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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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– ¿Vendrá usted el sábado al mercadillo del hospital? -repitió Loreta.

– No, no creo. -Aaron estaba dispuesto a dar dinero para una buena causa. Pero en este caso el que sacaría beneficios sería Joao Henrique, y no debía ser así. Cuanto más conocía a aquel hombre, menos le gustaba, por mucha fama que tuviera como médico-. Pero estoy seguro de que sin mí también recaudarán una buena suma… y pasarán una agradable velada.

Charles Witherford se acordó de aquellas palabras unos días después. Pero dudaba de que la velada resultara agradable.

– Loreta, darling, ¿tenemos que ir necesariamente a esa fiesta? Hemos salido todas las noches esta semana…

No dijo nada más.

– Sí, sí, sí. A mí también me gustaría quedarme una noche en casa. Pero no puedo eludir mis responsabilidades. Por desgracia, ese mercadillo benéfico fue idea mía, así que nos tenemos que dejar ver por allí. Estaremos poco tiempo, ¿de acuerdo?

Charles asintió. En su vida de negocios conocía toda una serie de sucios trucos para callar la boca a sus adversarios. Pero no podía hacer nada contra su mujer. Tendrían que ir a aquel aburrido mercadillo, y sólo pensar en el ponche dulce y en las viudas mojigatas le hizo estremecerse.

Cuando unas horas más tarde la pareja llegó al hospital, Charles perdió toda esperanza de pasar una tarde agradable. En el patio interior del hospital había una serie de puestos en los que estaban a la venta bizcochos caseros, manteles y bolsas para la ropa sucia cosidos por las propias señoras que los vendían. La decoración del mercadillo superaba todo lo razonable. Guirnaldas de papel que parecían recortadas por niños pequeños se extendían sobre todos los puestos, y éstos estaban adornados con sencillas rosas de papel.

– Loreta, darling, si sigues manteniendo que esto ha sido idea tuya voy a tener que pedir el divorcio.

Loreta se rió.

– ”Esto” -dijo imitando su tono despectivo- es precisamente lo que yo había soñado… en mis peores pesadillas. -Encogió los hombros-. Qué le voy a hacer. Dejé la organización en manos de dona Carla, que no tiene nada mejor que hacer y ha buscado todo lo necesario. Yo sólo me he ocupado de que venga gente pudiente.

– ¿Que invierta su fortuna en tapetes de ganchillo? ¿Y que en el futuro tachará tu nombre de su lista de invitados?

– No, querido, espera un poco. Está previsto realizar una subasta que será muy divertida.

En ese momento se acercó a ellos una dama de cierta edad.

– Senhora Loreta, senhor Charles, es un placer verles. ¿Qué les parece la decoración? ¿Acaso no la han hecho maravillosamente los niños? Vengan conmigo, seguro que quieren tomar algo.

Dona Carla les guió, sin dejar de hablar alegremente, hasta una caseta en la que se servía el “mundialmente famoso ponche de ron de dona Magda”. La bebida era aún más dulce de lo que Charles se temía, pero al menos contenía una buena cantidad de ron. Mientras las dos mujeres le contaban a su esposa lo conmovedoramente valientes que eran los niños enfermos y lo bien que habían trabajado, Charles bebía ponche sin inmutarse. Con ello no sólo le demostraba a dona Magda lo “deliciosa”, que le parecía su creación, sino que además eludía elegantemente la obligación de participar en la conversación.

Entretanto habían llegado numerosos nuevos visitantes que querían participar, como buenos cristianos que eran, en la construcción de una nueva ala del hospital. Charles pensó que la mayoría de los hombres parecía estar allí tan a disgusto como él. «¿Por qué dejamos que nuestras mujeres nos hagan ir a sitios tan indignos y poco masculinos como éste?»

Pedro pensó lo mismo cuando entró con su mujer en el patio del hospital.

– Joana, es la última vez que voy contigo a una de tus obras de caridad.

