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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Elayne abrió la boca, furiosa. Entonces volvió a cerrarla mientras la ira desaparecía como agua escapando por un agujero, y sus hombros se encorvaron. Quizás el barrunto de Aviendha era cierto y quizá no, pero el hecho era que sus argumentos habían sido buenos desde el principio. El desconocimiento implicaba un gran riesgo, y correrlo podría llevar al desastre. El faro irradiaba con mayor intensidad. Y él estaba allí, exactamente en el faro. No era el vínculo el que se lo indicaba; tan lejos no, pero lo sabía. Y también sabía que debía dejar que cuidara de sí mismo mientras ella se ocupaba de Andor.

—No tengo nada que enseñarte sobre el hecho de ser una Sabia, Aviendha —dijo en voz queda—. Ya eres mucho más sabia que yo. Por no mencionar más valerosa y más prudente. Volvemos a Caemlyn.

Aviendha se sonrojó levemente por las alabanzas —a veces podía ser muy sensible—, pero abrió el acceso sin pérdida de tiempo, una vista rotatoria de uno de los establos del Palacio Real que se ensanchó hasta formar un agujero en el aire, por el que cayó la nieve del prado sobre los adoquines limpios sin importar que estuvieran a casi quinientos kilómetros. La percepción de Birgitte, en algún lugar de palacio, surgió repentinamente en la mente de Elayne. Birgitte tenía jaqueca y el estómago revuelto, trastornos que últimamente eran frecuentes pero que encajaban perfectamente con el estado de ánimo de Elayne.

«Debo dejar que cuide de sí mismo», pensó mientras cruzaba el acceso. Luz, ¿cada cuánto pensaba eso? Daba igual. Rand era el amor de su vida y la alegría de su corazón, pero Andor era su deber.

11

Hablar de deudas

La posición del acceso era tal que Elayne pareció salir de un agujero en el muro que daba a la calle e ir a parar a un cuadrado que, por cuestión de seguridad, estaba señalado con barriles llenos de arena colocados sobre los adoquines. Cosa extraña, no percibió a una sola mujer encauzando en el palacio aunque en él se albergaban más de ciento cincuenta con la habilidad. Algunas estarían apostadas en las murallas exteriores de la ciudad, por supuesto, demasiado lejos para que ella sintiera nada que no fuese un círculo coligado, y unas cuantas se hallarían fuera de la urbe; no obstante, en palacio casi siempre había alguien usando el saidar, ya fuera tratando de obligar a una de las sul’dam cautivas que admitiera que realmente podía ver los tejidos de Poder Único o simplemente para alisar las arrugas de un chal sin tener que calentar una plancha. Pero esa mañana no se notaba nada. La arrogancia de las Detectoras de Vientos igualaba la peor demostrada por cualquier Aes Sedai, pero incluso eso tendría que haber quedado aplastado por lo que debían de estar percibiendo. Elayne tenía la sensación de que si subía a la ventana más alta alcanzaría a ver los tejidos de aquel inmenso faro, aun cuando se encontraba a cientos de leguas. Se sentía como una hormiga que acabara de ser consciente de las montañas, una hormiga comparando la Columna Vertebral del Mundo con las colinas que siempre la habían apabullado. Sí, incluso las Detectoras de Vientos tenían que sentirse insignificantes ante aquello.

Ubicadas en el ala oriental de palacio y encaradas al norte y al sur por establos de dos pisos de altura y de pura piedra blanca, las Cuadras Reales estaban destinadas tradicionalmente a los caballos y carruajes personales de la soberana, y Elayne había dudado en utilizarlas antes de que se reconociera como suyo el Trono del León. Los pasos que llevaban al solio eran tan delicados como cualquier danza cortesana, y si esa danza llegaba a semejar a veces una reyerta de taberna, todavía había que dar los pasos con gracia y precisión a fin de alcanzar la meta marcada. Hacer uso de los servicios inherentes al cargo antes de confirmarse el nombramiento les había costado a algunas mujeres su posibilidad de gobernar. Al final, había decidido que no era una transgresión que la hiciera parecer arrogante en exceso. Además, el edificio de las Cuadras Reales era relativamente pequeño y no se le daba otro uso. Allí había menos personas a las que mantener alejadas de la apertura de un acceso. De hecho, cuando entró a través de él, el patio de adoquines se encontraba vacío salvo por un mozo de cuadra con la chaqueta roja, que estaba en una de las puertas en arco del establo y se volvió para gritar algo hacia el interior; varias docenas más salieron mientras ella conducía a Fogoso lejos del espacio cuadrado marcado con barriles. Después de todo, podría haber regresado con un séquito de poderosos lores y ladys o quizás era que ellos esperaban que fuera así.

