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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– Diablos, ama ¿cómo pueden preocuparse los amos por el dinero si no utilizan lo que tienen en las manos? y Chloe se rió de nuevo.

– No te entiendo, Chloe -dijo la señora Shelby, convencida, por lo que conocía de la manera de ser de Chloe, de que ésta había oído cada palabra de la conversación que tuvo lugar entre su marido y ella.

– Diablos, ama -dijo Chloe, riéndose otra vez-, algunos alquilan a sus negros a otros para ganar dinero con ellos. No mantienen a toda la tribu en casa a mesa y mantel.

– Y bien, Chloe, ¿a quién propones que alquilemos?

– ¡Diablos, yo no propongo nada! Sólo que dijo Sam que había un pastero de Louisville que decía que buscaba a alguien que tuviera buena mano para los pasteles y los hojaldres; y dijo que pagaría cuatro dólares a la semana.

– ¿Sí, Chloe?

– Bueno, pues yo estaba pensando, ama, que ya iba siendo hora de poner a Sally a hacer algo. Sally lleva ya algún tiempo a mi cuidado y cocina casi tan bien como yo, dadas las circunstancias; y si el ama me dejase ir a mí, yo podría ayudar a ganar el dinero. No tengo miedo de competir con un pastero con mis pasteles o con mis hojaldres.

– Pastelero, Chloe.

– Diablos, ama, ¿qué más da? Las palabras son tan raras que nunca consigo aclararme.

– Pero, Chloe, ¿quieres dejar a tus hijos?

– Diablos, ama, los chicos son bastante grandes para cumplir una jornada de trabajo; ellos se manejan bien; Sally se hará cargo de la nena, que es un rorro tan espabilado que no necesita muchos cuidados.

– Louisville está bastante lejos.

– Diablos, ¿a quién le asusta eso? Es río abajo, ¿quizás más cerca de mi viejo? -dijo Chloe, pronunciando lo último con tono interrogativo mientras miraba a la señora Shelby.

– No, Chloe, está a cientos de millas -dijo la señora Shelby.

El semblante de Chloe reflejó su decepción.

– No importa; si vas allí, estarás más cerca, Chloe. Sí, puedes ir, y cada centavo de tu salario irá para pagar la redención de tu marido.

La cara de Chloe se animó en el acto, y resplandecía como un rayo de sol, que convierte en plata un nubarrón oscuro.

– ¡Diablos, qué buena es el ama! Pensaba lo mismo; porque no necesito ropa, ni zapatos, ni nada; puedo ahorrar cada centavo. ¿Cuántas semanas hay en un año, ama?

– Cincuenta y dos -dijo la señora Shelby.

– ¡Diablos! ¿De veras? Y cuatro dólares cada semana. ¿Cuánto suma eso?

– Doscientos ocho dólares -dijo la señora Shelby.

– ¡Diablos! -dijo Chloe, con acento de sorpresa y alegría-; ¿Y cuánto tiempo tardaré en sacar bastante, ama?

– Unos cuatro o cinco años, Chloe; pero tú no tienes que juntarlo todo; yo añadiré algo.

– No consiento que el ama se ponga a dar clases o algo así. El amo tiene razón en eso. No estaría nada bien. Espero que nadie de nuestra familia tenga que hacer eso, mientras a mí me queden manos.

– No te preocupes, Chloe; yo cuidaré del honor de la familia -dijo la señora Shelby con una sonrisa-. ¿Pero cuándo piensas marcharte?

– Bien, pues, no pensaba nada; sólo que Sam va a ir río abajo con algunos potros y dijo que yo podía ir con él; así que he juntado unas cuantas cosas. Si al ama le parece bien, iré con Sam mañana por la mañana, si el ama me prepara un salvoconducto y me escribe una recomendación.

– Bien, Chloe, lo haré, si el señor Shelby no pone pegas. Debo hablar con él.

La señora Shelby subió la escalera y la tía Chloe se fue encantada a su cabaña para hacer los preparativos.

– ¡Diablos, señorito George! ¿A que no sabía usted que me iba a Louisville mañana? -le dijo a George, cuando entró éste en la cabaña y la vio ordenando la ropa de su bebé-. Sólo repaso estas cosas y las ordeno. Pero me voy, señorito George; me van a dar cuatro dólares a la semana; ¡y el ama lo va a ahorrar todo para comprar de nuevo a mi viejo!

