Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
– Me temo que debemos irnos, señor.
Darcy se puso en pie inmediatamente también, con su mente bullendo con miles de razones y propuestas para detenerla; pero trató de contenerse. La señora Gardiner se acercó a su sobrina y dio las gracias por aquella bienvenida y la invitación a su esposo. Darcy hizo una inclinación a modo de respuesta.
– La pericia de su esposo no ha disminuido, señora. Ha sido un auténtico privilegio observarlo. Si usted y la señorita Elizabeth Bennet tienen que marcharse -continuó diciendo-, por favor permítanme acompañarlas al carruaje. -Desde luego, ellas no podían rechazar semejante ofrecimiento y con sonrisas y expresiones de agradecimiento le permitieron escoltarlas hasta la puerta, después de despedirse de su hermana y las otras damas.
Parado en el vestíbulo, Darcy miró a Elizabeth, deleitándose con su espléndido cabello, y se vio asaltado por tantas emociones que apenas pudo distinguirlas, excepto una, que percibió con total claridad. Él la amaba. Era tan sencillo y tan complicado como eso. La sencillez radicaba en la naturaleza de su amor, porque estaba centrado en Elizabeth más que en él mismo o en sus deseos, y surgía del profundo deseo de ser la persona que pudiera gozar del privilegio de cuidarla todos los días de su vida. La complicación radicaba en su interior. Darcy no podía hacer que ella lo amara o disponer que así fuera, como hacía con el resto e las cosas. Sólo podía mostrarle en qué tipo de persona se había convertido y se estaba convirtiendo… y esperar.
Mientras aguardaban a que trajeran el carruaje hasta la entrada, no había tiempo para grandes conversaciones, pero él no quiso desaprovechar ni siquiera aquella pequeña oportunidad.
– La señorita Darcy y yo esperamos con ansiedad su visita de mañana.
– Al igual que nosotras, señor -respondió la señora Gardiner.
Parecía que Elizabeth quería permanecer callada, permitiendo a su tía hacer todos los honores, pero finalmente levantó su rostro y lo miró a los ojos llenos de esperanza, con una sinceridad que lo dejó sin aliento.
– Así es, señor. Por favor, ¿le dirá a la señorita Darcy que nosotras también estamos muy ilusionadas?
– Así lo haré -prometió Darcy, con la esperanza aleteando con fuerza en su corazón. Esperó hasta que el carruaje se detuvo completamente para ayudar a subir a la señora Gardiner y luego se volvió hacia Elizabeth. Esta vez no tuvo que esperar a que ella le diera la mano. Ella se la ofreció gustosa, y tan pronto como su mano se cerró alrededor de los dedos enguantados de Elizabeth, sintió que lo recorría una oleada de felicidad; y como ella dependía de su brazo para ayudarla a subir, le invadió un profundo deseo de protegerla.
– Hasta mañana -se despidió Darcy con voz ronca, a causa de todo lo que estaba sucediendo en su interior, pero Elizabeth alcanzó a oírlo. Le correspondió con una delicada sonrisa, que se mantuvo intacta a medida que el coche se alejaba. Darcy la observó hasta que los árboles del jardín ocultaron el carruaje. Pero incluso en ese momento se sintió reacio a reunirse con las señoras del salón, aunque tenía que volver junto a Georgiana para ver cómo estaba. Entró en la estancia precisamente cuando la señora Hurst estaba diciendo que coincidía con su hermana en cierto asunto, una situación bastante corriente en su relación fraternal, y enseguida fue interpelado por la señorita Bingley a propósito del mismo tema.
– ¡Qué mal aspecto tenía Eliza Bennet esta mañana, señor Darcy! Nunca en mi vida había visto a nadie que hubiese cambiado tanto desde el invierno. -La señorita Bingley resopló con incredulidad-. ¡Qué morena y poco refinada se ha puesto! Louisa y yo estábamos diciendo que no la habríamos reconocido.
Darcy sintió que una tremenda aversión hacia Caroline Bingley se apoderaba de él. No sólo sus palabras le resultaban ofensivas, sino también su tono y su actitud. Alguna vez había dicho que ella era «altiva como una duquesa e insensible como una piedra». Pero la verdad es que no sólo no había mejorado lo más mínimo desde entonces sino que, de hecho, se convertía cada vez más en una caricatura de sí misma.
