La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
El silesio parec�a pensar lo mismo, pero, con macabro sentido del humor, exclaim� sonoramente:
-��La hemos llamado la bomba de Bikini! �Es el minimo! �No Lleva extras!
Alexis, temerariamente, apostill�:
-��Ni indicios para efectuar detenciones!
Y fue recompensado por Schulmann mediante una sonrisa de admiraci�n y extra�o reconocimiento.
Apartando bruscamente a su ayudante, el silesio meti� la mano en la maleta y con airoso adem�n extrajo de ella una pieza de madera sobre la que se hab�a montado el circuito el�ctrico, que tenia la apariencia de un aut�dromo de juguete, con hilo conductor cubierto de aislante, que terminaba en diez palitos de pl�stico gris. Mientras los profanos se arremolinaban alrededor de la mesa para ver mejor el ingenio, Alexis vio con sorpresa que Schulmann, con las manos en los bolsillos, se un�a a los mirones. �Por qu�?, se pregunt� Alexis mirando descaradamente a Schulmann. �A santo de qu� hoy pierdes tan tranquilamente el tiempo, cuando ayer ni siquiera lo ten�as para mirar tu maltratado reloj? Abandonando sus esfuerzos para fingir indiferencia, Alexis se puso r�pidamente al lado de Schulmann. El silesio indicaba que �sta era la manera en que se fabricaba una bomba, cuando se tiene una imaginaci�n convencional y se desea volar jud�os. Usted compra un reloj barato, como �ste, no lo roba, sino que lo compra en unos grandes almacenes, en la hora punta, y, adem�s compra un par de chucher�as para que el dependiente no se acuerde de usted. Arranca la saeta que marca las horas. Hace un orificio en el vidrio, mete un alfiler de sastre en el orificio, une mediante soldadura el circuito el�ctrico a la cabeza del alfiler. Ahora, pone la bater�a. Ahora pone la saeta a la distancia de la aguja que usted desee. Pero, por lo general, procure que tarde lo menos que sea posible en llegar al alfiler, para evitar dilaciones que puedan conducir al descubrimiento y desarme de la bomba. Ahora le da cuerda al reloj. Compruebe que la aguja de los minutos sigue funcionando. Si, funciona. En el instante en que esta saeta toca el alfiler se cierra el circuito el�ctrico, y la bomba estalla.
Para hacer una demostraci�n del funcionamiento de aquella maravilla, el silesio quit� el detonador y los diez palitos de explosivo de pl�stico, sustituyendo a �stos por una bombillita como las que llevan las linternas de pilas.
El silesio grit�:
-��Y ahora les voy a demostrar c�mo funciona el circuito! Nadie dudaba duque aquello funcionaba, casi todos se sab�an de memoria el ingenio en cuesti�n, pero a pesar de ello y durante unos instantes, Alexis tuvo la impresi�n de que los espectadores se estremec�an involuntariamente, cuando la bombillita se encendi� alegremente. S�lo Schulmann parec�a indiferente. Alexis pens�: �Quiz� ha visto demasiadas tragedias, y, al final, se ha quedado sin sentido de la piedad.� Si, ya que Schulmann no hac�a el menor caso de la bombilla. Estaba inclinado sobre el circuito de alambre conductor, y lo contemplaba con el cr�tico inter�s de un entendido.
Un parlamentario deseoso de demostrar su sagacidad pregunt� por qu� la bomba no hab�a estallado en el momento deseado. En suave y elegante ingl�s, el parlamentario dijo:
-�Esta bomba estuvo catorce horas en la casa. La saeta de los minutos da una vuelta por hora y la saeta de las horas da una vuelta en doce horas. �C�mo se explica que la bomba tardara catorce horas en estallar, cuando la previsi�n s�lo pod�a ser de una hora a lo sumo?
El silesio ten�a una conferencia completa para contestar cada una de las preguntas que le formularan. Ahora, dio una conferencia, mientras Schulmann, con su ben�vola sonrisa, comenzaba a tentar suavemente los bordes del circuito, con sus gruesos dedos, como si hubiera perdido algo en el relleno que hab�a debajo. El silesio dijo que probablemente el reloj hab�a fallado. Quiz� el traslado en autom�vil hasta la Drosseistrasse hab�a da�arlo al mecanismo. El silesio tambi�n dijo que cab�a la posibilidad de que el agregado laboral, al dejar la maleta sobre la cama, hab�a alterado el circuito. Lo m�s probable era que el reloj, debido a su baratura, se parase y volviera a ponerse en marcha. Lo m�s probable era cualquier cosa, pens� Alexis irritado. Pero Schulmann ten�a otra teor�a, mucho m�s ingeniosa. Hablando como si distra�damente hiciera un aparte, y dedicando su atenci�n a las bisagras de la maleta, dijo:
-�O quiz� el hombre de la bomba no rasc� debidamente la pintura de la saeta.
