Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
Cogió un taxi en la estación y se bajó en una tienda cerca de su piso, donde compró una linterna pequeña. Caminando por las sombras, giró en su calle y vio, bajo el resplandor de una farola, el Ford Focus alquilado de Ricky. Tenía un cepo. En el parabrisas y en la ventanilla del lado del conductor había unas pegatinas grandes de la policía, que advertían al propietario que no intentara moverlo.
Anduvo con cautela hacia el coche. Mirando a su alrededor para asegurarse de que no la observaban, sacó la multa de debajo del limpiaparabrisas y, utilizando la linterna, leyó la hora en que se había emitido: las 10.03 de la mañana. Así que el coche llevaba aquí todo el día, lo que significaba que no lo había utilizado para trasladar a su madre.
Pero imaginaba que planeaba volver. Quizá ya estuviera allí. No sabía por qué, pero lo dudaba. Estaba segura de que tenía un sitio en la ciudad, aunque sólo se tratara de un garaje.
Las ventanas de su piso estaban todas oscuras. Cruzó la calle hacia la entrada y tocó el timbre de Hassan, con la esperanza de que estuviera en casa. Tuvo suerte. Oyó un crujido y después su voz.
– Hola, soy Katherine Jennings del piso 82. Lamento molestarte, pero he olvidado la llave de abajo. ¿Podrías abrirme?
– ¡Claro!
Al cabo de unos momentos oyó un zumbido brusco y empujó la puerta para abrirla. Al entrar, vio un fajo de correo comercial apretujado en su buzón. Mejor no tocarlo, decidió, no quería dejar ningún indicio de que había estado aquí.
El ascensor tenía un cartel grande pegado en las puertas que ponía No funciona. Comenzó a subir las escaleras mal iluminadas, deteniéndose en cada planta a escuchar cualquier movimiento, deseando llevar encima el spray Mace. En el tercer piso empezó a percibir el olor a madera recién serrada que provocaban los trabajos de los obreros en el apartamento de arriba. Subió una planta más, luego notó que comenzaba a faltarle el valor y tuvo la tentación, por un momento, de llamar a la puerta de Hassan y pedirle que la acompañara.
Al final, consiguió llegar arriba. Se detuvo a ver si oía algún ruido. En esa planta había dos pisos más, pero nunca se había encontrado a nadie entrando o saliendo durante la breve temporada que llevaba aquí. No oyó nada. Silencio total. Se acercó a la manguera de incendios que había fijada en la pared y comenzó a desenrollarla. Después de cinco vueltas, vio el juego de llaves de repuesto en el lugar donde lo había escondido. Volvió a enrollar la manguera, abrió la puerta de incendios y cruzó el descansillo.
Entonces se quedó inmóvil, muy asustada. ¿Y si estaba dentro?
Claro que no. Estaba con su madre en la guarida donde la hubiera encerrado. No obstante, introdujo cada llave haciendo el menor ruido posible, las giró en su cerradura y abrió la puerta sigilosamente; no quería anunciar su presencia.
Las sombras la asaltaron cuando entró. Dejó la puerta entornada y no encendió las luces. Entonces cerró la puerta de golpe, para obligarle a salir si estaba aquí y se había quedado dormido, y volvió a abrirla de inmediato. La cerró de golpe y volvió a abrirla una segunda vez. Silencio total.
Enfocó la luz de la linterna hacia el pasillo. La bolsa de plástico con las herramientas que Ricky había traído para amenazarla -seguramente robada de los obreros de abajo- seguía en el suelo delante del baño de invitados.
Manteniendo todas las luces apagadas por si estaba fuera en algún lugar, observando, recorrió todo el piso, habitación por habitación. Encontró el spray Mace encima de la mesita de café del salón y se lo guardó en el bolsillo. Luego volvió corriendo a la puerta de entrada y pasó las cadenas de seguridad.
Hambrienta y sedienta, se tomó una Coca-Cola de un trago y un yogur de melocotón de la nevera, luego entró en el baño de invitados, cerró la puerta y encendió la luz. En esta habitación no había ninguna ventana que diera a la calle, así que era un lugar seguro.
