La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
—No habrás olvidado nuestro trato, ¿verdad?
—¡Por supuesto que no! —exclamó ella. Intentando reprimir el miedo que ribeteaba su voz, ordenó—: Suéltame.
Los dedos que la aprisionaban se abrieron lentamente, y Kitiara se apresuró a retirar el brazo y frotarse la carne que, incluso en tan breve lapso de tiempo, había asumido un tono violáceo.
—La mujer elfa será tuya —declaró—, en cuanto la Reina haya terminado con ella.
—Por supuesto, de nada me serviría de otro modo. Una hembra viva no es para mí de mayor utilidad que un hombre muerto para ti. —El eco de aquella cavernosa voz perduró de una manera abominable una vez pronunciada la frase.
Kitiara dirigió una mirada despectiva al lívido rostro, a los centelleantes ojos que flotaban desnudos sobre la negra armadura del caballero espectral.
—No seas necio, Soth —dijo, haciendo sonar la campanilla. Estaba ansiosa de luz y calor—.
Soy capaz de separar los placeres de la carne de los compromisos adquiridos, algo que por lo visto tú no supiste hacer en vida.
—¿Cuáles son tus planes para el semielfo? —pregunto Soth con una voz que, como de costumbre, provenía de las profundidades del abismo.
—Se rendirá a mí por completo, sin condiciones —afirmó Kitiara sin cesar de acariciarse la dolorida muñeca.
Varios criados acudieron prestos a su llamada intercambiando vacilantes miradas de soslayo, temerosos de la explosión de ira con que esperaban ser recibidos por la Dama Oscura. Pero Kitiara los ignoró, abstraída como estaba en sus cavilaciones. Soth se fundió en las sombras como solía hacer cuando prendían las antorchas.
—El único medio de poseer al semielfo consiste en obligarle a contemplar cómo destruyo a Laurana —prosiguió Kitiara.
—No creo que de esta manera consigas conquistar su amor —apuntó Soth desde su invisibilidad.
—¡No es su amor lo que quiero, sino a él! —exclamó Kitiara, antes de quitarse los guantes y desabrocharse las metálicas hebillas de su armadura—. Mientras mantenga su integridad sólo pensará en ella y en el noble sacrificio que ha hecho para salvarla. No, si quiero que me pertenezca debo aplastarle bajo el tacón de mi bota hasta que no quede de él sino una masa informe. Entonces podré utilizarle.
—Durante un breve tiempo —comentó cáusticamente el espectro—. La muerte lo liberará.
Kitiara se encogió de hombros. Los criados habían concluido su tarea y se retiraron sin tardanza, dejando a la Dama Oscura callada y meditabunda, con la armadura medio desprendida y el yelmo colgado de su mano.
—Me ha mentido —susurró pasados unos momentos, a la vez que arrojaba el yelmo sobre una mesa con tal fuerza que hizo añicos un polvoriento jarrón de porcelana. Comenzó a caminar de un lado a otro de la estancia, sin cesar de repetirse—: Ha intentado engañarme, mis hermanos no perecieron en el Mar Sangriento. Sé que por lo menos uno de los dos vive, al igual que el Hombre Eterno. —Abriendo la puerta con brusquedad, Kitiara vociferó—: ¡Gakhan!
Un draconiano apareció en el umbral.
—¿Hay noticias de ese capitán?
—No, señora —respondió el draconiano Era el mismo que había seguido a Tanis desde la posada de Flotsam, el mismo que había ayudado a atrapar a Laurana—. No está de servicio —añadió la criatura, como si este hecho lo explicase todo.
Kitiara comprendió enseguida el significado de tales palabras.
—Registrad todas las tabernas y burdeles hasta encontrarle, y traedle aquí. Ponedle los grilletes si es necesario para aseguraros de que no va a escapar. Lo interrogaré cuando regrese de la asamblea o, mejor aún, encárgate tú de averiguar si el semielfo viajaba solo como afirma o si lo acompañaba alguien. En este último caso...
—Seréis informada sin tardanza, señora —concluyó por ella el draconiano con una respetuosa reverencia.
