La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Schulmann no fue a Bonn, sino a Munich, y no fue all� como un tal Schulmann, y adem�s, ni Alexis ni su sucesor, el silesio, se enteraron de su llegada, que era precisamente lo que Schulmann quer�a. Ahora, su nombre era Kurtz, aunque lo usaba tan poco que incluso se le podr�a perdonar en el caso de que alg�n d�a se olvidara de �l. Kurtz, que significa �corto�. Kurtz, el del camino corto, dec�an algunos. Y sus v�ctimas dec�an, Kurtz, el de la mecha corta. Otros hac�an complicadas comparaciones con el personaje de Joseph Conrad. Pero la verdad monda y lironda era que el hombre proced�a de la Moravia y, originariamente, se escrib�a Kurz, hasta que un polic�a brit�nico, durante el Mandato, llevado por su sabidur�a le a�adi� una �t�. Y el apellido hab�a conservado la �t�, como una peque�a daga clavada en el cuerpo de su identidad, cual si de un chivo expiatorio se tratara.
Nuestro hombre lleg� a Munich, v�a Estambul, despu�s de haber cambiado pasaporte dos veces, y de haber utilizado tres aviones. Antes, hab�a pasado una semana en Londres, aunque all� apenas se le vio. En todos los Lugares en que estuvo, se ocup� de rectificar situaciones, comprobar resultados, conseguir ayudas, persuadir a personas, d�ndoles coberturas y el auxilio de verdades a medias, dando �mpetu a los remisos mediante su extraordinaria y constante energ�a, as� como mediante el volumen y el alcance de su planeamiento avanzado, aun cuando a veces se repet�a, u olvidaba alguna orden menor dada por �l mismo. Sol�a decir, acompa�ando sus palabras con un gui�o, que vivimos muy poco tiempo, y que estamos muertos durante demasiado tiempo. Esto era lo m�s parecido a una disculpa que nuestro hombre dec�a, y su personal soluci�n del problema consist�a en no dormir. En Jerusal�n se sol�a decir que Kurtz dorm�a con la misma velocidad con que trabajaba. Y era mucha velocidad. Kurtz, le explicaban a uno, era el jefe de las operaciones de Europa. Kurtz era el que abr�a camino donde no pod�a abrirse. Kurtz hac�a florecer el desierto. Kurtz regateaba e intrigaba y ment�a incluso en sus oraciones, pero se ganaba una buena suerte cual los jud�os no hab�an tenido en el curso de dos mil a�os.
Lo cual no quiere decir que Kurtz fuera querido por todos. No, debido a que era un hombre excesivamente parad�jico, excesivamente complicado, con demasiadas almas y demasiados colores. En muchos aspectos, las relaciones de Kurtz con sus superiores, principalmente con Misha Gavron, su jefe, antes eran las de un mal tolerado individuo ajeno a la organizaci�n que las de un igual en quien se ha depositado confianza. Carec�a de asentamiento, pero, misteriosamente, tampoco lo pretend�a. Su base de poder era d�bil y cambiante, dependiendo de quien fuera la �ltima persona a la que hubiera ofendido, en su b�squeda de ayuda r�pida y eficaz. No era un sabra, carec�a de los elitistas antecedentes de los hombres procedentes del Kibbutz, de la universidad o de los regimientos prestigiosos que, con el consiguiente desaliento del propio Kurtz, con m�s y m�s frecuencia suministraban el cada d�a m�s reducido personal que formaba la aristocracia del servicio al que pertenec�a. Kurtz no armonizaba con los aparatos empleados por aquella gente, con sus pol�grafos y sus ordenadores, ni tampoco con la creciente fe que aquellos hombres ten�an en el juego del poder al estilo norteamericano, ni en la psicolog�a aplicada, ni en la administraci�n de crisis. Kurtz amaba la di�spora, y de ella hab�a hecho su especialidad, precisamente en unos tiempos en que la mayor�a de los israelitas se esforzaban celosamente y con excesiva conciencia en reforzar su identidad en cuanto a orientales. Sin embargo, Kurtz se crec�a con los obst�culos, y el rechazo era lo que hab�a hecho de �l lo que era. Era capaz de luchar, en caso necesario, en todos los frentes al mismo tiempo, y lo que no le daban voluntariamente lo tomaba subrepticiamente. Por amor a Israel. Por la paz. Por la moderaci�n. Y por su maldito derecho a impresionar y a sobrevivir.
