Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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No experimentaba curiosidad por saber cuál de los cuatro sería. No, bastaba con saber que aún no querían dejarla en paz.
Al principio, al pasar su acceso de histerismo, se había preguntado fugazmente si el Malo sería el único que la violaría aquella noche o más tarde. Se había preguntado si ocultaría a los demás su maldad.
Y había pensado que tal vez lo hiciera. Ahora, para saber si el visitante era de nuevo el Malo o bien uno de los demás, hizo un supremo esfuerzo y abrió los ojos.
De pie junto a la cama se encontraba la rolliza y pesada mole, enfundada en un arrugado pijama a rayas.
El Vendedor.
Sus ojos inyectados en sangre no le miraban la cara sino los pechos desnudos. La miraba fascinado y con la boca abierta y respiraba entrecortadamente.
Dios mío, gimió ella en silencio, lo sabe, lo saben todos. Ya la habían penetrado una vez.
Por consiguiente, ya no estaba intacta, no inspiraba pavor, no estaba lejos y a salvo de los intrusos Habían abierto la entrada.
El público había sido invitado a franquearla. La temporada había comenzado. Y ella era la víctima propiciatoria. Dios mío, no.
A no ser que éste, el Vendedor, y los demás fueran distintos, fueran más sensibles para con sus sentimientos y sólo se presentaran en calidad de "voyeurs".
Empezó a rezar pero se detuvo. Su infantil esperanza a propósito de una posible honradez civilizada se desvaneció antes de que pudiera formularla por entero.
Sin mirarle la cara, fascinado todavía por su busto, el Vendedor estaba intentando deshacerse el nudo del cordón del pijama.
Se quitó rápidamente los pantalones sin pronunciar palabra. No quería perder el tiempo.
– No, por favor, no -protestó ella débilmente.
El se acercó a la cama, se desabrochó con dedos enfebrecidos la chaqueta del pijama y la arrojó al suelo.
– No lo haga -le suplicó ella-. Sólo porque el otro animal…
– No le voy a hacer nada que usted no conozca -le dijo él de pie a su lado.
– No, no lo haga, no, me duele mucho. Sufro muchos dolores. Estaba seca.
– Ahora ya no lo está.
– Estoy agotada, enferma. Póngase en mi lugar. Por favor, tenga compasión.
– Tendré cuidado. Ya lo verá.
Lo que ella vio ahora, lo que no pudo evitar ver, fue la horrible y repelente figura desnuda a su lado. ¿Habría algún medio de hacerle recuperar la cordura? Sabía que resultaría inútil cualquier súplica.
Ya era demasiado tarde. La cama se hundió por el lado izquierdo al arrodillarse él en ella.
– ¿Qué prefiere usted, señora? -le estaba diciendo-. Estoy a su servicio y quiero complacerla.
– Váyase, maldita sea, o le mataré. Si me toca, le mato. Voy a…
– No pierda el tiempo. Empecemos de una vez.
Se dejó caer pesadamente a su lado rozándole la piel con la suya propia.
Con la escasa fuerza que le quedaba intentó apartarse pero él ya había extendido una mano hacia su pecho y le había acercado la cabeza a su rostro.
A continuación empezó a besarle y succionarle los pechos, primero uno y después el otro.
Quiso apartarse pero le cayó encima una mano que, la inmovilizó de espaldas.
Mientras el hombre seguía cometiendo aquellas indignidades contra sus blandos pezones, notó por segunda vez aquella noche una apresurada y creciente dureza junto al muslo.
– Quienquiera que usted sea, deténgase -le imploró-. Ya no puedo más. Quiero morir. Déjeme en paz si es un ser humano.
– Por eso estoy aquí, señora, porque soy un ser humano -dijo él apartando la boca de su pecho.
Se le echó encima con un gruñido y ella hizo acopio de todos sus arrestos procurando mantener las piernas fuertemente apretadas. Ahora le estaba haciendo algo allí abajo.
Notó que apartaba a un lado una mitad de la falda y después la otra. Notó aire frío sobre el vientre y la parte superior de los muslos.
El hombre se detuvo momentáneamente, intrigado por la contemplación de su ancho, definido y prominente montículo vaginal.
