Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
– Quince minutos, señor, a menos que desee usted un baño. -El ama de llaves lo miró con curiosidad.
– No, eso no será necesario. ¡Que sea tibia y en diez minutos, y mándeme a uno de los lacayos para que me ayude a vestir, si es usted tan amable! -ordenó Darcy, dirigiéndose a la escalera. Se detuvo a medio camino y miró otra vez hacia el vestíbulo-. Ah, señora Reynolds, Trafalgar viene conmigo o, mejor dicho, debe de estar en algún lado. Tal vez debería enviar a alguien al jardín a buscarlo.
– Sí, señor. Nos ocuparemos de Trafalgar. -La señora Reynolds miró a Darcy con asombro.
– ¡Excelente! ¡Diez minutos, señora Reynolds! -Siguió subiendo las escaleras y poco le faltó para echar a correr por el pasillo hasta su vestidor. Se quitó las prendas cubiertas de polvo del viaje, al mismo tiempo que buscaba entre la ropa perfectamente colgada y ordenada de su armario. ¡Santo Dios! ¿Qué podía ponerse? Nada demasiado imponente. ¿Sería demasiado informal la ropa de caza? ¿Lo consideraría Elizabeth como un insulto? Pasó la mirada por las opciones que tenía ante él-. ¡Fletcher! -resopló en voz alta-. ¿Qué demonios podía…? -Un golpecito en la puerta interrumpió su pregunta-. ¡Entre!
– ¡Señor Darcy! ¿Le sucede algo? -El señor Reynolds asomó primero la cabeza y luego, al ver la turbación de su patrón, entró-. Ha pedido un lacayo, señor. ¿El señor Fletcher no está con usted ni está a punto de llegar?
– No, el mensaje de Sherrill me hizo adelantarme y vine a caballo, pero en este momento es muy urgente que atienda a mis invitados.
– ¿Invitados, señor? -Reynolds estaba confundido-. Ninguno de sus invitados ha… Ah, se refiere a los visitantes. Pero ellos están fuera en el jardín, señor; usted no tiene por qué molestarse. -En ese momento se escuchó otro golpecito en la puerta.
– ¡El agua! -Para sorpresa de Reynolds, Darcy saltó a abrir la puerta-. Entre; eche un poco en la jofaina y ponga el resto allí -le indicó Darcy al corpulento muchacho-. Muy bien; eso es todo. -Darcy volvió a prestarle atención a su asombrado mayordomo-. Es de suma importancia que yo me ocupe de estos visitantes en particular. Si puedo convencerlos de que regresen a la casa, deberán ser tratados con la mayor cortesía. -Una súbita inquietud pareció apoderarse de él-. Confío en que los hayan atendido bien hasta ahora, ¿no es así?
– Sí, señor. La misma señora Reynolds les ha mostrado la casa. La joven dijo que lo conocía -dijo Reynolds.
– Sí, eso es cierto… -Darcy se volvió hacia su armario y se quedó mirando su contenido.
– ¿Puedo ayudarle, señor? -Reynolds dio un rápido paso al frente-. Creo que puedo ser tan útil o más que un lacayo.
Sorprendido por ese gesto de amabilidad, Darcy se volvió hacia su mayordomo, al que conocía desde que era pequeño, y vio que Reynolds todavía estaba investido con toda la dignidad de su oficio, pero había una chispa de comprensión en su mirada.
– Sí, por favor, Reynolds. -Darcy hizo un gesto hacia el guardarropa-. Los pantalones de ante hasta la rodilla, creo, el chaleco color bronce y la chaqueta marrón oscuro. Una corbata sencilla, por favor, y una camisa. Las botas con el borde marrón… y ropa interior limpia.
– Muy, bien, señor. Todo estará listo de inmediato. -El anciano echó hacia atrás los hombros ante aquella nueva tarea que tenía por delante.
– Gracias, Reynolds. -Darcy esbozó una sonrisa-. No tardaré.