– ¿Cómo dices? Pareces haber olvidado que esta vez has sido tú el que nos ha liado. Mejor dicho, ha sido tu ambicioso amigo Joao Henrique. Nosotros no estaríamos aquí si él no fuera a ascender a médico jefe por su colaboración en este mercadillo.

– Ni yo tampoco. Es horrible, ¿verdad? -Joao Henrique se había acercado sin que Pedro y Joana se dieran cuenta-. No me mires así, Joana. Yo no tengo la culpa de que esas viejas beatas hayan hecho bizcochos y mermeladas. Esperemos que la subasta sea más edificante que el resto. Y que se recaude mucho dinero… Si podemos construir el ala sur me pondrán al cargo de ella.

– Yo no esperaría mucho de esa subasta -dijo Pedro-. Dudo que alguien dé tanto dinero para satisfacer su vanidad.

– ¡Oh, te equivocas! -respondió Joana a su marido-. Las personas más avaras pueden ser muy generosas cuando se trata de su propio ego. Apuesto a que lo recaudado dará no sólo para construir la nueva sección, sino además para dotarla de los últimos avances técnicos.

– No puedo imaginármelo. Pero está bien: ¿qué nos apostamos?

Pedro miró a su mujer desafiante.

– ¿El que gane decide dónde colgamos el Renoir?

Llevaban semanas discutiendo si el cuadro quedaba mejor en el salón o en el comedor.

– ¿Puedo interrumpiros un momento? -dijo Joao Henrique-. Allí están vuestros nuevos amigos, los Witherford. No parecen muy contentos. ¡Ah, y allí están también los Veloso! ¿Me disculpáis un momento?

El médico se dio media vuelta y se dirigió hacia los que pensaba que serían los más prometedores participantes en la subasta.

Pedro, Joana, Charles y Loreta se saludaron cordialmente, contentos de encontrarse al fin con alguien con quien congeniaban. Después de criticar un poco todo aquel evento, se dirigieron hacia las sillas que estaban alineadas en un rincón del patio. Se sentaron en la última fila, miraron a su alrededor y se sintieron como escolares en una clase que no les gustaba. Pero la lección de ese día iba a ser inesperadamente interesante.

El subastador, nada menos que el eminente profesor Leandro Paiva de Assis, subió a la pequeña tarima de madera, se situó tras la mesa y solicitó la atención del público dando pequeños golpes con su maza. Cuando todos guardaron silencio y le miraron atentamente, carraspeó y comenzó su discurso.

– Damas y caballeros: La medicina moderna no descansa. Casi todos los días se descubren nuevos medicamentos y nuevos tratamientos. La investigación avanza tan deprisa que muchas de las enfermedades ante las que hasta ahora no podíamos hacer nada nos parecerán dentro de poco un inofensivo resfriado. Pero la ciencia no puede sustituir en ningún caso lo que tanto médicos como pacientes necesitan más urgentemente: la confianza en Dios y la ayuda de nuestros semejantes. ¿Sería posible curar una enfermedad sin misericordia, sin el amor cristiano al prójimo?

– Amén -susurró Joao Henrique a Pedro, que le respondió con un leve gruñido.

El profesor les lanzó una dura mirada antes de continuar con su discurso.

– Si queremos garantizar la perfecta atención de los pacientes en el futuro, tenemos que contar con ustedes, senhoras y senhores. Sólo sus aportaciones nos permitirán construir las nuevas dependencias, indispensables para poder atender a un creciente número de pacientes. Y como no todos somos tan abnegados como las damas de buen corazón que han organizado este mercadillo -al decir esto miró a las damas y aplaudió invitando al público a que también lo hiciera-, hemos pensado en algo que seguro les anima a dar un buen donativo.

El profesor hizo una pausa bien pensada para aumentar la tensión, pero continuó hablando cuando notó que los espectadores se impacientaban.

– La construcción prevista necesita un nombre. ¡Y puede ser el suyo! Sí, senhoras y senhores, en esta subasta pueden alcanzar el honor de que su nombre se convierta en el de la más moderna sección de hospital de todo el país.

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