– ¡Vaya! elijo George- ¡qué buen asunto! ¿Cómo te vas?

– Me voy mañana con Sam. Y ahora, señorito George, sé que usted se sentará para escribirle a mi viejo y contárselo, ¿verdad?

– Por supuesto -dijo George-; el tío Tom se alegrará de tener noticias nuestras. Voy a la casa ahora mismo a por papel y tinta; y luego, como sabes, tía Chloe, le puedo contar lo de los potros nuevos y todo.

– Por supuesto, señorito George; usted márchese y yo le prepararé un poco de pollino o algo así; no comerá muchas más cenas con su pobre tía.

CAPÍTULO XXII

«LA HIERBA SE SECA, LA FLOR SE MARCHITA» [38]

La vida va pasando, para todos nosotros, día tras día; así fue pasando para nuestro amigo Tom por espacio de dos años. Aunque estaba separado de todos los que quería y añoraba a menudo lo que había perdido, sin embargo, nunca estaba total y conscientemente desdichado; porque el arpa de los sentimientos humanos está tan bien templada que sólo puede estropear su armonía un golpe que rompa todas las cuerdas a la vez; y, mirando atrás a temporadas que en retrospección nos parezcan de privaciones y tribulaciones, recordamos que cada hora trajo consigo distracciones y alivios, de modo que, si no estábamos enteramente felices, tampoco estábamos enteramente desgraciados.

En la única obra de su biblioteca, Tom leía sobre uno que había «aprendido a estar contento, fuera cuál fuese su estado». Le parecía una doctrina buena y razonable y estaba de acuerdo con el hábito consolidado que él había adquirido leyendo ese mismo libro.

Su carta a casa, tal como lo contamos en el último CAPÍTULO, fue respondida a su debido tiempo por el señorito George, con su buena letra redonda de escolar que Tom había dicho que se podía leer «casi desde el otro lado de la habitación». Contenía varios puntos de interés sobre los asuntos de su casa: cómo a la tía Chloe la habían alquilado a un pastelero de Louisville, donde su talento como repostera le hacía ganar cantidades fabulosas de dinero, todo el cual, le informaban a Tom, iba a ahorrarse para juntar la cantidad necesaria para su redención; Mose y Pete estaban estupendamente y el bebé se paseaba por toda la casa bajo los cuidados de Sally y de toda la familia en general.

La cabaña de Tom estaba cerrada de momento; pero George se explayó sobre los adornos y mejoras que le harían cuando Tom volviese.

El resto de la carta daba una lista de las asignaturas de George en el colegio, cada una adornada con una floreciente mayúscula; y también relataba los nombres de cuatro potros nuevos que habían aparecido en la hacienda desde la partida de Tom; y decía, en el mismo apartado, que su padre y su madre estaban bien. El estilo de la carta era decididamente conciso y sucinto, pero a Tom le pareció la mejor muestra de redacción que se hubiera escrito en la época moderna. No se cansaba nunca de mirarla e incluso celebró un consejo con Eva sobre la conveniencia de mandarla enmarcar, para colgarla en su habitación. El único obstáculo que se interpuso en esta empresa era la dificultad de ponerla de forma que se pudieran ver las dos caras de la página a la vez.

La amistad entre Tom y Eva había ido creciendo según iba creciendo la niña. Sería difícil decir qué lugar ocupaba ella en el corazón tierno e impresionable de su fiel servidor. La amaba como una cosa frágil y terrenal y sin embargo casi la adoraba como algo divino y sobrenatural. La miraba como el marinero italiano contempla la imagen del niño Jesús, con una mezcla de reverencia y ternura; y el mayor placer de Tom estribaba en hacer realidad sus caprichos y cumplir los miles de sencillos deseos que iluminan la infancia como un arco iris multicolor. En el mercado por la mañana, sus ojos se posaban siempre en los puestos de flores buscando ramos exóticos para ella, y el más hermoso melocotón o naranja se deslizaba dentro de su bolsillo para dárselo a su regreso; y lo que más le gustaba a él era la visión de su cabecita dorada asomada a la puerta esperando que él se aproximara a lo lejos y sus preguntas infantiles: «Y bien, tío Tom, ¿qué me has traído hoy?»

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[38] Isaías 40, 7. La cita completa es la siguiente: «La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre.»

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