Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
Me sorprendió un Pristichampus joven que salió del bosque. La boca amarillenta estaba completamente abierta en un intento de enfriarse, y vi que arrastraba una de las patas; parecía ciego y aterrorizado.
El Pristichampus pasó a nuestro lado y huyó, gritando de forma sobrenatural.
Podía sentir una vez más la arena limpia bajo los pies y podía oler la sal del mar, un vapor que comenzó el trabajo de limpiar la peste a cenizas y humo de mi cabeza. El océano permanecía plácido e inamovible, la superficie parecía aceitosa a la luz del carolinio, a pesar de la estupidez de la humanidad; le di las gracias a aquella masa paciente, porque el mar me había acogido salvando mi vida mientras mis compañeros se masacraban mutuamente.
Ese ensueño quedó roto por una llamada lejana.
—Hoooola…
Venía de la playa. A algo así como un cuarto de milla de mí distinguí una figura ondulante que se me acercaba.
Durante un momento me quedé quieto, incapaz de moverme; supongo que había asumido, en un rincón morboso de mi alma, que todos los miembros de la Fuerza Expedicionaria habían muerto en la explosión atómica, y que Nebogipfel y yo estábamos solos en el tiempo.
El otro tipo era un soldado que había estado lo suficientemente lejos de la acción para seguir ileso, porque vestía el uniforme estándar de verde jungla, camisa cruzada, sombrero y pantalones con tobilleras. Llevaba una ametralladora ligera, con bolsas de munición. Era alto, esquelético, y pelirrojo; y me parecía familiar. No tenía ni idea de cuál podía ser mi aspecto: un caos terrible, supongo, con el pelo y la cara quemados, ojos en blanco, desnudo a excepción de los pantalones, y con la carga inhumana de un Morlock en brazos.
El soldado se echó atrás el sombrero.
—Éste es un buen lío, ¿no, señor? —Tenía el acento teutónico del noreste de Inglaterra.
Recordé quién era.
—Stubbins, ¿no?
—Exacto, señor. —Se volvió y señaló la playa—. Estaba cartografiando esa zona. Estaba a unas seis o siete millas cuando vi al alemán venir desde el agua. Tan pronto vi que la gran columna de llamas se elevaba… bueno, sabía lo que era. —Miró hacia el campamento dubitativo.
Cambié el peso intentado ocultar mi cansancio.
—Pero no debe regresar al campamento todavía. El fuego todavía arde… y Nebogipfel dice algo sobre emisiones radiactivas.
—y-Quién?
En respuesta, levanté un poco al Morlock.
—Oh, él. —Stubbins se rascó la parte de atrás de la cabeza.
—No podrá ayudar en nada, Stubbins… todavía no.
Suspiró.
—Bien, señor, ¿entonces qué hacemos?
—Creo que deberíamos seguir en la playa un poco más, y buscar refugio para esta noche. Creo que estaremos a salvo, no creo que después de esto ningún animal de Paleoceno sea tan estúpido para atacar a un hombre esta noche, pero quizá deberíamos encender un fuego. ¿Tiene cerillas, Stubbins?
—Oh, sí, señor. —Se palpó el bolsillo del pecho, y las cajas sonaron—. No se preocupe por eso.
—No lo haré.
Retomé el paso seguro por la playa, pero los brazos me dolían excesivamente, y me parecía que me temblaban las piernas. Stubbins notó mi incomodidad y con amabilidad silenciosa se colgó la ametralladora a la espalda y levantó al Morlock. Era fuerte y no parecía incomodarle llevar a Nebogipfel.
Caminamos hasta encontrar un lugar apropiado en el borde del bosque y allí establecimos el campamento para la noche.
12. LAS SECUELAS DE LA BOMBA
La mañana comenzó fresca y clara. Desperté antes que Stubbins. Nebogipfel seguía inconsciente. Caminé hacia la playa y la orilla del mar. El sol se levantaba ante mí sobre el océano; su calor ya se dejaba sentir. Oía los ruidos de la fauna del bosque, ya ocupada con sus pequeñas preocupaciones; y una forma oscura —pensé que era una raya— se deslizó por las aguas a unas pocas yardas de la costa.
