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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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Y Eva tampoco se quedaba corta a la hora de devolverle sus amables atenciones. Aunque era una niña, leía maravillosamente; un magnífico oído musical, una imaginación poética y una simpatía instintiva hacia lo grandioso y noble hacían de ella la mejor lectora de la Biblia que Tom hubiera oído jamás. Al principio, leía para complacer a su humilde amigo; pero su propia naturaleza seria pronto empezó a extender sus zarcillos para enredarse en el magnífico libro; y a Eva le encantaba porque despertaba dentro de ella extrañas añoranzas y fuertes emociones incipientes que los niños apasionados e imaginativos gustan de experimentar.

Las partes que más le gustaban eran el Apocalipsis y las Profecías, partes cuyas imágenes turbias y fantásticas y cuyo ferviente lenguaje la impresionaban más por no comprender del todo su significado; y tanto ella como su sencillo amigo, la niña pequeña y el niño adulto, sentían lo mismo. Todo lo que sabían era que hablaba de una gloria que había de revelarse, una cosa maravillosa aún por venir, que hacía regocijarse su alma sin que supieran por qué; y aunque no es cierto de lo físico, en lo moral es verdad que lo que no se comprende no siempre carece de valor. Porque el alma despierta como tembloroso forastero entre dos eternidades imprecisas: el pasado eterno y el futuro eterno. La luz ilumina tan sólo un pequeño espacio a su alrededor; por lo tanto, se inclina hacia lo desconocido; y las voces y los hechos opacos que le llegan desde el pilar borroso de la inspiración encuentran ecos y respuestas en su propia naturaleza expectante. Sus imágenes místicas son talismanes y gemas que llevan grabados jeroglíficos desconocidos; los acoge a su seno y espera leerlos cuando pase al otro lado del velo.

En este punto de nuestra historia, toda la familia St. Clare se ha trasladado temporalmente a la villa junto al lago Pontchartrain. Los calores del verano habían obligado a todos los que podían hacerlo a abandonar la ciudad sofocante y malsana para buscar las frescas brisas marinas de la orilla del lago.

La villa de St. Clare era una casa antillana rodeada de luminosos porches de bambú, que daban por todos los lados a jardines y zonas de recreo. El salón comunitario daba a un gran jardín fragante con todas las plantas y flores pintorescas de los trópicos, con sinuosos senderos que conducían a las mismas orillas del lago, cuya lámina plateada de agua subía y bajaba bajo los rayos del sol, un cuadro siempre cambiante y, a cada hora que pasaba, más bello.

Ahora estamos ante una de esas puestas de sol intensamente doradas que tiñen todo el horizonte con un rubor de gloria y convierten el agua en otro cielo. El lago se extendía en vetas de rosa y de oro, salvo donde las barcas con sus velas blancas se deslizaban hacia delante y hacia atrás como espíritus, y unas estrellas doradas centelleaban en el resplandor, contemplándose temblorosas en el agua.

Tom y Eva estaban sentados sobre un musgoso banco en una glorieta al pie del jardín. Era el domingo por la tarde, y la Biblia de Eva yacía abierta en su regazo. Leyó:

– «Y vi un mar de cristal, mezclado con fuego.» Tom -dijo Eva, deteniéndose de pronto y señalando el lago-, allí está.

– ¿El qué, señorita Eva?

– ¿No lo ves, allí? -dijo la niña, señalando el agua cristalina que, al subir y bajar, reflejaba el fulgor dorado del cielo-. Allí está el «mar de cristal, mezclado con fuego».

– Es verdad, señorita Eva -dijo Tom, y cantó-:

Oh, si tuviera las alas de la mañana,

me iría volando a la orilla del Canaán;

ángeles brillantes me llevarían a casa,

a la nueva Jerusalén.

– ¿Dónde crees que estará el nuevo Jerusalén, tío Tom? preguntó Eva.

– Pues, allí arriba en las nubes, señorita Eva.

– Entonces creo que lo veo -dijo Eva-. ¡Mira entre aquellas nubes! ¡Parecen grandes puertas de nácar; y se puede ver más allá, muy, muy lejos: todo es de oro! Tom, canta sobre los «luminosos espíritus».

Veo una banda de luminosos espíritus,

que prueban las glorias allí;

visten de blanco inmaculado,

y portan palmas victoriosas.

– ¡Tío Tom, los he visto! -dijo Eva.

Tom no lo dudó ni por un momento; no le sorprendió lo más mínimo. Si Eva le dijera que había ido al cielo, le hubiera parecido muy probable.

A veces acuden a mí cuando duermo, aquellos espíritus -y los ojos de Eva se tornaron soñolientos y canturreó con voz baja:

Visten de blanco inmaculado,

y portan palmas victoriosas.

– Tío Tom -dijo Eva-, yo me voy allá.

– ¿Adónde, señorita Eva?

La niña se levantó y señaló el cielo con su pequeña mano; el resplandor de la tarde iluminaba su cabello dorado y su mejilla encendida con una especie de brillo sobrenatural y sus ojos se dirigían con intensidad al cielo.

– ¡Me voy allá -dijo- con los luminosos espíritus, Tom; me voy allá, pronto!

El viejo y leal corazón sintió un repentino vuelco; y Tom pensó en las veces que había notado, en los últimos seis meses, que las pequeñas manos de Eva habían adelgazado, y su piel se había vuelto más transparente y su aliento más entrecortado; y cómo, cuando jugaba en el jardín, como antaño hacía durante horas, se cansaba y languidecía enseguida. Había oído hablar muchas veces a la señorita Ophelia de la tos que todos sus medicamentos no eran capaces de curar; y ahora la ferviente mejilla y la pequeña mano ardían de fiebre; sin embargo, el pensamiento que sugerían las palabras de Eva no se le había ocurrido hasta ahora.

¿Había habido alguna vez una niña como Eva? Sí, las ha habido; pero siempre se ve sus nombres en las lápidas funerarias y sus dulces sonrisas, sus celestiales ojos, sus singulares palabras y costumbres se hallan siempre entre los tesoros ocultos de los corazones anhelantes. ¡En cuántas familias se oye la leyenda de que la bondad y las dotes de los vivos no son nada al lado de las de uno que ya no está entre ellos! Es como si el cielo tuviese una banda especial de ángeles cuya misión es vivir aquí una temporada para granjearse el cariño del díscolo corazón humano para llevárselo con ellos en su vuelo de regreso. Cuando se ve esa profunda luz espiritual en los ojos, cuando el alma se expresa con palabras más dulces y sabias que las palabras comunes de los niños, no intentéis retener a ese niño; pues lleva impreso el sello del cielo y la luz de la inmortalidad se asoma por sus ojos.

¡Aun así, querida Eva, estrella de tu hogar, te marchas! Pero no lo saben los que más te aman.

Una llamada impaciente de la señorita Ophelia interrumpió el coloquio entre Tom y Eva.

– ¡Eva, Eva! Niña, cae el rocío; no debías estar ahí fuera.

Eva y Tom entraron apresuradamente.

La señorita Ophelia había vivido muchos años y era muy hábil en el cuidado de los enfermos. Era de Nueva Inglaterra y conocía bien los primeros pasos engañosos de aquella enfermedad suave e insidiosa que barre a tantos seres bellos y delicados y, antes de que parezca que se ha roto una sola fibra de la vida, los señala irremediablemente para la muerte.

Se había fijado en esa ligera tos seca y la mejilla cada día más encendida; no podían engañarle el brillo de los ojos ni la vivacidad etérea de la fiebre.

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