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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– ¿Sí? -Georgiana lo miró con intriga, pero era tanta la curiosidad y la ilusión de la felicidad que esperaba le produjera la noticia, que él no supo como empezar. En vez de eso, echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada-. ¡Fitzwilliam! -Georgiana le tiró de la mano, como solía hacer cuando era una niña-. ¡Dime qué es!

Darcy se dejó caer en el diván junto a ella y, haciendo un gran esfuerzo para controlar la risa, preguntó con la mayor solemnidad:

– ¿Te gustaría conocer a la señorita Elizabeth Bennet?

Su hermana abrió los ojos, incrédula.

– ¿La señorita Elizabeth Bennet? ¡Fitzwilliam, estás bromeando!

– ¡No, te lo juro! -Darcy volvió a reírse-. ¡Está aquí… en Lambton, o mejor, en la posada Green Man!

– Pero ¿cómo…?

– Está haciendo un viaje por Derbyshire con sus tíos. -Darcy se acomodó junto a su hermana, feliz de poder contarle todo por fin-. Su tía es de Lambton y la señora Gardiner quería visitar los lugares de su infancia. La reputación de Pemberley los trajo hasta aquí y, cuando confirmaron que no estábamos en casa, la señorita Bennet accedió a visitarla. Me encontré con ellos en el jardín ayer, cuando venía de las caballerizas.

– ¡Cómo se habrá sentido ella al verte! -murmuró Georgiana con un sentimiento de solidaridad hacia Elizabeth-. ¡Y tú! ¡Ay, hermano!

– Me quedé perplejo, sin duda. -Darcy acarició la mano de su hermana-. Casi no recuerdo qué dije, pero más tarde…

– ¿Sí? -preguntó ella. Darcy sonrió con cierta vacilación.

– Creo que lo hice mejor. -Respiró hondo-. Le pedí que me permitiera llevarte para que la conocieras.

– ¿En serio, Fitzwilliam? -Georgiana le apretó la mano.

– Sí, querida, de verdad. -Darcy volvió a sonreír-. Y ella me dio su consentimiento.

– ¿Cuándo? ¿Cuándo voy a conocerla? -Georgiana estaba tan entusiasmada como Darcy deseaba que estuviera.

– Tenía la esperanza -dijo Darcy, mirándola de reojo- de que accedieras a ir a Lambton enseguida.

– ¿Ahora? -preguntó Georgiana desconcertada-. ¡Oh!

– Sé que acabas de llegar -se apresuró a explicar Darcy-, pero hay tan poco tiempo para que puedas conocerla con total… privacidad… -Georgiana miró a Darcy con aire de complicidad-. Veo que me entiendes. Vamos, ¿estarías dispuesta a complacerme a mí y a la señorita Elizabeth Bennet? El cabriolé está en camino. -Darcy podía ver que su hermana tenía dudas, que ante la perspectiva de tener un encuentro tan precipitado, una sombra de timidez había vuelto a cubrir su expresión. Así que tomó las manos de Georgiana y las besó-. ¿Sí, Georgiana? Ella te va a encantar; ¡estoy seguro! No podría desear una amiga mejor para ti.

– Claro, Fitzwilliam. -Georgiana retiró una mano y se la llevó al corazón-. Déjame ir a buscar mi sombrero.

– Pide que alguien te lo traiga -susurró Darcy-. Debemos salir sin que nos vean. -Como todavía estrechaba una mano de Georgiana, se levantó y tiró de ella suavemente para ayudarla a ponerse en pie. Riéndose de alegría, Georgiana comenzó a avanzar detrás de él. Darcy la llevó rápidamente hasta la puerta, apoyó una mano en el pomo y la abrió, pero frenó en seco al encontrarse al otro lado con un sorprendido Charles.

– A ver, ¿qué sucede aquí? -Bingley retrocedió y se quedó mirándolos a los dos, parados en el umbral-. ¿Darcy?

– ¡Bingley! -Darcy hizo una pausa. ¿Qué podía hacer?-. Mi hermana y yo tenemos que acudir a una cita urgente en Lambton -añadió, al mismo tiempo que todos se volvían a observar el cabriolé que se detenía en ese instante delante de la puerta.

– ¿En Lambton? -Bingley enarcó las cejas-. Acabamos de pasar por Lambton.

– Sí, bueno. -Darcy trató de pensar en algo que pudiera satisfacer la curiosidad de Bingley.

