Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
Estábamos lo bastante cerca del centro de la explosión para ver muchos árboles caídos y rotos —árboles destruidos en un momento— y nos vimos obligados a sortear los troncos y las copas quemados. E incluso cuando los efectos de la explosión eran menos evidentes vimos las cicatrices de la tormenta de fuego, que convertía grupos enteros de dipterocarpos en montones de troncos desnudos y quemados, como un inmenso paquete de cerillas. La corteza de los árboles estaba dañada; y la luz llegaba hasta el suelo y era más intensa de lo habitual. Pero aun así, el bosque seguía siendo un lugar de sombras; y el brillo púrpura de aquella letal explosión continua daba un tono enfermizo a los restos de árboles y fauna.
No era sorprendente que los animales y pájaros supervivientes —incluso los insectos— hubiesen huido del bosque herido. Caminábamos en una quietud extraña que sólo rompían nuestros propios pasos y la respiración continua y caliente del pozo de fuego de la bomba.
En algunos lugares la madera caída estaba todavía tan caliente como para producir vapor e incluso emitir un brillo rojizo, y pronto los pies se me llenaron de quemaduras y ampollas. Me até hierbas a las plantas de los pies para protegerlas, y recordé que había hecho lo mismo para salir del bosque que había quemado en el año 802.701. Varias veces nos encontramos el cadáver de algún pobre animal que había quedado atrapado en un desastre más allá de su comprensión; a pesar del fuego, el proceso de putrefacción del bosque trabajaba vigorosamente, y tuvimos que soportar la peste de la podredumbre y la muerte mientras caminábamos. En una ocasión pisé los restos licuados de alguna pequeña criatura —creo que era un Planetetherium— y el pobre Stubbins tuvo que esperarme mientras yo, disgustado, raspaba los restos del animal de la planta del pie.
Después de una hora más o menos, llegamos hasta una forma inmóvil y encorvada en el suelo del bosque. El olor era tan intenso que me vi obligado a ponerme lo que quedaba del pañuelo sobre la nariz. El cuerpo estaba tan quemado que al principio pensé que era el cadáver de una bestia —una cría de Diatryma quizá—, pero luego oí la exclamación de Stubbins. Fui a su lado; allí vi, al final de un miembro ennegrecido extendido por el suelo, la mano de una mujer. La mano, por algún sorprendente accidente, no había sido dañada por el fuego; los dedos estaban doblados, como si durmiese, y un pequeño anillo de oro brillaba en el anular.
El pobre Stubbins se metió entre los árboles y le oí vomitar. Me sentí tonto, impotente y desolado al estar en medio de aquel bosque destruido con las cáscaras llenas de agua colgándome del cuello.
—¿Qué hacemos si todo es así, señor? —me preguntó Stubbins—. Ya sabe, así. —No podía mirar al cadáver, o señalarlo—. ¿Qué hacemos si no encontramos a nadie con vida? ¿Qué hacemos si todos han muerto, quemados de esta forma?
Le puse una mano en el hombro, y busqué unas fuerzas que no sentía.
—Si es así, volveremos a la playa y buscaremos la forma de sobrevivir —dije—. Lo haremos lo mejor que podamos; eso es lo que haremos, Stubbins. Pero no debe rendirse… apenas hemos empezado a buscar.
La blancura de sus ojos resaltaba en el rostro ennegrecido por las cenizas como el de un deshollinador.
—No —dijo—. Tiene razón. No debemos rendirnos. Lo haremos lo mejor que podamos; ¿qué otra cosa podemos hacer? Pero…
—¿Sí?
—Oh… nada —dijo; y comenzó a preparar su equipo, listo para seguir.
¡No tenía que acabar la frase para que entendiese lo que quería decir! Si todos habían muerto exceptuándonos a nosotros dos y al Morlock, entonces, Stubbins lo sabía, nos sentaríamos en nuestro refugio de la playa, hasta que muriésemos. Y luego la marea cubriría nuestros huesos y eso sería todo; tendríamos suerte de dejar restos fósiles, para ser descubiertos por familias curiosas que cavasen en sus jardines en Hampstead o Kew, cincuenta millones de años en el futuro.
Era una perspectiva terrible y fútil; ¿y qué —querría saber Stubbins— era lo mejor que podíamos hacer?
En medio de un silencio ominoso, abandonamos el cuerpo quemado de la chica y continuamos.
No teníamos forma de medir el paso del tiempo en el bosque y el día era largo en medio de aquella horrorosa destrucción; porque incluso el sol parecía haber renunciado a su travesía diaria por el cielo, y las sombras de los tocones de los árboles no parecían ni acortarse ni alargarse por el suelo. Pero en realidad debía de ser una hora más tarde cuando oímos un crujido impresionante que se nos acercaba desde el interior del bosque. Al principio no podíamos precisar la fuente del ruido —los ojos de Stubbins, abiertos y temerosos, eran tan blancos como el marfil en la penumbra— y esperamos conteniendo la respiración.
Una forma se acercó, surgiendo de las sombras quemadas, cojeando y tropezando con los tocones; era una figura ligera, claramente afligida, pero, sin duda, claramente humana.
Con el corazón en un puño, me eché a correr, sin que me preocupase la vegetación quemada a mis pies. Stubbins corrió a mi lado.
Era una mujer, pero con el rostro y la parte superior del cuerpo quemados, y tan negros que no podía reconocerla. Se echó en nuestros brazos con un suspiro, como de alivio.
Stubbins sentó a la mujer en el suelo con la espalda contra un tronco. Musitó torpes palabras cariñosas mientras realizaba la operación:
—No se preocupe… todo saldrá bien, yo la cuidaré… —decía con voz ahogada.