Caseille condujo a las mujeres de la guardia por el acceso y ordenó a la mayoría que desmontara y se ocupara de sus monturas. Ella y otras seis mujeres siguieron a lomos de los animales, vigilando más allá de las cabezas de las personas que iban a pie. Aun allí, Caseille no la dejaría sin protección. Particularmente allí, donde había corrido más peligro que en cualquier casona de campo que había visitado. Los hombres de Matherin se quedaron por los alrededores, estorbando a mozos de cuadra y guardias por igual mientras contemplaban boquiabiertos las balconadas y las columnatas de piedra blanca que se asomaban al patio, y las esbeltas torres y las cúpulas doradas que se veían detrás. Parecía que hacía menos frío que en las montañas —frenarlo para que no la tocara, hasta donde podía actualmente, no la hacía completamente ajena a notar los cambios—, pero tanto personas como animales seguían echando nubecillas de vaho al respirar. El olor a estiércol de caballo era intenso tras el límpido aire de la montaña. Un baño caliente delante de un chisporroteante fuego sería bienvenido. Después tendría que sumergirse de nuevo en la tarea de asegurarse el trono, pero ahora mismo una larga remojada sería lo ideal.

Un par de mozos se acercaron corriendo a Fogoso. Uno cogió la brida tras hacer una rápida reverencia a Elayne, más preocupado por conseguir que el alto castrado no estorbara a Elayne mientras desmontaba que de rendirle pleitesía, y el otro hizo la reverencia y se quedó inclinado, unidas las manos a modo de estribo para Elayne. Ninguno dedicó más que una ojeada al prado de montaña nevado que se veía donde normalmente habría un muro de piedra. A esas alturas los trabajadores de los establos ya se habían acostumbrado a los accesos. Elayne había oído que conseguían bebidas gratis en las tabernas alardeando de cuán a menudo veían utilizar el Poder y de las cosas que supuestamente habían visto hacer con él. Elayne podía imaginar lo que parecerían esas historias para cuando llegaran a oídos de Arymilla. Disfrutaba mucho con la idea de que esa mujer se mordiera las uñas.

No bien acababa de plantar el pie en el pavimento cuando la rodeó un grupo de mujeres de la guardia con los sombreros carmesí de blancas plumas pegadas a las anchas alas, y los tahalíes rojos ribeteados con puntilla y adornados con un León Blanco bordado, que cruzaban en bandolera los bruñidos petos. Caseille esperó hasta ese momento para conducir al resto de la escolta a los establos. Los reemplazos se mostraban igual de alertas, con los ojos vigilando en todas direcciones, las manos suspendidas cerca de las empuñaduras de las espadas, a excepción de Deni, una mujer ancha de cara plácida que portaba un largo garrote reforzado con bronce. Sólo eran nueve —«Sólo», pensó amargamente Elayne. «¡Sólo necesito nueve guardias en el Palacio Real!»—, pero todas eran expertas con la espada. Las mujeres metidas en el «comercio de la espada», como lo denominaba Caseille, tenían que ser buenas o, en caso contrario, antes o después las mataba algún tipo cuya única ventaja era la fuerza bruta suficiente para derribarla. Deni no tenía la menor habilidad con una espada, pero los pocos hombres que habían puesto a prueba su garrote lo habían lamentado. A despecho de su corpulencia, Deni era rápida y no tenía idea de lo que era una lucha limpia; ni de práctica, dicho fuera de paso.

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