– Vamos a encontrarnos con alguien -explicó Georgiana-. Alguien que está de visita.

Bingley volvió a mirar a Darcy.

– ¿En serio? Debe de ser alguien realmente muy importante como para hacer viajar de nuevo a la señorita Darcy, cuando acaba de llegar.

Darcy se quedó callado, con la esperanza de que Bingley no insistiera más, pero podía sentir la incomodidad de Georgiana con el interrogatorio de su amigo. Parecía que no le quedaba otra opción que invitar a Bingley.

– Se trata de la señorita Elizabeth Bennet -reveló Darcy en voz baja, agarrando a Bingley del brazo y empujándolo hacia la puerta-. ¡Shhh! ¡No digas nada!

– ¡Pero, Darcy! -protestó Bingley en un susurro, mientras su amigo lo sacaba de la casa-. ¿La señorita Elizabeth?

Darcy ayudó a su hermana a subir al carruaje y le entregó su sombrero, que acababan de traer.

– No, sólo la señorita Elizabeth y sus tíos de Londres. Sé que la señorita Bennet se encuentra bien -dijo Darcy, al ver la expresión de decepción de Bingley-, pero eso es todo lo que te puedo decir.

– No obstante, me habría gustado mucho ver a la señorita Elizabeth -insistió Bingley.

– Y lo harás, muy pronto -le aseguró Darcy-. Sólo quería presentar a Georgiana y la señorita Elizabeth en un ambiente más privado que el de Pemberley, con todos mis invitados. -Darcy le lanzó a su amigo una mirada de complicidad.

– Ah, sin que Caroline y Louisa estén presentes, quieres decir. -Bingley sonrió-. No necesitas dar más explicaciones, amigo mío. Lo comprendo perfectamente. -Luego miró a Georgiana-. Me mantendré alejado hasta que ustedes dos se conozcan. Pero te ruego que le preguntes a la señorita Elizabeth si puedo subir después a saludarla. ¿Lo harás, Darcy? -Bingley volvió a mirar a su amigo, que asintió en señal de aceptación-. ¡Muy bien, entonces! Vamos allá -dijo y luego añadió con expresión de felicidad-: ¡Sensacional!

El viaje de seis millas hasta Lambton transcurrió en medio del silencio, aunque cada uno de los ocupantes del vehículo tenía sus propias razones para estar callado. Mientras Georgiana se contemplaba las manos sobre el regazo y observaba el paisaje, Darcy se imaginaba que se estaba preparando para aquella inesperada entrevista, en la cual ella sabía que su hermano había depositado muchas esperanzas. En cuanto a él, se había dejado llevar por la rápida sucesión de los acontecimientos de la mañana, pero a medida que avanzaba hacia Lambton y Elizabeth estaba más cerca, comenzó a sentir una cierta inquietud en el pecho. Había vuelto a tener dudas acerca de que Elizabeth realmente quisiera conocer a su hermana, y esta vez esas dudas venían acompañadas de la perturbadora certeza de que no la habían avisado de que se dirigían a verla. Seguramente ella no se iba a mostrar agradecida ante aquel impulso que sólo podía considerarse como otro ejemplo de un comportamiento insufriblemente autoritario. ¿Acaso había vuelto a equivocarse y había sacado demasiadas conclusiones a partir de su conversación y sus miradas? Estaba seguro de que Elizabeth sería amable con Georgiana. E incluso podría recibir a Bingley con agrado. Pero ¿se comportaría de una forma fría y distante con él?

Como solía suceder, la noticia de que se aproximaba un coche que venía de Pemberley se extendió por Lambton antes de que el vehículo llegara. Darcy estaba casi dispuesto a jurar que tanto Matling, de Black's Head, como Garston, de Green Man, le pagaban a algún chico para que mantuviera una vigilancia permanente, porque cuando entraron en el pueblo los dos se encontraban delante de sus respectivos establecimientos, decididos a ganarle la partida al otro en su competencia personal por atraer la atención del señor más importante de la comarca. En consecuencia, el hecho de que el cabriolé se detuviera en el pueblo delante de Green Man constituyó un gran triunfo para el uno y una gran derrota para el otro. En unos segundos, los numerosos nietos de Garston formaron una guardia de honor desde la escalerilla del carruaje hasta la puerta de la posada, donde el propio Garston los esperaba, casi resplandeciendo de orgullo.

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