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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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—Estos idiotas me han arrestado por desertor —declaró—, sólo porque el inepto de Bakaris olvidó darme los documentos adecuados.

—Me aseguraré de que reciba su castigo por haberte causado problemas, mi buen Tanthalas —respondió Kitiara sin poder reprimir la risa—. ¿Cómo te has atrevido? —añadió volviéndose enfurecida hacia el capitán, que se amedrentó al saberse amonestado por un superior de tal categoría.

—S-sólo cumplía órdenes, señora tartamudeó, tembloroso como un goblin.

—Aléjate o te entregaré a mi Dragón para que te devore —ordenó Kitiara a la vez que agitaba la mano en perentorio ademán. Luego, con gesto más amable, extendió su enguantado miembro hacia Tanis—. ¿Puedo ofrecerte un paseo, oficial? Sólo a guisa de disculpa, por supuesto.

—Gracias, señora —aceptó Tanis.

Lanzando una ominosa mirada al capitán, el semielfo asió la mano de Kitiara y se encaramó sobre el lomo del Dragón Azul. Se apresuró a escudriñar el gentío mientras ella indicaba a su montura que se pusiera de nuevo en marcha y, aunque al principio sus ansiosos ojos no detectaron nada, emitió un suspiro de alivio al ver que Caramon y los otros eran apartados del lugar por los guardianes. El hombretón alzó la mirada cuando pasaron junto a ellos, pero no se detuvo. O bien Tas le había transmitido su mensaje, o bien el guerrero tenía el suficiente sentido común para contribuir a la representación. Quizá confiaba en él de un modo instintivo, ése era su más ferviente deseo. Sus amigos estaban ahora a salvo, al menos más que en su compañía.

De pronto el semielfo pensó, entristecido, que ésta podía ser la última vez que les veía, pero se esforzó en desechar tal idea. Desviando la vista hacia Kitiara, descubrió que la joven lo observaba con una extraña mezcla de picardía y franca admiración.

Tasslehoff se puso de puntillas para ver qué era de Tanis. Oyó clamores y vítores, seguidos por un expectante silencio en el momento en que el semielfo se acomodaba en la grupa del Dragón. Cuando se reanudó el desfile, el kender creyó percibir que su amigo lo miraba mas, si lo hizo, pareció no reconocerle. Entonces los centinelas azuzaron a los cuatro prisioneros, obligándolos a avanzar entre la muchedumbre, y la imagen de Tanis se perdió en la barahúnda.

Uno de los soldados hurgó con su daga en las costillas de Caramon.

—Así que tu compañero se va con la Señora del Dragón Y deja que te pudras en los calabozos —bromeó, emitiendo un desagradable chasquido.

—No me olvidaré —farfulló él.

El draconiano sonrió y dio un codazo de complicidad al otro centinela, que arrastraba a Tasslehoff con su reptiliana mano cerrada en torno al cuello del kender.

—Sin duda volverá a buscarte, si logra escabullirse de su lecho.

Caramon enrojeció de ira, y Tas le dirigió una mirada llena de espanto. No había tenido ocasión de comunicar a su fornido amigo el último mensaje de Tanis y temía que lo estropease todo, si bien no creía que nada pudiera empeorar el aprieto en que ahora estaban.

Por fortuna Caramon se limitó a menear la cabeza como si hubieran herido su dignidad.

—Estaré en libertad antes de que caiga la noche —declaró con su voz de barítono—. Hemos vivido juntos muchas experiencias, no me abandonará.

Advirtiendo una nota nostálgica en las palabras del guerrero Tas se estremeció, ansioso por acercarse y explicarle lo que sabía. En aquel momento Tika lanzó un grito de furia y el kender se giró para comprobar qué ocurría. El guardián que la escoltaba había desgarrado su pectoral, varios surcos sanguinolentos se dibujaban en el cuello de la muchacha a causa de la presión de sus hediondas garras. Caramon intentó actuar, pero su gesto fue tardío: Tika había propinado un severo golpe en la faz reptiliana de su oponente, fruto de su amplia experiencia como moza de posada.

Furioso, el atacado acorraló a la muchacha contra el muro y enarboló su látigo. Tas oyó que Caramon contenía el aliento y se dobló sobre sí mismo, esperando un dramático desenlace.