De su garganta se escapó, casi involuntariamente, un profundo sonido gutural de placer anticipado. Lo que sucedió a continuación resultó curiosamente inesperado.
Actuó con tanta rapidez que la pilló desprevenida, sin darle tiempo a defenderse. Lo inesperado fue su rapidez y fuerza. A pesar de su apariencia fofa, era muy fuerte.
Sus manos se introdujeron entre sus muslos contraídos y le separaron las piernas haciéndola gritar de dolor. Quedó abierta la rosada vulva y los anchos labios exteriores se abrieron también y, antes de que ella pudiera protegerse, el rígido y grueso miembro se introdujo entre ellos ensanchándolos al penetrarlo.
– ¡No! -gritó ella.
Pero la habían vuelto a violar, la habían penetrado por completo y se hallaba irremediablemente perdida.
Hizo acopio de todas sus reservas de resistencia, de todo lo que había sobrevivido a su enfrentamiento con el Malo.
Intentó librarse de él con sus doloridos músculos, sus nervios en carne viva y sus movimientos. Quiso propinarle un rodillazo pero él le descargó un violento puñetazo sobre la rótula y el dolor se extendió por todo su cuerpo y le estalló detrás de la frente y por todo el cráneo.
La agonía era excesiva, su mole, su tamaño y su peso elefantino eran demasiado y Sharon se ablandó.
El hombre mantenía los ojos cerrados y la boca abierta y se le caía la baba arremetiendo sin cesar hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás, distendiéndole las doloridas paredes de la vagina.
Estaba murmurando algo que ella no podía entender, pero que al final entendió.
– Estupendo, estupendo, estupendo -repetía como un disco rayado. Sus palabras la cegaron de rabia.
Le escupió todos los insultos que se le ocurrieron. Levantó la cabeza medio llorando y le golpeó la mandíbula y el pecho. Pero sus maldiciones eran como guijarros lanzados contra un dinosaurio al ataque.
Sin hacerle el menor caso, empujó y se hundió en ella. Lo que más le dolía no era la implacable arremetida que advertía entre las piernas sino el burdo cuerpo machacándola, aporreándola, estrujándola hasta dejarle el pecho y las costillas y la pelvis pulsantes y en carne viva, como si le hubieran propinado una paliza.
Hizo un último esfuerzo por lastimarle con las rodillas pero fue inútil porque parecía que allí no hubiera otra cosa más que su vagina.
Para él sólo existía el acto y el placer que éste le estaba proporcionando.
Notó que se estremecía, que echaba los hombros hacia atrás y las caderas hacia adelante y después escuchó un prolongado gemido.
– Aaaaaah, aaaah, aaah.
Había terminado. Se retiró, abrió los ojos, sacudió la cabeza como para volverse a colocar el cerebro en su sitio y se apartó de encima de ella. Después incorporó su desnuda mole, radiante de satisfacción y virilidad.
Por las mejillas de Sharon volvieron a rodar amargas lágrimas. Qué horror tan cochino y asqueroso.
Intentó propinarle un débil puntapié con la pierna izquierda, pero él lo esquivó y la dolorida pierna se dejó caer de nuevo sobre la cama.
Se había levantado de la cama. Empezó a secarse lentamente con una toalla. Después se quedó de pie con los brazos en jarras, orgulloso y complacido como un saco de grasa que se creyera el mismísimo Coloso y pensara que a ella pudiera agradarle la contemplación de su físico.
– ¿No ha estado mal, eh? -le dijo.
– ¡Maldito cerdo! -le gritó ella-. ¡Cochino cerdo indecente! ¡Espere, espere…
El se echó a reír.
– Vamos, reconózcalo. Ninguno de sus amigos actores le había dado jamás nada parecido.
– ¡Se arrepentirá toda la vida, sucio degenerado! él recogió los pantalones del pijama.
– En estos momentos no pensemos ni en mi vida ni en la suya. -Se puso los pantalones y se anudó el cordón-. Pensemos en mañana y en pasado mañana. De eso se trata, amiga mía. Por consiguiente, más le vale quedarse tendida como una buena chica y pasarlo bien.