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El peso de la prueba

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– Tengo frío.

– ¿Quieres una chaqueta?

– ¿Puedo sentarme en tus rodillas?

– Desde luego.

Stern lo abrazó y Sam se acomodó en seguida, apoyándose contra el pecho y el vientre. Stern había olvidado esa sensación de abrazar una vida en crecimiento. El cuerpo pequeño, el aroma pastoso del cabello después de una tarde en el bosque. Stern lo estrechó.

– ¿El sol es una estrella? -preguntó Sam.

– Eso dicen.

– ¿Las estrellas son calientes?

– Deben serlo.

– ¿Podrías atravesar una estrella con un avión si volaras a mucha velocidad?

– Sospecho que no, Sam. Las estrellas son tan calientes que pueden quemar cualquier cosa.

– ¿Cualquier cosa? ¿La Tierra entera? -preguntó Sam, preocupado. Stern se preguntó si no le estaría diciendo más de lo conveniente-. ¿Y si arrojaras millones de toneladas de agua en ellas?

– Eso sin duda funcionaría -dijo Stern.

El niño aún lo miraba.

– ¿Lo dices en broma?

– ¿En broma? No. ¿Es eso una broma?

– Lo dices en broma -insistió el niño.

Apretó el dedo contra el vientre de Stern, como por lo visto le hacían a él.

– Bien, tal vez un poco.

Sam se volvió y se le apoyó de nuevo en el pecho. En un arrebato de emoción, Stern se preguntó si era posible. ¿Podría empezar de nuevo y hacerlo mejor en esta oportunidad? Oh, era una locura. Con el niño acurrucado contra él, Stern cerró los ojos en la oscuridad y luchó contra la desesperación. ¿Cómo era posible que ocurriera esto? Veía con creciente claridad que sus sentimientos eran obsesivos, que estaba siguiendo un camino disparatado. No pudo contener un suspiro. Sam se volvió hacia él.

– ¿Puedo tomar el baño caliente? Por favor -suplicó-. Por favor, por favor, por favor.

– Sam, no sé nada de jacuzzis.

– Yo sí. Te lo mostraré. Es fácil. -Se bajó y echó a correr por el porche-. Ya está lleno.

Stern lo siguió. La bañera sobresalía treinta centímetros por encima del nivel del porche. Sam ya había levantado la cubierta de lona. La temperatura era agradable. ¿Qué daño podía hacerle?

Sam lo abrazó en cuanto Stern dijo que sí e inmediatamente se quitó la ropa. Totalmente desnudo, hundió un dedo del pie.

– Vamos -lo animó.

– ¿Cómo dices?

– Vamos. Quítate la ropa.

– Gracias, Sam. No tengo ganas de meterme en la bañera.

El niño lo miró boquiabierto.

– Tienes que hacerlo. Sonny dice que no puedo entrar sin un mayor. Sólo tengo cinco años.

– Sí – admitió Stern.

Miró un instante la luna que despuntaba sobre las nudosas ramas de los árboles de la hondonada. Hacía tiempo que había perdido el control sobre casi todo. Se quitó los zapatos y se aflojó el cinturón.

Como la vida le había mostrado a menudo, los placeres de los demás solían tener alguna justificación. Por dudosa que pareciera, la bañera resultaba deliciosa. Jirones de niebla se elevaban en el claro de luna y el aire nocturno era suave como un hálito. Su enorme cuerpo parecía más liviano, sumergido en la oscuridad. Stern se sentó en un banco dentro de la bañera y Sam se agazapó a su lado para mantener la barbilla por encima del nivel del agua.

– ¿Cuándo se levantará Sonny?

– Pronto, Sam. Debe de estar muy cansada.

– Va a tener un bebé -comentó Sam.

Era la primera vez que mencionaba el tema.

– Eso creo.

– ¿Está enferma?

– No -dijo Stern.

– Tú dijiste que estaba enferma.

– No, dije que quería asegurarme de que no lo estuviera.

¿Qué le diría al padre acerca de lo que había observado? ¿O a Sonny? De momento olvidó esa preocupación y muchas otras.

– ¿Tú vas al trabajo de Sonny?

– Algo así.

– A veces, si alguien hace algo malo, los buenos tienen que decirle que hizo algo malo.

Stern pensó en añadir la perspectiva de la defensa, pero al fin respondió que sí.