Pasó por delante del inodoro y la enorme mampara de la ducha, abrió la puerta del lavadero minúsculo, abarrotado con la lavadora y la secadora. Arriba en el estante a la izquierda estaban sus propias herramientas. Bajó un martillo y un cincel y los llevó de nuevo al baño.
Luego lanzó una última mirada breve y orgullosa a su espléndido trabajo, colocó la punta del cincel sobre la lechada entre dos azulejos hacia el centro de la pared y golpeó con fuerza. Luego otra vez.
Al cabo de unos minutos, había arrancado suficientes azulejos y pudo alcanzar la pared falsa que había detrás. Sintió un profundo alivio cuando sus dedos tocaron el envoltorio de burbujas impermeable con el que había protegido cuidadosamente el sobre acolchado tamaño DIN-A4 antes de meterlo allí dentro el día que se mudó a este piso.
El casero no iba a quedarse demasiado impactado por los desperfectos en la pared del baño. Si hubiera tenido tiempo, gracias a las habilidades que había aprendido de su padre, habría podido arreglarlo tan bien que ni siquiera hubiera advertido las juntas. Pero en estos momentos, unos azulejos rotos eran el menor de sus problemas.
Se cambió de ropa interior, hizo la maleta por segunda vez aquella semana con todo lo que pensó que podría necesitar, luego accedió a Internet y buscó hoteles baratos en Brighton y Hove.
Cuando tomó una decisión, llamó para pedir otro taxi.
97
Octubre de 2007
La anciana empezaba a ser un problema mayor de lo que había imaginado. Ricky estaba en la minúscula cocina del edificio de madera que funcionaba como vestuario del club de tenis y baños y duchas del cámping.
La mujer llevaba ya quince minutos en el retrete.
Ricky salió por la puerta a la lluvia que caía a cántaros. Comenzaba a pensar que matarla tal vez fuera la mejor opción y, ansioso, miró a través del campo hacia la autocaravana holandesa. Detrás de las cortinas corridas, las luces estaban encendidas. Sólo esperaba con todas sus fuerzas que nadie decidiera salir y utilizar estas instalaciones mientras ella se encontrara dentro, aunque tenía la seguridad de que sus amenazas la tenían lo bastante asustada como para no decir nada a nadie o cometer alguna estupidez.
Transcurrieron cinco minutos más. Volvió a mirar su reloj: eran las nueve y media. Habían pasado tres horas desde que Abby le había colgado el teléfono. Tres horas durante las que ella habría pensado en lo ocurrido. ¿Estaría entrando en razón?
Ahora sería un buen momento, decidió.
Abrió la tapa del móvil y envió a Abby la fotografía que había tomado hacía un rato, de la cabeza de su madre asomando por la alfombra enrollada.
Añadió las palabras: «Cómoda y enrolladita en la alfombrita».
98
Octubre de 2007
Roy estaba sentado con Pat y Dennis a una mesa de madera en el restaurante del enorme local abierto de la Chelsea Brewing Company, que era propiedad del primo de Pat. A su derecha había una barra larga de madera y detrás de él había hileras de cubas relucientes de cobre tan altas como casas y kilómetros de tuberías de acero inoxidable y aluminio. Con sus hectáreas de suelos de madera y limpieza inmaculada, parecía más un museo que una empresa con un gran volumen de trabajo.
Visitar este lugar se había convertido en una parada ritual y obligatoria para tomar algo cada vez que Roy iba a Nueva York. Era evidente que Pat estaba orgulloso del éxito de su primo y disfrutaba haciendo sudar tinta a un inglés con la cerveza americana.
Delante de cada uno de los tres policías había seis variedades distintas en vasos de muestra. Los vasos estaban colocados sobre un círculo azul en el salvamanteles diseñado especialmente con los nombres de las cervezas. El primo de Pat, que también se llamaba Patrick, un hombre corpulento e intenso de cuarenta y tantos años que llevaba gafas, estaba explicándole a Roy los diferentes procesos de elaboración de cada una.