Kitiara lo despachó con un gesto de la mano y el individuo, tras inclinar de nuevo la cabeza, salió y cerró la puerta. La joven permaneció unos segundos inmóvil, ensimismada en sus pensamientos, mas pronto reaccionó y procedió a debatirse con las trabillas que aún afianzaban su armadura.
—Esta noche me acompañarás a la reunión —dijo a Soth mesándose el crespo cabello pero sin tomarse la molestia de volver la vista hacia el fantasma, ya que dio por sentado que se hallaba en el mismo rincón a su espalda—. Vigila a Ariakas, no se sentirá muy complacido cuando conozca mis intenciones.
Una vez libre de la última pieza de su metálico atavío, Kitiara se desprendió de la túnica de cuero y el sedoso jubón azul. Se desperezó en impúdica actitud, y lanzó una mirada por encima de su hombro para comprobar la reacción de Soth. El espectro había desaparecido y, sobresaltada, escudriñó la estancia en su busca.
La siniestra aparición se había desplazado hasta la mesa donde yacía el yelmo rodeado de los esparcidos restos del jarro roto. Dibujando un sesgo en el aire con su incorpórea mano, el caballero hizo que los fragmentos alzaran el vuelo y quedasen suspendidos frente a él. Sin dejar de sostenerlos en tan ingrávida postura mediante su poderosa magia, desvió entonces sus llameantes ojos anaranjados hacia Kitiara. La luz de aquellos insondables focos tiñó de oro la desnuda piel de la muchacha y envolvió sus negros cabellos en una aureola de calor.
—Todavía eres una mujer, Kitiara —declaró despacio—. Amas...
No se movió ni concluyó su frase, pero las piezas del jarrón cayeron al suelo con estrépito. Su translúcida bota pasó sobre ellas sin dejar la menor huella.
—...y hieres —añadió al fin en un susurro, acercándose sigiloso a la Dama Oscura—. No trates de engañarte a ti misma. Aplástale como mejor te parezca, el semielfo siempre te dominará... incluso después de la muerte.
El Caballero de la Rosa Negra se desvaneció en las sombras de la alcoba mientras Kitiara contemplaba petrificada el crepitante fuego, como si quisiera leer su destino en los movimientos fugaces de las llamas.
Gakhan recorrió a toda prisa el pasillo del palacio real, las garras que formaban sus pies producían sonoros ecos al estamparse en los marmóreos suelos. Los pensamientos del draconiano fluían con la misma rapidez que sus zancadas, pues, de pronto, se le había ocurrido dónde podía encontrar al capitán. Al toparse con dos soldados asignados a Kitiara haraganeando en un extremo del corredor, les ordenó que lo siguieran y ellos le obedecieron de inmediato. Aunque Gakhan no poseía ningún rango en los ejércitos de los Dragones —había sido destituido—, todos sabían que pertenecían a la escolta personal de la Dama Oscura y extraoficialmente se rumoreaba que era su asesino privado.
Llevaba mucho tiempo al servicio de Kitiara. Su fidelidad perduraba desde mucho tiempo atrás, después de que llegara a oídos de la Reina de la Oscuridad y sus esbirros la noticia del descubrimiento de la Vara de Cristal Azul. Pocos fueron los Señores de los Dragones que concedieron importancia a la desaparición de la misma. Ocupados en la guerra que poco a poco agostaba la vida en las regiones septentrionales de Ansalon, algo tan trivial como un objeto con poderes curativos no merecía la atención de la mayoría. Se necesitaba poseer una fuerza sobrenatural para sanar un mundo a punto de expirar, había afirmado entre risas Ariakas en un consejo bélico.
Pero dos de los dignatarios se tomaron en serio la desaparición de la vara: uno fue el gobernador de la parte de Ansalon donde se había hallado, y otro alguien que había nacido y se había criado en la zona. Mago oscuro uno, hábil guerrera la otra, ambos sabían cuán peligrosa podía resultar para su causa aquella prueba del regreso de los antiguos dioses.
Reaccionaron de manera diferente, quizá debido a una cuestión geográfica. Verminaard movilizó a varias hordas de draconianos y goblins con detalladas descripciones de la Vara de Cristal Azul y sus virtudes arcanas. Kitiara envió a Gakhan.