Ella todavía llevaba los restos chamuscados de la camisa cruzada y los pantalones caqui, pero el conjunto estaba negro y roto; sus brazos estaban muy quemados, especialmente la parte interior del antebrazo. Tenía la cara chamuscada —debía de haber mirado la explosión—, pero había, lo vi ahora, bandas de carne intacta en la boca y los ojos, que estaban ilesas. Supuse que se había colocado los brazos sobre la cara cuando se había producido la explosión, dañando los antebrazos pero protegiéndose parte del rostro.
Abrió los ojos: eran de un azul intenso. La boca se abrió, y salió un rumor de insecto; me incliné más para escuchar, evitando mi repulsión y el horror que me producían la nariz y las orejas destrozadas.
—Agua. Por amor de Dios… agua…
Era Hilary Bond.
13. EL RELATO DE BOND
Stubbins y yo nos quedamos con Hilary durante algunas horas, dándole sorbos de agua. Periódicamente Stubbins salía en rondas circulares por el bosque, gritando para llamar la atención de más supervivientes. Intentamos curar las heridas de Hilary con el equipo de primeros auxilios de Stubbins; pero su contenido —bueno para cortes y arañazos— no podía tratar quemaduras tan intensas y severas como las de Hilary:
Hilary estaba débil, pero coherente, y pudo hacer un relato racional de lo que había visto del bombardeo.
Después de dejarme en la playa, había ido por el bosque todo lo rápido que podía. No estaba ni a una milla del Messerschmitt.
—Vi la bomba caer por el aire —dijo en un murmullo—. Sabía que era carolinio por la forma en que ardía… No lo había visto antes, pero había oído contarlo… y pensé que todo había acabado. Me quedé paralizada como un conejo, o como una idiota, y para cuando recobré el sentido común, sabía que no tenía tiempo de echarme al suelo, o esconderme tras los árboles. Me eché los brazos a la cara…
El resplandor había sido brillante hasta lo inhumano.
—La luz me quemó la carne…, Era como si se abriesen las puertas del infierno… podía sentir que se me fundían las mejillas, y al mirar podía ver que la punta de mi nariz ardía como una pequeña vela… era extraordinario… —Le dio un ataque de tos.
Luego llegó el golpe —«como un gran viento»— y se cayó de espaldas. Rodó por el suelo del bosque hasta que chocó con una superficie dura —supongo que el tronco de un árbol— y, de pronto, ya no supo más.
Cuando recobró el conocimiento, el pilar de llamas púrpura y carmesí se elevaba como un demonio desde el bosque, con sus asistentes familiares de tierra fundida y vapor. A su alrededor, los árboles estaban destrozados y quemados, aunque —por casualidad— estaba lo bastante lejos del centro para evitar la mayor parte del daño, y no la habían herido las ramas que caían.
Se tocó la nariz y sólo recordaba la espesa curiosidad al desprendérsele un trozo.
—Pero no sentí dolor, es extraño… aunque —dijo tenebrosa— se me compensó pronto…
Yo escuchaba en un silencio morboso, veía claramente en mi mente la mujer esbelta alta y torpe que había buscado bivalvos conmigo, unas pocas horas antes de aquella terrible experiencia.
Hilary creía haber dormido. Cuando despertó, el bosque estaba muy oscuro —las primeras llamas habían disminuido— y, por alguna razón, el dolor se había mitigado. Se preguntó si sus nervios habían quedado destruidos.
Con gran esfuerzo, estaba ya muy débil por la sed, se puso en pie y se acercó al centro de la explosión.
—Recuerdo el resplandor de las explosiones continuas de carolinio, el púrpura ultraterreno que brillaba al moverme entre los árboles… El calor se incrementó, me pregunté cuánto podría acercarme antes de verme forzada a retroceder.
Había llegado hasta el límite del espacio de aparcamiento de los Juggernauts.
—Apenas podía ver, tal era el brillo del carolinio, y había un rugido, como agua corriente —dijo—. La bomba había caído en el centro del campamento, el alemán era competente, era como un volcán en miniatura, con humo y llamas incluidos
»El campamento está destrozado y quemado, la mayoría de nuestras posesiones destruidas. Incluso los Juggernauts han quedado convertidos en chatarra: de los cuatro, sólo uno conserva la forma, aunque abierto en canal; los otros están abiertos como juguetes, quemados y destrozados. No vi a nadie —dijo—. Creo que esperaba… —Vaciló—. Horrores. Esperaba horrores. Pero no había nada, no quedaba nada de ellos. Oh, menos una cosa, lo más extraño. —Puso la mano sobre mi brazo; las llamas la habían convertido en una garra—. En la superficie de aquel Juggernaut, la pintura había desaparecido, menos en un lugar, donde había una mancha con forma… era como la sombra de un hombre agachado. —Me miró fijamente con los ojos brillando en el rostro en ruinas—. ¿Me entiendes? Era una sombra, la de un soldado, no sé de quién, atrapada en una explosión tan intensa que la carne se había evaporado y los huesos quedaron dispersos. Y sin embargo quedó la sombra en la pintura. —Su voz era monótona, desapasionada, pero tenía los ojos llenos de lágrimas—. ¿No es extraño?
Hilary había vagado por el borde del campamento durante un rato. Convencida de que no encontraría a nadie con vida, tenía la idea lejana de buscar suministros. Pero, dijo, sus ideas eran pocas y confusas, y el dolor residual tan intenso que amenazaba con superarla; y, con las manos dañadas, descubrió que era imposible buscar por entre los restos quemados del campamento con un mínimo de sentido.
Por tanto, había intentado llegar al mar.
Después apenas podía recordar nada de su vagar por el bosque; había durado toda la noche, y aun así se había alejado tan poco del lugar de la explosión que supuse que había andado en círculo hasta que Stubbins y yo la encontramos.