La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– En el cuello de una de las nuevas doncellas. Entonces, ¿me vas a decir por las buenas cómo ha llegado hasta esa persona?
– No tengo ni la más mínima idea. -Eso al menos era verdad-. ¿Por qué no se lo preguntas a ella?
– Ya lo he hecho, meu amor. Dice que ha heredado la joya. De una esclava llamada Zélia. -León miró a Vitória fijamente, pero ésta mantuvo la mirada.
– Bueno… ¿y?
– Cuéntame cómo llegó el colgante a manos de esa tal Zélia.
– Muy sencillo: debió encontrárselo.
Vitória miró fríamente a León. ¿Por qué montaba ese número por un colgante? Si no lo hubiera visto esa noche por casualidad probablemente no se hubiera dado cuenta de que ella no lo tenía.
– León, estamos dando una fiesta en nuestra casa. Somos los anfitriones. Tanto tú como yo. Sé razonable y elige otro día para discutir. Y suéltame el brazo, se me está quedando dormido, me agarras con mucha fuerza.
León dejó caer su mano. Estaba ahí, inmóvil ante Vitória, sin que el más mínimo gesto desvelara la agitación interna que se había apoderado de él.
– No te servirán de nada tus infantiles maniobras de distracción. Ya me enteraré de lo que ha ocurrido con ese colgante, puedes estar segura de ello.
– Por favor, si no tienes otra cosa en que pensar que en una baratija de hojalata que lleva una esclava…
León tuvo que contener con todas sus fuerzas el impulso de dar una bofetada a Vitória. Forzó una sonrisa, hizo una leve reverencia y salió hacia el salón. En la puerta se detuvo y se volvió lentamente.
– Esa baratija te habría quedado muy bien, la hojalata es lo que más le va a tu carácter.
Luego desapareció en el interior de la casa y disfrutó del amargo sabor de la triste victoria que había alcanzado. Había dicho la última palabra.
Capítulo veinte
Aaron Nogueira estaba irreconocible. Ahora iba siempre impecablemente vestido, tanto en las citas con los clientes como en los encuentros privados. Se había comprado una serie de trajes, camisas, zapatos y sombreros nuevos que cuidaba con esmero. Le limpiaban los zapatos al menos una vez al día, generalmente a mediodía, cuando iba a su restaurante favorito. El pequeño limpiabotas, un chico de diez años, consideraba a Aaron uno de sus clientes preferidos, lo que en parte se debía a las generosas propinas que le dejaba. Sus trajes recibían el mismo trato que sus zapatos. Intentaba que no se arrugaran, y con cierta regularidad cepillaba los hombros y las mangas para eliminar posibles pelos, pelusas o polvo. Quien no conociera a Aaron desde hacía tiempo pensaría que se trataba de un hombre muy vanidoso. Sólo su pelo se resistía a todos sus esfuerzos por mantenerlo en orden. Aunque Aaron lo llevaba mucho más corto de lo que estaba de moda, sus rizos rojizos eran difíciles de domar. Siempre había algún mechón que se escapaba de la engominada cabellera, lo que daba una nota juvenil al aspecto respetable de Aaron.
El traslado le había sentado bien. Desde que residía en la antigua vivienda de León, que alquiló por un precio especial, era otra persona. Utilizaba como bufete las tres habitaciones más representativas de la casa: una como oficina, otra como “sala de reuniones”, consistiendo las reuniones generalmente en conversaciones con clientes a los que no quería recibir en su despacho, y la tercera como sala de espera y secretaría. Un joven colega muy capacitado al que conocía desde la época de la facultad y que tuvo que abandonar los estudios por problemas económicos iba cuatro días a la semana y se ocupaba de la correspondencia, de las actas, de concertar las citas, de buscar precedentes en la bibliografía especializada y de todo aquello que no era necesario que Aaron hiciera personalmente.
