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Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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Pero algo me impulsó, no pude controlarme era como si no fuera yo, Leo Brunner, como si fuera otra persona quien lo hiciera.

Adam Malone permaneció sentado en silencio. Su rostro era inexpresivo y ya había desistido de juzgar a nadie.

– Lo que tú quieres decir es que la has violado, Leo.

Brunner miró a Malone con asombro.

– Violarla, no, no ha sido una violación. Quiero decir que no ha tenido apariencia de delito violento.

– ¿Qué ha sido entonces? Me has decepcionado, Leo.

Brunner hablaba, con vacilación como si intentara explicárselo a sí mismo.

– Ha sido, no sé, puesto que toda la vida me he visto privado de las cosas maravillosas de que gozan otros hombres y por primera vez se me presentaba la oportunidad de conocer aquello de que gozan y dan por descontado los hombres más privilegiados. ¿Cómo te lo diría, Adam, para que me comprendieras?

– No tienes por qué hacerlo, Leo.

– Me parece que he pensado que se me presentaba la ocasión de hacer una inversión que me permitiera gozar de una renta vitalicia en el transcurso de los tristes años de la vejez y esta renta, tal, como ha dicho Kyle, sería el recuerdo de algo especial que de otro modo me hubiera estado vedado. -Sacudió la cabeza-. Tal vez lo esté racionalizando demasiado. Tal vez ha sido una de las pocas ocasiones de mi vida en las que me he dejado llevar por el instinto sucumbiendo a una emoción que no he podido controlar.

Me he despojado de mi disfraz civilizado. Me he convertido en un animal como los demás. Lo único que puedo decir es que no he podido contenerme. Lo que he hecho no he podido evitarlo. -Se detuvo como para hallar otra explicación más convincente-. Mi comportamiento sólo tiene una débil excusa.

No he forzado a nadie cuya vida pudiera arruinar por medio de mi acción. La señorita Fields es una joven con experiencia. Y no me refiero simplemente al hecho de que Kyle y Howard ya la hubieran violado.

Me refiero también a lo que sabemos de su borrascoso pasado según tú nos contaste. Su fama y su fortuna se deben a la promesa de sexualidad que rezuma su ser.

Es indudable que ha conocido íntimamente a muchos hombres. Por consiguiente, me ha parecido, bueno, eso lo he pensado después de haberlo hecho. He pensado que lo que había hecho con ella había sido una cosa de tantas, otra más, una cosa de rutina; para mí, en cambio, ha sido algo nuevo, una especie de triunfo. -Esperó por si Malone contestaba, pero Malone guardó silencio y entonces él decidió proseguir-. Espero que puedas entenderlo, Adam. Espero que no te decepcione. Ojalá no se interponga eso en nuestra amistad.

Si piensas que me he comportado tan mal como los demás, si a tus ojos soy igual que los demás, lo lamentaré mucho. No quería que sucediera de este modo. Sin embargo, si lograras comprender mis motivos y la importancia de este momento de mi vida en el que no he podido dominarme, me perdonarías.

Escuchando al patético viejo que tenía delante, Malone descubrió que no sentía rencor. Su cólera se había disipado. Lo que había quedado en él no era resentimiento sino una sensación de piedad hacia su pobre amigo.

– No tengo que perdonarte nada, Leo. Acepto lo que me dices y me esfuerzo por comprenderlo.

No me imagino a mí mismo haciendo lo que vosotros habéis hecho, pero todos somos distintos, somos el producto de distintas matrices, de distintos genes, de distintas carencias.

Supongo que sólo puede decirse que todos tenemos que vivir de acuerdo con lo que somos por consiguiente, que cada cual se comporte a su aire.

– Me alegro de que lo comprendas así -dijo Brunner asintiendo enérgicamente-. En cuanto a mí tal vez mañana vea las cosas de otro modo y experimente sentimientos de culpabilidad. Pero en estos momentos, ahora mismo, bueno, quiero serte sincero, Adam no lamento nada y no me siento culpable en absoluto. -Apartó la mirada-. No le hemos hecho daño ni física ni mentalmente. Se encontrará bien. Ya lo verás, bueno, ¿te apetece ya acostarte, Adam?

