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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Era la primera vez que me tuteaba. Le respondí del mismo modo.

– ¿A qué te refieres?

– A los entomólogos. Me he enterado de que un madero parisino también anda husmeando. Cuidado, Durey. Juega limpio conmigo; de lo contrario, yo…

Corté su rabieta explicándole que, en efecto, uno de mis adjuntos redactaba una lista de los entomólogos del Jura. Esas investigaciones eran anteriores a nuestro acuerdo. Hoy mismo le había dado orden de pararlo todo. Sarrazin se calmó.

– Y tú, ¿tienes algo nuevo al respecto? -pregunté, devolviéndole la pelota.

– Nada. He vuelto a empezar desde cero. Pero tampoco he conseguido gran cosa. Solo aficionados de la región. Jubilados, estudiantes. Nada que encaje con el perfil.

La cosa se encallaba aún más. Sin embargo, las palabras de Plinkh seguían dándome vueltas en la cabeza: «Está aquí. Muy cerca. Puedo sentir su presencia, sus escuadrones, en alguna parte de nuestros valles». Había que seguir buscando.

Sarrazin me preguntó si tenía novedades. Fui evasivo. En el fondo, no quería compartir mis informaciones con el gendarme. Me frenaba una desconfianza inexplicable. Quizá la ecuación de Chopard: la ley del treinta por ciento. Prometí volver a llamarlo al día siguiente.

Recorrí la ciudad hasta la hora de la cena. De noche, las arterias de lava adquirían una apariencia fúnebre e imperial. Las callejuelas se abrían como fallas en la roca, revelando su misterio, sus tesoros. Catania, la ciudad negra, se mostraba bajo las farolas, vibrante, esmaltada, luminosa, como un noctámbulo que está en plena forma a la hora en la que todos los demás se van a dormir.

Busqué en vano un restaurante japonés: arroz, té verde, palillos. Finalmente cené en una pizzería, solo con mi móvil, que se negaba a sonar. Erguido en mi silla, haciendo oídos sordos a los ruidos de cuchillos y tenedores a mi alrededor, me concentré en otras sensaciones. Aromas de anchoa, de tomate, de albahaca. Arquitectura de madera oscura, decorada con caracoles, conchas y veleros dentro de botellas, evocando la gruta de un marino encallado. Mujeres vestidas de ante y terciopelo, con variaciones de tonos marrones como si fueran deliciosas castañas confitadas.

Salí del restaurante a las ocho. Geppu no llamaba. La impaciencia por conocer a Agostina me crispaba los nervios. Una clave me esperaba en la cárcel de Malaspina, lo presentía. O por lo menos, lo esperaba. Una revelación, una luz oblicua en ese laberinto incomprensible.

Regreso al hotel. Televisión. El Etna siempre en el punto de mira. Las fuentes de lava seguían brotando tanto en el norte como en el sur y la gente empezaba a sentir pánico, sobre todo en las ciudades del sur: Giarre, Santa Venerina, Zafferana Etneo… Miles de personas eran evacuadas, en medio de procesiones y oraciones.

Un especialista invitado al plato explicaba que la erupción tenía tres estadios: primero las ondas sísmicas; luego las explosiones de lava, de las que nadie podía prever su duración, y finalmente, las lluvias de ceniza. Las escorias que los ciudadanos habían limpiado hasta el momento no eran nada. Pronto, la región estaría cubierta por un espeso polvo negro. El hombre concluía, con una sonrisa: «Pero ¡en Caunia estamos acostumbrados!».

Era la palabra clave. Sin embargo, la violencia de esa erupción superaba todo lo que esos «acostumbrados» habían conocido. ¿Había que asustarse? ¿Temer la cólera del volcán? Una vez más, veía un presagio en esa atmósfera. El diablo me esperaba en alguna parte, en la estela del cráter.

Saqué el ordenador, el cable y la batería. Quería anotar mis últimas reflexiones de la urde y digitalizar las fotos que había cogido.

Por fin, el móvil vibró. Lo cogí de inmediato.

– Pronto?

– Soy Geppu. Será mañana. Lo esperan en Malaspina a las diez.

– ¿No necesito una autorización firmada?

– Nada de autorización. Usted va por su cuenta.

– ¿No ha avisado a los abogados?

– ¿Quiere esperar un mes?

– Muchas gracias.