A pesar de su impaciencia y la sorprendente celeridad de Reynolds con la ropa, transcurrió casi media hora antes de que Darcy bajara las escaleras que llevaban al jardín y saliera al sendero. Mientras terminaba de vestirse, no había dejado de pensar en dónde se encontraría en ese momento Elizabeth en la inmensa extensión del parque. El viejo Simon debía de haberlos llevado por los senderos que normalmente se les mostraban a los visitantes, pero ¿dónde estarían exactamente? Inspeccionó los límites del bosque. Conociendo la energía de Elizabeth, podían estar en cualquier parte, pero Darcy tenía dudas sobre la resistencia de sus acompañantes, que eran personas de cierta edad. Así que limitó su búsqueda. ¡Allí! Un destello de color entre los árboles que rodeaban el sendero que corría paralelo al río le dio una idea del camino que debía seguir. Se dirigió hacia allí y calculó que, a ese paso, tendría al menos un cuarto de hora para prepararse para su encuentro con Elizabeth.
Ya habían tenido una pequeña conversación, pero Darcy no estaba seguro de que hubiera sido del todo satisfactoria. Era muy posible que estuviera yendo al encuentro de una mujer que preferiría que él estuviera en las Antípodas, y no acercándosele para invitarla a su casa. Recordó las emociones que se habían asomado al rostro de la muchacha mientras estaban conversando. Confusión, incomodidad… ambas habían ensombrecido su hermosura, pero no había habido ningún rastro de aversión o de esa fría cortesía que él había temido que marcaría un posible reencuentro. Aunque se recordó que tampoco había habido indicio alguno de que se alegrara de verlo. Bueno, no había nada que hacer. Él no podía mantenerse alejado de ella, no allí, en sus propias tierras, donde tenía la mejor oportunidad de mostrarle a Elizabeth, de expresarle su gratitud por lo que ella había hecho por él. Al pensar en eso, sintió una sensación de plenitud en el corazón y la increíble suerte que representaba el hecho de que ella estuviese visitando Pemberley volvió a apoderarse de él. Siguió avanzando hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, se encontró con ellos.
Esta vez Elizabeth lo pudo saludar con su habitual compostura. Darcy se estaba levantando de la inclinación que le hizo al saludarla, cuando oyó los epítetos «encantador» y «precioso» aplicados a todo lo que había visto. Esforzándose por mostrar un placer más moderado del que le gustaría, al oír las palabras de la joven, Darcy le dio las gracias. Todos los visitantes solían describir Pemberley con los calificativos de «encantador» y «precioso», pero esos elogios nunca habían sido tan significativos para él. A Elizabeth le parecía que su casa era encantadora y preciosa. Mejor que mejor. Sin embargo, su euforia duró poco, porque tan pronto como el caballero mostró su agradecimiento, ella se sonrojó y se quedó callada. Sin saber a qué se debía el cambio de actitud, él vaciló. Necesitaba hacerla hablar otra vez, intentar establecer una conversación sin incomodidad alguna. ¿Qué podía hacer? ¡Sus acompañantes! ¿Cómo podía haberlos ignorado durante tanto tiempo? Debían pensar que él…
– Señorita Elizabeth, ¿me haría usted el honor de presentarme a sus amigos? -La mirada con que ella respondió a su solicitud fue una curiosa mezcla de sorpresa y risa. Mientras la seguía hasta donde esperaban sus amigos, Darcy se prometió a sí mismo no defraudarla, independientemente de cuáles fueran sus expectativas.
– Tía Gardiner, tío Gardiner, ¿me permitís presentaros al señor Darcy? Señor Darcy, mi tía y mi tío, el señor Edward Gardiner y la señora de Edward Gardiner.
¡Sus tíos! Darcy los miró sorprendido. Debería haberlo adivinado, pero el tranquilo caballero y la dama que tenía ante él no se parecían en lo más mínimo a los otros miembros de la familia que él conocía.
– Es un placer, señor. -Darcy hizo una inclinación.
– El placer es mío, señor -respondió el señor Gardiner-. Llevamos un rato disfrutando de su casa y sus tierras, señor Darcy, y debo decirle en primer lugar que sus sirvientes nos han atendido espléndidamente. Nos hemos sentido mejor acogidos en Pemberley que en cualquier otra mansión de las que hemos visitado durante nuestras vacaciones.
– ¡Me alegra oír eso, señor! -Darcy sonrió al notar que el placer que dejaba traslucir la voz del hombre era auténtico-. Nos complace habernos hecho merecedores de semejante cumplido. -Darcy se volvió hacia la dama-. Señora, espero que la visita del parque no haya resultado demasiado agotadora para usted. Es un recorrido bastante largo.