De pronto Sam se incorporó y brilló como un pez bajo el claro de luna. Asomó la cabeza sobre el borde de la bañera.

– Oh, oh -exclamó.

– ¿Qué pasa? -preguntó Stern, temiendo que la tina tuviera una filtración.

– No hay toallas.

Protestaron juntos en la oscuridad.

Al cabo de breves deliberaciones, Stern fue designado para regresar a la cabaña. Llevando sólo los calzoncillos, vio en el espejo del cuarto de baño que le goteaba el trasero. A poca distancia, Sonny gruñía en sueños.

Secó a Sam y le puso el pijama. Antes de dormirse, el niño quiso que le contara un cuento. En su mochila tenía un libro que describía una batalla entre dos personajes de televisión, un atleta rubio y una criatura con capucha que parecía un esqueleto. Llevaban ropa medieval pero estaban en el espacio en un futuro distante e intercambiaban amenazas. El rubio triunfaba, las cosas no habían cambiado tanto.

El niño se acostó y luego se incorporó de nuevo con curiosidad.

– Sandy, ¿el bien triunfa siempre?

– ¿Cómo dices?

– ¿El bien triunfa siempre? -repitió el niño.

Stern no supo si era por el cuento o por la conversación anterior. Estuvo a punto de preguntar a qué se refería Sam, pero luego pensó que no debía mostrarse evasivo con un niño de cinco años. Marta había hecho preguntas así. Peter también, probablemente, aunque sólo a la madre.

– No -dijo Stern-, no siempre.

– En televisión sí -replicó el niño, casi como una refutación.

– Bien, debería ganar. Eso es lo que te muestra la televisión.

– ¿Por qué no gana?

– No siempre pierde. Gana a menudo, pero no siempre.

– ¿Por qué no?

– A veces el otro bando es más fuerte. A veces los dos tienen parte de razón. -A veces ninguna de ambas cosas, pensó Stern. No pudo evitar pensar un instante en Dixon. Miró al niño-. Sam, ¿quién te habla de esto, de que el bien triunfa?

– Está en televisión -contestó inocentemente el niño. No tenía idea de que había abordado una abstracción-. ¿Cuánto gana el bien? ¿Mucho?

– Mucho -dijo Stern.

Quería responder: tanto como pierde, pero pensó que no era adecuado y tal vez ni siquiera correcto. No tenía caso mostrarse crudamente franco con un niño. Todos lo sabían. En los países occidentales se tomaba como una norma natural. Así se educa a los niños con amor y afecto para un futuro que sólo podía defraudarlos. Le dijo a Sam que era hora de dormir.

– Gracias por hacerme compañía, Sam.

– De nada. -Se acostó y se incorporó de nuevo-. Espera un segundo.

Bajó de la cama, hurgó en el bolso y cogió un osito y una manta amarilla. Al pasar besó a Stern con tanta naturalidad como si lo hubiera hecho desde siempre. Luego se acostó y se durmió al instante.

Un niño dormido, una mujer dormida y Alejandro Stern como única criatura despierta en una casa en silencio. Hacía años que no disfrutaba de este placer. Se sentó ante la mesa redonda y comió fresas mientras escuchaba los jadeos de Sam y, como un contrapunto lejano, los suspiros de Sonny, «Oh», estaba fingiendo, y lo sabía. No se engañaba a sí mismo, pero disfrutaba demasiado como para irse. Salió de nuevo al porche. La ropa interior húmeda empezaba a apelmazarse. Stern cogió la toalla, se desnudó de nuevo y colgó los calzoncillos de la rama de un árbol con la esperanza de que la brisa los secara antes de emprender el largo viaje a casa. Luego se instaló de nuevo en la bañera. La luna había ascendido en el cielo y alumbraba la hondonada con reflejos mágicos. Todos sus problemas lo esperaban en la ciudad, a la luz del día. Pero en ese momento, mientras contemplaba los jirones de niebla que aleteaban sobre el agua, estaba libre.

A los pocos minutos oyó el ruido del cancel.

– Ah, está usted aquí -dijo Sonny a sus espaldas. Él se volvió hacia uno y otro lado pero no alcanzó a verla-. Creí que se había ido hasta que vi el coche. ¿Cuánto tiempo he estado dormida?

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