—¡No la lastimes! —rugió el guerrero—. Si lo haces, atente a las consecuencias. Kitiara quiere que obtengamos por ella seis monedas de plata, y nadie nos las dará si está marcada.

El draconiano vaciló. Aquel individuo corpulento era un prisionero, cierto, pero todos ellos habían visto la bienvenida que dispensara la Señora del Dragón a su amigo. ¿Podía correr el riesgo de contrariar a alguien que quizá gozaba también de su favor? Al parecer decidió que no pues puso a Tika en pie y, de un violento empellón, la obligó a seguir adelante.

Tasslehoff emitió un suspiro de alivio y, ahora volvió la cabeza con disimulo para mirar a Berem, que había permanecido encerrado en su mutismo durante todo aquel episodio. En efecto, el Hombre Eterno parecía hallarse en otro mundo. Sus ojos, muy abiertos, contemplaban el horizonte con hechizada fijación mientras que sus labios, entrecerrados, le conferían el aspecto de un retrasado mental. Por lo menos su actitud no denotaba que fuera a causar problemas, y por otra parte Caramon continuaba interpretando su papel. También Tika estaba a salvo después del altercado, de modo que nadie le necesitaba. Respiró hondo y empezó a contemplar interesado el recinto del Templo, tanto como le permitían aquellas manos de reptil que aferraban su cuello.

Lamentaba este entorpecimiento. Neraka era en realidad lo que aparentaba, un pequeño pueblo que rezumaba pobreza construido para los habitantes del Templo, si bien la imagen de este último quedaba ahora distorsionada por las tiendas que se erguían como hongos en su derredor.

Al fondo del complejo, el santuario propiamente dicho se cernía sobre la ciudad como un ave carroñera, con una obscena y retorcida estructura que parecía dominar incluso las montañas adyacentes. En cuanto se entraba en Neraka, saltaba a la vista la gran mole y nadie podía substraerse a su influjo. El Templo se hallaba siempre presente, incluso de noche y más aún en las peores pesadillas.

Tras lanzar un breve vistazo el kender se apresuró a apartar la mirada, sintiéndose invadido por una extraña náusea. Pero el espectáculo que se desplegaba ante él era aún peor. La improvisada ciudad estaba atestada de tropas; draconianos y mercenarios humanos, goblins y las más singulares criaturas salían en masa de las tabernas y burdeles poblando las mugrientas calles, mientras esclavos de todas las razas servían a sus aprehensores para proporcionarles los más abyectos placeres y los enanos gully se deslizaban como las ratas, llenando el empedrado de desperdicios. El hedor era asfixiante, la escena tan apocalíptica como el abismo. Aunque aún no había anochecido la lobreguez de la plaza. unida al frío reinante, producían en Tas la engañosa sensación de hallarse envuelto en las brumas de la madrugada. Alzó el kender la mirada y vio las inmensas ciudadelas voladoras, flotando sobre el Templo con terrible majestad rodeadas por los dragones que montaban incesante guardia.

Al iniciar la marcha por las abarrotadas calles. Tas había abrigado la esperanza de huir aprovechando la primera ocasión que se le ofreciera. Era un experto en confundirse con el gentío y le animaron las furtivas miradas de Caramon, quien sin duda había forjado el mismo plan. Pero tras recorrer unas pocas avenidas, tras ver las acechantes ciudadelas sobre sus cabezas, comprendió que sería inútil. Era evidente que Caramon había llegado a idéntica conclusión, pues el kender le vio bajar los hombros en un ademán de impotencia.

Desalentado y temeroso, Tas pensó, de pronto, que Laurana vivía prisionera en aquel infierno desde hacía tiempo. Su talante alegre, despreocupado, pareció quedar aplastado por el peso de la penumbra y perversidad que lo cercaban, una oscura maldad cuya existencia no había concebido ni en sueños.

Los soldados los apremiaban con sus armas mientras se abrían camino a codazos entre los borrachos y pendencieros, que obstaculizaban su avance en las angostas callejas. Por mucho que se esforzase, el kender comprendió que no hallaría el modo de transmitir a Caramon el mensaje de Tanis.

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