Probablemente, ni el propio Kurtz hubiera podido decir en qu� etapa de su b�squeda hab�a encontrado su plan. Esos planes surg�an en lo m�s hondo de la personalidad de Kurtz, como un rebelde impulso en espera de una causa, luego crec�an en su interior casi sin que �l se diera cuenta. �Estaba so�ando, cuando se confirm� la marca de f�brica del autor del atentado con la bomba? �O se le ocurri� mientras com�a pasta, en el restaurante en lo alto de la colina, contemplando la vista de Godesberg, y mientras comenzaba a darse cuenta de cu�n excelente colaborador pod�a tener en Alexis? No, fue antes de esto. Mucho antes. Seguramente ocurri�, dec�a Kurtz a quien quisiera escucharle, despu�s de una sesi�n particularmente amenazadora de la comisi�n rectora de Gavron, en la pasada primavera. Si no atrapamos al enemigo desde dentro de su propio campo, esos payasos del Knesset y del ministerio de Defensa volar�n el mundo civilizado entero en sus intentos de atrapar a tal enemigo. Algunos colaboradores de Kurtz juraban que �ste concibi� el plan hac�a todav�a m�s tiempo, y que Gavron hab�a cancelado un proyecto parecido hac�a ya doce meses. En fin, lo mismo daba. Lo cierto es que los preparativos operacionales ya estaban muy adelantados antes de que el autor del delito, el culpable, hubiera sido concluyentemente identificado, aun cuando Kurtz ocultaba cuidadosamente dichos preparativos a las investigadoras miradas de Misha Gavron, y alteraba sus papeles para confundirle.
�Encontrad al muchacho -dijo Kurtz a su equipo de Jerusal�n, antes de partir en uno de sus enrevesados viajes-. Es un muchacho y su sombra. Encontrad al muchacho que luego encontrar�is a su sombra. Esto no es problema.
Kurtz les dijo lo anterior con tanta insistencia que sus colaboradores llegaron a jurar que le odiaban. Kurtz era capaz de ejercer presi�n con la misma ferocidad que �l sab�a resistirla. Kurtz llamaba por tel�fono, desde rar�simos lugares, a cualquier hora del d�a o de la noche, con la sola finalidad de hacer sentir su presencia en todo momento: ��No hab�is encontrado todav�a a ese muchacho? �Por qu� no encontr�is al muchacho?� Pero Kurtz formulaba estas preguntas disimuladamente a fin de que Gavron, incluso en el caso de que se enterase de ellas, no comprendiera su significado, ya que Kurtz aplazaba su asalto a Gavron hasta que llegara el momento m�s favorable de efectuarlo. Kurtz renunci� a las vacaciones, dej� de celebrar el s�bado, y prefer�a gastar su propio y escaso dinero antes que presentar prematuramente sus cuentas de gastos a los pagadores oficiales. Arrancaba de sus acad�micas sinecuras a antiguos reservistas y les ordenaba que volvieran al servicio, sin cobrar, que ocuparan de nuevo sus viejos despachos para acelerar la b�squeda. Encontrad al muchacho. El muchacho nos indicar� el camino. Un d�a, como sacado de la nada, Kurtz puso en circulaci�n un nombre en clave para designar al �muchacho�. Este nombre era Yanuka, palabra aramea con la que se hace amable referencia a un ni�o. �Dadme a Yanuka y os entregar� a esos buitres y a toda su organizaci�n, servidos en bandeja.�
�Pero no dig�is ni media palabra a Gavron. Esperad.�
En su amada di�spora, cuando no en Jerusal�n, el elenco de colaboradores de Kurtz era incre�ble. S�lo en Londres, Kurtz hab�a conseguido, sin alterar ni un instante su sonrisa, la colaboraci�n de venerables marchantes de arte, aspirantes a magnates del cine, insignificantes due�as de casas de hu�spedes del East End, vendedores de ropas, vendedores de autom�viles de dudosa reputaci�n, grandes empresas de la City� Tambi�n fue diversas veces al teatro, en una ocasi�n en las afueras de la capital, pero siempre vio la misma funci�n, y llev� consigo a un diplom�tico israelita con funciones culturales, aunque muy poco cultural fue el tema de que trataron. En Camden Town, comi� dos veces en un humilde restaurante para transportistas atendido por un grupo de indios de Goa. En Frognal, un par de millas al noroeste, inspeccion� una apartada mansi�n victoriana llamada �The Acre�, y la declar� ideal para satisfacer sus necesidades. Pero se trataba solamente de una posibilidad de llegar a un acuerdo, dijo a los excesivamente propicios propietarios. No llegaremos a un acuerdo si nuestros negocios no nos conducen aqu�. Los propietarios aceptaron la condici�n. Lo aceptaron todo. Estaban orgullosos de que les hubieran hecho una propuesta, y estar al servicio de Israel representaba para ellos una delicia, incluso en el caso de que ello comportara irse a su casa de Marlow durante unos meses. �Acaso no ten�an un apartamento en Jerusal�n, que utilizaban para visitar a su familia y amigos en Pascua, despu�s de pasar dos semanas de mar y de sol en Eilat? �Y acaso no estaban considerando con toda seriedad la posibilidad de ir a vivir a Israel con car�cter definitivo, aun cuando para ello esperaban que sus hijos hubieran superado la edad del servicio militar y que la tasa de inflaci�n se hubiera estabilizado? Pero, por otra parte, siempre les cab�a la posibilidad de vivir en Hampstead. O en Marlow. Entretanto mandar�an a Kurtz todo lo que les pidiera, har�an todo lo que quisiera, sin esperar nada a cambio, y sin decir nada a nadie.