– No he apreciado ningún cambio significativo en ella -respondió Darcy fríamente-, excepto por el hecho de que está más bronceada por el sol. Y eso no resulta extraordinario, después de haber viajado tanto durante el verano.
La señorita Bingley no tenía intención de contener sus comentarios, así que continuó, a pesar del tono de advertencia que habría percibido en la voz de Darcy cualquier mujer más inteligente.
– Por mi parte, debo confesar que nunca me ha parecido guapa. Tiene la cara demasiado delgada, su color es apagado y sus facciones no son nada bonitas. -Darcy hizo rechinar los dientes y apretó la mandíbula, pero la señorita Bingley todavía no había terminado su enumeración-. Su nariz no tiene ningún carácter y no hay nada notable en sus líneas. Tiene unos dientes pasables, pero no son nada fuera de lo común; y en cuanto a sus ojos, que han sido tan alabados a veces -añadió, lanzándole una mirada a Darcy, mientras continuaba, para asombro de éste-, nunca he podido ver que tengan nada extraordinario. Miran de un modo penetrante y severo, que me resulta muy desagradable; y en todo su porte, en fin, hay tanta pretensión y una falta de buen tono que resulta intolerable.
La señorita Bingley dijo esto último cuando Darcy estaba de espaldas, pero luego dio media vuelta y se sentó junto a Georgiana. Su hermana lo miró con asombro, al ver lo que estaba aguantando, y le acarició las manos.
– Recuerdo que la primera vez que la vimos en Hertfordshire nos extrañó que tuviese fama de guapa. -Darcy volvió a apretar la mandíbula. La señorita Bingley había llegado al límite de lo soportable. Sólo la preocupación por el nombre de Elizabeth lo hizo desistir de confirmar las sospechas de Caroline, pidiéndole que se marchara de su casa enseguida-. Y recuerdo especialmente que una noche que habían cenado en Netherfield, usted dijo: ¿Ella una belleza? Antes estaría dispuesto a afirmar que su madre es muy ingeniosa. Pero parece ser que después su opinión sobre ella fue mejorando y creo que la llegó a considerar bonita en una ocasión.
Al oír esta última afirmación, Darcy ya no pudo contenerse más, así que se levantó como impulsado por un resorte y le echó una mirada que habría hecho retroceder a hombres hechos y derechos.
– Sí -respondió Darcy de manera cortante-, pero eso fue cuando empecé a conocerla, porque hace ya muchos meses que considero que es una de las mujeres más hermosas que he visto nunca. -El asombro en el rostro de la señorita Bingley no le produjo ningún placer, como tampoco le gustaban su compañía ni su vanidad. Ya no podía soportarlas, de modo que, con una rápida inclinación, se marchó del salón y su furia lo llevó directamente a la puerta y hacia el río. Con algo de suerte, el señor Gardiner y los aparejos que había dejado antes todavía estarían allí… y seguramente Hurst y Bingley ya se habrían marchado. En este momento en particular, una silenciosa comunión con la naturaleza y el sereno ejemplo del tío de Elizabeth serían la mejor manera de apaciguar su agitado espíritu. Tampoco estaría mal complacer a algunas truchas, pensó.
El señor Gardiner no sólo se quedó el resto de la tarde, sino que las truchas también estuvieron muy colaboradoras y mostraron la suficiente astucia como para representar un desafío, sin dejar de ser lo bastante razonables como para rendirse a lo inevitable, en el momento oportuno. Sólo una frenética cabalgada sobre el lomo de Nelson por un terreno difícil podría haber hecho que Darcy se olvidara totalmente de pensar en el maravilloso hecho de haber tenido ese día el privilegio de contar con la compañía de Elizabeth. Verla en Pemberley, en su casa y en los mismos salones en los que tanto se la había imaginado, era mucho más de lo que él podía esperar después de lo sucedido en Hunsford. Era algo sobre lo que debía reflexionar, y así lo hizo, oscilando entre el placer y la duda, hasta que Georgiana se vio obligada a carraspear varias veces durante la cena, con el fin de rogarle que recordara dónde estaba y tomara conciencia de la presencia de sus invitados.