– De nada. Agostina le caerá bien. ¡Buena suerte!

El hombre iba a colgar cuando dije:

– Quería preguntarle un último punto. ¿Sabe si existían pruebas materiales contra Agostina?

Geppu se echó a reír. Más leña al fuego.

– ¿Bromea? ¡Sus huellas dactilares se encontraban por todas partes en el escenario del crimen!

60

Los reflejos del pavimento de piedra bajo el sol, como los de un espejo movido por dos manos invisibles. La acumulación de piedras dibujando pálidos tótems. Las llanuras estériles violadas por el resplandor insufrible del cielo. Cien metros más abajo, al pie del acantilado, el mar resplandecía con un millón de lágrimas que herían la retina con violencia. Todo el paisaje temblaba. Se diría que era el calor lo que desencajaba de ese modo el horizonte, pero la temperatura apenas superaba el cero. El polvo nublaba la vista.

Bajé la visera y traté de ver el extremo del camino que se perdía en la bruma. Eran más de las nueve. Había perdido tiempo a la salida de Catania. Otra noche había caído en la noche. La famosa lluvia negra del tercer estadio. Las calles estaban cubiertas por una espesa capa de ceniza. Los bulldozers trataban de despejar las calles y bloqueaban la circulación. Fuera de la ciudad era peor. Había que conducir con el limpiaparabrisas en marcha. La calzada estaba tan resbaladiza como una pista de patinaje y los controles se multiplicaban. A cuarenta kilómetros de Catania, había salido por fin de ese infierno, como un avión que se aleja de un cielo tormentoso.

Llevaba retraso. Según el mapa, todavía tenía que seguir la costa veinte kilómetros y luego tomar en dirección noroeste. Encontré cabañas, casas en ruinas incrustadas en las lomas; a veces aldeas, gris sobre gris, perdidas entre los recovecos de piedra. Más allá, urbanizaciones en construcción, abandonadas, que ya semejaban unas ruinas. Italia del Sur se había especializado en esas obras que nacían muertas, pretexto para todo tipo de especulaciones inmobiliarias.

Giré a la izquierda y me adentré en los campos. Ninguna señalización que mencionara la cárcel de Malaspina. El paisaje se modificaba. El desierto daba paso a una llanura apagada, erizada de juncos, de hierbas amarillas que recordaban un pantano desecado. Esas lenguas de tierra evocaban un agotamiento, un abandono que pasaba bajo mis párpados hasta hipnotizarme. Empezaban a picarme los ojos cuando, por fin, apareció el nombre de Malaspina.

Otra recta y siempre ese paisaje de planicies quemadas. De repente, la calzada se transformó en un camino sin asfaltar. Me pregunté si había pasado por una curva o una señalización sin darme cuenta.

Otra vez el desierto. El paisaje se elevaba nuevamente. Los picos rocosos se erguían como esculturas rotas; las colinas mordían el horizonte, devoradas por una luz demasiado intensa. Aún no eran las once de la mañana y las sombras ya caían, densas, sobre la tierra estéril. Todo se volvía lunar, árido, resquebrajado.

Empezaba a dudar seriamente de haber escogido bien la carretera cuando apareció, apenas visible, la cárcel. Un rectángulo de tres pisos, como aplastado al pie de las laderas. La carretera continuaba recta y terminaba en el presidio. Ningún otro camino ni para entrar ni para salir.

Dejé el coche en el aparcamiento. Fuera, el viento y el polvo me abofetearon. El calor del sol y las ráfagas invernales se anulaban entre sí para ofrecer una temperatura neutra: ni cálida ni fría. Sabor a ceniza en el gaznate. Arbustos arrancados de raíz que se enredaban en mis piernas. Me puse las gafas de sol.

Lancé una mirada alrededor y me detuve sobre un punto fijo. No podía creer lo que veía. Encima de una cornisa se recortaban tres siluetas negras. Aunque se trataba más bien de siluetas entrevistas, perdidas en el aire blanco. En pleno desierto, esos hombres me observaban. ¿Centinelas? Usé mi mano de visera y entrecerré los párpados. Mi sorpresa se volvió opresiva: sacerdotes. Tres alzacuellos, tres sotanas restallando en el viento, coronadas por caras pálidas, sin edad, habitadas por la muerte. ¿Quiénes eran esos espantapájaros?

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