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Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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– Muchas gracias por nada -le dijo ella amargamente.

– Nosotros queríamos conocerla.

– Sí, conocerme antes de acostarse todos conmigo. Son ustedes unos perfectos caballeros, ya lo creo. Muy bien, ya me han conocido. Ahora lárguese, estúpido.

No hubo respuesta.

Sorprendida de su silencio, le miró.

Y se percató de lo que estaba sucediendo. Ya podía despedirse de toda honradez o amabilidad por parte de aquel imbécil.

Le estaba contemplando el cuerpo con los ojos desorbitados, se lamía los labios y le temblaba toda la huesuda figura como de cartón piedra.

Comprendió desalentada lo que le estaba ocurriendo. Estaba tendida prácticamente desnuda a todos los efectos.

Su último asaltante no se había molestado en cubrirla ni por arriba ni por abajo. El Tiquismiquis le estaba contemplando los pechos y las partes genitales.

Resultaba asqueroso y mortificante, y su desesperado odio hacia aquellos hombres le infectaba todos los poros de su ser.

– Ya me ha oído -repitió con abatida desesperación-, lárguese. Ya me ha visto. Ya habrá visto en otras ocasiones cosas parecidas, por consiguiente, váyase.

Respiraba como un asmático.

– Yo jamás he visto a ninguna mujer tan hermosa. Jamás he visto a nadie así.

No sé, no sé. Le miró los calzoncillos azules. Parecía que en su interior hubiera un ratón suelto. Vio que había algo que los empujaba hacia arriba. Volvió a sentirse enferma.

El viejo bastardo parecía que se hubiera descoyuntado. Jadeaba.

– No puedo evitarlo. Perdóneme pero tengo que tocarla. Se arrodilló en la cama a sus pies.

Estaba serpeando hacia ella como un pobre desgraciado perdido en el desierto y enloquecido por la sed.

Pensó instintivamente que, si oponía resistencia, tal vez éste recapacitaría y no tendría el valor de forzarla.

– Déjeme ver y tocar -musitó.

Ella le dio un puntapié entre el hombro y el cuello.

Al viejo se le cayeron las gafas y cayó de lado contra la otra pierna de Sharon emitiendo un aullido de dolor. Al acercarse las manos al cuello, Sharon le golpeó el rostro con el pie en un esfuerzo por apartarle.

Pero el pie pasó de largo y el cuello del viejo quedó apresado entre sus dos tobillos. Haciendo un supremo esfuerzo, juntó las piernas para ahogarle e inducirle a retirarse.

El no era fuerte y, en cambio, sus piernas, acostumbradas a años de ejercicios de danza, hubieran podido resistir la acometida, pero estaba exhausta. Se estaba debilitando, y al final, sus piernas se dieron por vencidas.

El se las había separado, había escapado y se había puesto de rodillas, Estaba dirigiendo una vez más los ojos saltones hacia el rosado pliegue de los labios.

Súbitamente a Sharon le fue dado contemplar un espectáculo ridículo. Hubiera resultado risible y auténticamente gracioso en otro lugar y otras circunstancias. Pero ahora resultaba aterrador y alarmante. El ratón se había escapado de los calzoncillos azules.

– No puedo evitarlo, señorita Fields -gemía-, no puedo controlarme.

El asombro y la incredulidad le impedían moverse. Había caído entre sus muslos y había empezado a hurgar en ella buscando y encontrando finalmente el orificio.

Presa de una especie de frenesí siguió empujando hacia adelante hasta conseguir penetrarla. Ahora estaba hurgando en su interior y llorando como un niño.

Recuperándose un poco, intentó sacudírselo en la creencia de que su tamaño le permitiría librarse fácilmente de él. Pero él la rodeó con sus brazos como si luchara por salvar la vida y se quedó clavado en su cuerpo.

Le soltó una lluvia de insultos en la espera de abochornarle y conseguir que se retirara.

– Viejo bastardo, de miembro en miniatura -le gritó-, no es mejor que los demás, al contrario, es peor porque me está contaminando con esta imitación de miembro…

Pero fue inútil. Su parloteo insensato ahogaba sus palabras y él se mantenía en sus trece, se movía como un conejo, se disculpaba gimiendo y hurgaba y hurgaba.