Aaron utilizaba como vivienda las otras tres habitaciones de la casa. En realidad, le parecía casi un derroche. A él le bastaba con un dormitorio. Casi siempre comía fuera, y cuando lo hacía en casa le gustaba comer en la cocina, que era amplia y cómoda y donde Mariazinha le ponía al corriente de los últimos rumores. ¿Para qué quería un comedor para él solo? Tampoco necesitaba un salón privado. Para eso tenía su sala de conferencias, cuyas paredes estaban cubiertas hasta el techo con estanterías llenas de libros y donde tenía confortables sillones. Por las noches, después del trabajo, le gustaba encerrarse allí, poner los pies en alto y leer. Para él la habitación era salón y biblioteca a la vez, además era muy adecuada para recibir también a sus visitas privadas. Era una de las habitaciones más grandes y más bonitas de toda la casa, con delicados estucados en el techo y unas altas ventanas que daban al porche.
Pero Joana, que le había ayudado en la organización de la casa, se había mantenido firme.
– Tienes que separar lo profesional de lo privado, Aaron. Y además tienes que adaptar tu estilo de vida a las nuevas circunstancias. Ya no eres un estudiante pobre, y por tanto no debes comportarte como tal. ¡Comer en la cocina! ¿Qué es eso? Come como una persona civilizada, en una habitación bonita y no mirando los cacharros sucios o el fogón grasiento, lo que le quita el apetito a cualquiera. Además, alguna vez puedes tener invitados. ¿Te gustaría recibir a Vita en la cocina?
Eso fue determinante. Aaron reconoció que debía adquirir muebles para el comedor, en cuya elección también le ayudó Joana. Compró una mesa ovalada de madera de jacaranda para seis personas, unas sillas tapizadas y un aparador a juego, además de un pequeño sofá y dos butacas, de forma que ahora tenía un salón-comedor. Joana le había asegurado que la nueva decoración resultaba muy moderna y elegante. Él no tenía ninguna opinión especial al respecto. Lo principal era que las sillas y las butacas resultaran cómodas, y lo eran. Joana también aconsejó a Aaron en la elección de las cortinas y el papel pintado, lo que él agradeció. Le gustaba todo menos que el color dominante en la habitación fuera el rosa. Pero Joana eligió una combinación de tonos azules que fue del agrado de Aaron. Sólo en una cosa no le pudo ayudar Joana: él tenía que organizar solo los muebles y las cajas con las cosas de sus padres que se había llevado de su modesta vivienda de Sao Paulo. Estaba todo almacenado en la tercera habitación de la vivienda, la que Joana quería convertir en cuarto de invitados en cuanto él pusiera todo en orden.
Pero nada más abrir la primera caja Aaron tuvo la desagradable sensación de que jamás podría ordenar todo aquello. El candelabro de siete brazos, sí, ése lo podría poner en el salón. El jarrón de porcelana que en otro tiempo fue el orgullo de su madre podría darlo sin grandes remordimientos. ¿Pero qué iba a hacer con la filacteria de su padre? Daba lástima tirarla, pero tampoco quería conservarla. No necesitaba utensilios religiosos de ningún tipo. Aaron había perdido la fe hacía mucho tiempo, e incluso los ritos judíos le eran extraños aquí, en la diáspora, mucho antes de que murieran sus padres. Lamentaba haber decepcionado a sus progenitores en este sentido. Mostraron cierta comprensión cuando se cambió de apellido -Nogueira era la traducción de Nussbaum-, pero el ateísmo de su hijo fue una inagotable fuente de tristeza para ellos. Hoy quizás les hubiera explicado su postura de forma algo más diplomática, pero cuando tenía diecisiete años les enfrentó con la realidad de un modo brutal y creyó tener derecho a hacerlo.
Siguió rebuscando en la primera caja. ¿Un par de manteles deshilachados? Fuera. La vajilla “buena” de su madre, que realmente no era tan buena y se componía de muy pocas piezas. Hum, quizás. O no, mejor la rompía. Su madre se revolvería en su tumba si se enterara de que en ella se servía comida que no había sido preparada según el rito judío. Aaron comía de todo menos carne de cerdo, lo que la empleada que le había dejado León no acababa de entender del todo. Mariazinha, una negra gruesa que no paraba de hablar, se seguía enfadando con él cuando dejaba sin tocar sus chuletas, sus asados de cerdo o sus bocadillos de jamón.