos de metal, porque decía que pasaría mucho tiempo antes de que nuestra colonia residual pudiese fundirlos). Pero no encontramos más supervivientes; las dos mujeres del coche fueron las últimas en unírsenos.

Pese a todo, mantuvimos encendida la señal día y noche hasta mucho después de que se desvaneciese cualquier esperanza razonable de encontrar más supervivientes.

Finalmente, del centenar o más de miembros de la expedición, veintiún individuos —once mujeres, nueve hombres y Nebogipfel sobrevivieron al bombardeo y la tormenta de fuego. No se encontraron rastros de Guy Gibson, ni del médico.

Así que nos empleamos en el cuidado de los heridos, la recogida de los víveres necesarios para mantenernos con vida de un día para otro, y la recogida de ideas para construir una colonia para el futuro… ya que, con la destrucción de los Juggernauts, pronto tuvimos claro que no regresaríamos a nuestros siglos de origen: que aquella tierra del Paleoceno recibiría después de todo nuestros huesos.

15. UN NUEVO ASENTAMIENTO

Cuatro murieron por las quemaduras y otras heridas poco después de ser traídos al campamento. Al menos parecía que habían sufrido poco, y me pregunté si Nebogipfel no habría alterado sus improvisadas drogas para reducir el sufrimiento de aquellos infelices.

Sin embargo, me guardé esas especulaciones.

Cada pérdida cubría con un velo mortuorio nuestra pequeña colonia. Yo me sentía paralizado, como si mi alma estuviese repleta de horrores e incapaz ya de reaccionar. Observaba a los jóvenes soldados, vestidos con los restos ensangrentados de ropas militares, dedicarse a tareas deprimentes; y sabía que aquellas muertes, en medio de la miseria brutal y primitiva en la que ahora intentábamos sobrevivir, les obligaba a enfrentarse nuevamente a su propia mortalidad.

Peor todavía, después de unas pocas semanas un nuevo mal comenzó a asolar nuestras huestes diezmadas. Afectaba a algunos de los ya heridos, y; preocupantemente, a otros que parecían no haber sufrido daños por la explosión. Los síntomas eran desagradables: vómitos, hemorragias por los orificios del cuerpo y pérdida de pelo, uñas e incluso de dientes.

Nebogipfel me llevó a un lado.

—Es como temía —me susurró—. Es una enfermedad producida por la exposición a la radiación del carolinio.

—¿Alguno de nosotros está a salvo… o todos la sufriremos?

—No tenemos forma de tratarla, sólo podemos aliviar algunos de los peores síntomas. En lo que se refiere a la seguridad…

—¿Sí?

Se metió la mano bajo la máscara para frotarse los ojos.

—No hay un nivel seguro de radiactividad-dijo—. Sólo hay niveles de riesgo, de posibilidad. Puede que sobrevivamos todos… o puede que muramos todos.

Lo encontré preocupante. Ver aquellos cuerpos jóvenes, ya castigados por años de guerra, ahora destrozados sobre la arena, por la mano de un ser humano, y sólo con los cuidados inexpertos de un Morlock —un alienígena varado— para tratar sus heridas… me hacía avergonzarme de mi especie, y de mí mismo.

—Una vez, ya sabes —le dije a Nebogipfel—,creo que una parte de mí podía haber defendido que la guerra podía al final ser buena, porque podía romper las costumbres osificadas del viejo orden de las cosas, y traer el cambio al mundo. Y en una ocasión creí en el optimismo innato de la humanidad: que, después de haber presenciado tanta destrucción en una guerra como ésta, un cierto sentido común sincero prevalecería para acabar con todo eso.

Nebogipfel se frotó la cara.

—¿«Sentido común sincero»? —repitió.

—Bien, eso es lo que imaginaba —dije—. Pero no había experimentado la guerra, no de verdad. Una vez que los humanos empiezan a matarse los unos a los otros, ¡pocas cosas los detendrán hasta que los derrote el agotamiento y el desgaste! Ahora veo que la guerra no tiene sentido… ni siquiera en…

Por otro lado, le dije a Nebogipfel, me sorprendía la devoción desinteresada del puñado de supervivientes por la atención y cuidado de los otros. Ahora que nuestra situación había quedado reducida a lo mínimo —el simple dolor humano— las tensiones de clase, raza, credo y rango, que había visto en la Fuerza Expedicionaria antes del bombardeo, se habían disuelto.

¡Así contemplaba, al adoptar el punto de vista desapasionado de un Morlock, el complejo contradictorio de fuerzas y debilidades que yacían en el alma de mi especie! Los humanos son más brutales y también, en cierta forma, más angelicales que lo que me indicaban las poco profundas experiencias de las primeras cuatro décadas de mi vida.

—Es un poco tarde —le concedí—, para aprender lecciones tan profundas sobre la especie con la que he compartido el planeta durante cuarenta y tantos años. Pero así es. Creo ahora que si el hombre obtiene alguna vez la paz y la estabilidad —al menos antes de convertirse en algo nuevo como los Morlocks—, entonces la unidad de la especie tendrá que comenzar en lo más profundo: construyendo sobre los pilares más firmes —la única base posible— el apoyo instintivo del hombre a sus semejantes. —Miré a Nebogipfel—. ¿Ves adónde quiero ir? ¿Crees que tiene sentido lo que digo?

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