Al final, asqueada ante la humillación de haberse visto obligada a someterse a aquel miserable degenerado, dejó de insultarle y desistió de librarse de él.

Ya qué más daba. Comprendió que se vería libre de él a los pocos segundos.

Sus ojos vidriosos parecía que se hubieran congelado. De su boca se escapaban unos sonidos análogos a los de un globo deshincharse.

Se le tensaron los flojos tendones de ambos lados del cuello. Lanzó un grito, se aflojó, se movió arriba y hacia atrás y salió despedido como un piloto en un asiento de expulsión. Buscó las gafas, las encontró y empezó a alejarse serpeando.

Enfurecida, Sharon le dio un puntapié que fue a estrellarse contra sus costillas. El perdió el equilibrio junto al borde de la cama y cayó al suelo amortiguando el golpe con una mano para salvar las gafas.

Se levantó lentamente y se puso las gafas con aire de dignidad.

Ella le miró con enojo y repulsión. El blando fideo le colgaba todavía fuera de los pantalones. Se lo ocultó inmediatamente muy turbado.

Estaba sudoroso pero su morbosa sonrisa de satisfacción no daba a entender en modo alguno que estuviera avergonzado. Volvió a acercarse tímidamente a ella.

– Si no le importa -dijo amablemente, y le cerró la blusa sobre los pechos. Después le abrochó cuidadosamente la falda-.

¿Puedo traerle algo?

– Lo que puede hacer es largarse de aquí -contestó ella enfurecida.

– Se lo digo en serio, señorita Fields, no quería hacerlo. Pero no he podido controlar mi pasión. Jamás me había sucedido. En cierto modo ya sé que no va a creerme pero es un cumplido que le hago. Desearía que pudiera usted aceptar mi agradecimiento.

– Me alegraré de que el juez le sentencie a cadena perpetua o a arder en la silla, sucio ratón. El retrocedió parpadeando, se volvió de espaldas, cruzó la estancia y se marchó.

Adam Malone se había serenado lo suficiente como para recordar dónde estaba Brunner y lo mucho que estaba tardando. Habían transcurrido más de diez minutos, lo cual era muy extraño.

Malone había abierto una botella de Coke y estaba bebiendo para refrescarse la garganta, cuando advirtió que Brunner había entrado silenciosamente en el salón.

Se miraron el uno al otro en silencio. A Brunner se le veía inquieto y avergonzado. Parecía que quisiera decirle algo pero no se atreviera a hablar. Observó a Malone bebiéndose el Coke, como si aquel acto le interesara muchísimo, y después le siguió mirando mientras posaba la botella.

– ¿Te importa que tome un sorbo? -preguntó Brunner.

– Claro que no.

Brunner tomó un sorbo y volvió a dejar la botella sobre la mesita de café.

Malone miró al perito mercantil. No le dirigiría la lógica pregunta. Dejaría hablar a Brunner.

Brunner suspiró. Pareció tranquilizarse como perdido en sus propios pensamientos. A Malone el viejo se le antojaba distinto. Se trataba de un cambio muy sutil que, sin embargo, hubiera comprobado cualquiera que le hubiera conocido de antes.

Era indudable que Brunner había experimentado una especie de transformación mística. Se le veía como arrobado.

Brunner carraspeó.

– Supongo que querrás saber qué he estado haciendo allí dentro, Adam.

– No tengo ningún derecho a preguntártelo. De ti depende.

Brunner asintió.

– Sí, bueno. -Vaciló brevemente y después lo soltó-. Lo he hecho, Adam. Quiero pedir disculpas, quiero pedir sinceramente disculpas.

– Y se lo confesó todo apresuradamente-.

No quería hacerlo, Adam. Sinceramente te digo que no quería hacerlo. Sabía que lo que habían hecho los demás no estaba bien. Pero entré y al verla en persona. -Se perdió momentáneamente en una especie de ensueño y después prosiguió-: Yo jamás había visto a nadie como ella sin sin ropa encima.

– ¿Sin ropa encima?

– Bueno, la llevaba pero podía verse todo, y jamás había visto el cuerpo de una mujer tan famosa. Era tan… -No consiguió definirlo-. Me ha atraído como un imán. Sólo quería verla, nada más que eso, lo cual apenas era nada comparado con lo que habían hecho los demás.

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