En aquellos primeros momentos del nuevo día, parecía que el mundo del Paleoceno permanecía vigoroso e ileso como antes de la llegada de Gibson y su expedición. Pero el pilar de fuego púrpura todavía salía de la herida en el corazón del bosque, elevándose miles de pies e incluso más. Trozos en llamas —trozos de roca fundida— volaban al lado del pilar en arcos parabólicos. Y sobre todo aquello todavía permanecía una nube en forma de paraguas de polvo y vapor, con los bordes rotos por efecto del viento.
Desayunamos agua y frutos. Nebogipfel, abatido, débil y con la voz convertida en un quejido, nos aconsejó a Stubbins y a mí que no volviésemos al campamento destruido. Por lo que sabíamos, nos dijo, los tres podíamos ser los únicos en el Paleoceno, y debíamos pensar en sobrevivir en el futuro. Nebogipfel defendía que debíamos emigrar más lejos varias millas, nos dijo— y establecer un campamento en un lugar mejor, a salvo de las emisiones radiactivas del carolinio.
Pero vi en los ojos de Stubbins, y en lo más profundo de mi propia alma, que aquel plan nos era imposible a ambos.
—Yo vuelvo —dijo finalmente Stubbins, con una brusquedad que superaba su amabilidad natural—. Oigo lo que dice, señor, pero el hecho es que podría haber personas enfermas y moribundas allí. No puedo abandonarlas. —Se volvió hacia mí, y su cara honesta y sincera se arrugó por la preocupación—. No estaría bien, ¿verdad que no, señor?
—No, Stubbins —dije—. No estaría nada bien.
Y así fue, con el día todavía en sus comienzos, como Stubbins y yo caminamos por la playa en dirección al campamento. Stubbins todavía vestía el equipo de jungla, que había pasado el día anterior sin problemas; yo, por supuesto, llevaba sólo lo que quedaba de los pantalones que llevaba en el momento del bombardeo. Incluso había perdido las botas, y no me sentía bien equipado. No teníamos suministros médicos, exceptuando las vendas y ungüentos que Stubbins llevaba para su propio uso. Habíamos recogido frutos de las palmeras, sacado la leche y llenado las cáscaras con agua fresca. Stubbins y yo llevábamos cinco o seis cáscaras al cuello atadas con trozos de liana. Pensábamos que con eso podíamos dar algún alivio a las víctimas del bombardeo que encontrásemos.
Había un ruido permanente producido por la detonación lenta y continua de la bomba: un sonido anónimo, como el temblor de una cascada. Nebogipfel nos había hecho prometer que nos mantendríamos a más de una milla del centro; y para cuando llegamos a la parte de la playa que, por lo que suponíamos, estaba a una milla del centro, el sol ya estaba en lo alto del cielo. Ya nos encontrábamos bajo la sombra de la nube ponzoñosa; y el brillo púrpura era tan intenso que proyectaba ante mí una sombra en la playa.
Nos lavamos los pies en el mar. Dejé descansar las rodillas doloridas, y disfruté del sol en la cara. Irónicamente, seguía siendo un día hermoso, con el cielo despejado y el mar bañado en luz. Observé que la acción de la marea había reparado los daños producidos en la playa por los humanos el día antes: los bivalvos volvían a esconderse en la arena, y vi una tortuga correteando, tan cerca que casi podíamos tocarla.
Me sentía muy viejo e inmensamente cansado: muy fuera de lugar allí, en el amanecer del mundo.
Dejamos la playa y nos metimos en el bosque. Penetramos en la oscuridad con temor. Nuestro plan era adentrarnos en el bosque alrededor del campamento, siguiendo un círculo de seguridad de una milla de radio. La geometría escolar nos indicaba que tendríamos que recorrer seis millas antes de volver a llegar al santuario de la playa; pero sabía que sería difícil, si no imposible, trazar un arco preciso, y suponía que la travesía completa sería mucho mayor, y que nos llevaría algunas horas.