Schulmann extrajo un viejo cortaplumas de m�ltiples usos, seleccion� un punz�n, y comenz� a empujar levemente la cabeza del alfiler hacia arriba, confirmando la facilidad con que se pod�a arrancar. Dijo:
-�Sus t�cnicos de laboratorio han rascado toda la pintura, pero quiz� el hombre de la bomba no era tan cient�fico como sus t�cnicos.
Cerr� ruidosamente el cortaplumas y a�adi�:
-�Ni tan h�bil, ni tan cuidadoso.
En su fuero interno, Alexis protest�: �Pero si era una chica! �Por qu� raz�n Schulmann comenzaba a hablar repentinamente del hombre de la bomba, cuando todos estamos pensando en una linda muchacha vestida de azul? Sin darse cuenta, al parecer, que de momento hab�a desbancado al silesio mientras �ste se hallaba en plena actuaci�n, Schulmann fij� su atenci�n en el circuito situado en la parte interior de la tapa de la maleta.
Con angelical modestia, el silesio pregunt�:
-��Ha visto algo interesante, Herr Schulmann? �Ha descubierto una pista, quiz�? Por favor d�ganoslo. Ser� interesante.
Schulmann medit� tan generosa oferta. Y mientras se acercaba a la mesa con sus macabros restos, que examinaba atentamente, dijo:
-�Falta hilo conductor. Si, ya que aqu� tiene usted un resto de setenta y siete cent�metros de hilo.
Schulmann sosten�a en la mano un chamuscado ovillo de hilo conductor. Estaba enrollado como se suele enrollar el hilo de lana, con un extremo ci��ndolo. Schulmann dijo:
-�En su reconstrucci�n tiene usted un m�ximo de veinticinco cent�metros. �A qu� se debe el que en su reconstrucci�n falte medio metro de hilo?
Hubo un momento de intrigado silencio, antes de que el silesio soltara una sonora y ben�vola carcajada. Como si se dirigiera a un ni�o, el silesio explic�:
-�Herr Schulmann, este hilo es hilo sobrante. Cuando quien quiera que fuese construy� la bomba, le sobr� hilo y ech� este hilo sobrante al interior de la maleta. Esto es normal, por una raz�n de limpieza.
El silesio repiti�:
-�Es hilo sobrante. Ubrig. Sin significado t�cnico. Sag ihm dock ubrig.
Alguien tradujo, sin que hubiera necesidad de ello:
-�Sobras. Carece de significado, Herr Schulmann. Son sobras.
La peque�a crisis pas�, la laguna qued� colmada, y la pr�xima vez que Alexis dirigi� la vista a Schulmann le vio discretamente situado junto a la puerta, dispuesto a irse, con la ancha cabeza parcialmente orientada hacia Alexis, levantado el antebrazo en cuya mu�eca llevaba el reloj, pero con un aire que antes parec�a tentarse el est�mago que mirar la hora. Los ojos de uno y otro no se encontraron del todo, pero Alexis supo con toda certeza que Schulmann le estaba esperando, que deseaba que �l cruzara la estancia y le dijera, almuerzo. El silesio segu�a hablando mon�tonamente, y sus oyentes le rodeaban, en pie, como un grupo de pasajeros de avi�n en espera en un aeropuerto. Apart�ndose discretamente del grupo, Alexis se acerc� de puntillas a Schulmann. En el pasillo, Schulmann cogi� de! brazo a Alexis, en un gesto de sincero afecto. Ya en la calle -era un d�a soleado- los dos hombres se quitaron la chaqueta, y, m�s tarde, Alexis record� muy bien que Schulmann se remang� las mangas de su camisa del desierto, mientras Alexis paraba un taxi y le daba las se�as de un restaurante italiano, situado en lo alto de una colina, en un extremo de Bad Godesberg. Alexis hab�a llevado a mujeres a tal restaurante, pero jam�s a hombres, y Alexis, que jam�s dejaba de ser voluptuoso, siempre ten�a conciencia de las primeras veces.