– Todavía no.

– Buenas noches, Adam.

– Buenas noches.

Observó al viejo mientras se dirigía al comedor para pasar a la cocina y desde allí a su cuarto y, a no ser que la vista le engañara, le pareció que los andares de Brunner resultaban casi garbosos.

Decidido a ahogar su creciente sensación de desaliento, Malone se buscó otro cigarrillo en el bolsillo de la camisa, lo encontró y apretó fuertemente el papel por un extremo.

Tras encenderlo, dio unas intensas chupadas, exhaló el humo y se hundió de nuevo en el sofá para aclarar sus ideas.

Mientras escuchaba a Brunner, sí, se había desvanecido su enojo y ahora estaba intentando establecer qué sentimiento había ocupado el lugar de aquél.

La depresión, claro, pero había algo más. Estaba invadido por una sensación de absoluta desesperación. Estaba sumergido en una sensación de nihilismo. Se sentía un todo con Sartré, una auténtica alma gemela de éste.

La escena había pasado a convertirse en algo intensamente surrealista. El ambiente que le rodeaba estaba pavorosamente vacío de valores tradicionales, orden y limitaciones. Era un paisaje emocional dibujado por Escher.

Y sin embargo, Malone comprendía que debía quedar algo en lo que todavía creyera, ya que de otro modo no hubiera sido consciente de aquella sensación de desasosiego que le embargaba.

Bien era cierto que las palabras de Brunner habían borrado su enojo, pero no podía pasar por alto la amargura que experimentaba en relación con Shively y Yost. Esta noche se sentía enojado con ellos y el motivo estaba muy claro.

Estaba resentido contra ellos porque habían mancillado su sueño. Tal vez también estuviera un poco resentido contra el viejo por haber quebrantado el pacto inicial, por no haber hecho caso de su liderazgo y haber olvidado los principios de la decencia.

Brunner había sucumbido a la debilidad y se había inclinado del lado de los embrutecidos violadores.

Mientras fumaba la hierba advirtió que aumentaba la sensación de pérdida que experimentaba. Aumentó también su amargura, sólo que ésta cambió de rumbo, giró en ángulo y se dirigió contra él mismo y contra su propia debilidad.

Sí, aquello era lo más irritante, su propia debilidad, que había impedido que la fantasía que él solo se había inventado se convirtiera en una dichosa realidad.

De todos ellos, él, Adam Malone, era el ser humano que más se merecía a Sharon Fields. El se la había inventado como objeto amoroso asequible, él había creado la posibilidad de que pudieran amarla, él había fraguado la realidad de una cita, él, y sólo él, había logrado que ocurriera lo que había ocurrido.

De todos ellos, él y sólo él la respetaba y se preocupaba por ella como persona. Y, sin embargo, la suprema ironía había querido que él, y sólo él, se viera privado de ella o se hubiera privado voluntariamente de ella.

Los otros tres, malditos fueran, no se merecían nada de ella y mucho menos antes que él. Y, sin embargo, ellos habían gozado íntimamente con ella.

Y él en cambio, por culpa de su fatal debilidad, se había visto apartado a un lado. No era justo. Qué demonios, no era justo ni para ella. No era justo que hubiera tenido que soportar a aquellos estúpidos animales insensibles, sin llegar a saber que bajo aquel mismo techo vivía alguien que la amaba por sí misma, que la amaba con una ternura, una entrega y un calor que indudablemente debía necesitar en aquellos momentos.

Sería criminal, un verdadero crimen si bien se miraba, que ella no pudiera enterarse de que había alguien capaz de disipar sus temores y hacerla objeto de la dulzura que se merecía y necesitaba. Además, todo ello formaba parte de los designios de la naturaleza.

Acudió a su mente la estrofa de lord Alfred Tennyson: La naturaleza es rapiña, mal que ningún predicador podría sanar; La golondrina destroza a la mosca de mayo, el alcaudón alancea al gorrión, Y todo el bosquecillo donde me encuentro es un mundo de pillaje y depredación.

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