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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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Grace se quedó pensando un momento, se sentía un poco cansado, su cerebro estaba menos rápido de lo habitual después del vuelo. Entonces se acordó: era el nombre de la mujer de Kemp Town que le había dado el reportero del Argus Kevin Spinella. El nombre que había pasado a Steve Curry.

– ¿Qué pasa con ella?

– Está intentando vender una colección de sellos que vale unos cuatro millones de libras. El comerciante al que ha recurrido es Hugo Hegarty y él los ha reconocido. Todavía no los ha visto, sólo ha hablado con ella por teléfono, pero está convencido, salvo por algunos que faltan, que son los mismos sellos que compró para Lorraine Wilson en 2002.

– ¿Le preguntó a la mujer de dónde los había sacado?

Branson repitió lo que Hegarty le había contado, luego añadió:

– Aparece un incidente relacionado con Katherine Jennings.

– El mío -dijo Grace.

Se quedó callado un momento, recordando su conversación con Spinella el lunes. El periodista había dicho que Katherine Jennings parecía angustiada. ¿Angustiaba tener en tu poder cuatro millones de libras en sellos? Grace imaginó que él se sentiría bastante relajado con toda esa pasta, siempre que la tuviera guardada en un lugar seguro.

Entonces, ¿qué le angustiaba a ella? Aquí había algo que olía muy mal.

– Creo que deberíamos ponerle vigilancia, Glenn. Contamos con la ventaja de saber dónde vive.

– Puede que ya se haya largado de allí -contestó Branson-. Pero ha concertado una cita mañana por la mañana en casa de Hegarty y va a llevarle los sellos.

– Perfecto -dijo Grace-. Habla con Lizzie. Cuéntale nuestra conversación y dile que sugiero reunir a un equipo de vigilancia para seguirla desde casa de Hegarty. -Miró su reloj-. Tenemos mucho tiempo para organizarlo.

Glenn Branson también miró la hora. No sería tan fácil como realizar una llamada de dos minutos a Lizzie Mantle: iba a tener que escribir un informe detallando las razones por las que pedía una unidad de vigilancia y su valor potencial para la Operación Dingo. E iba a tener que preparar la reunión informativa. No llegaría a casa hasta dentro de unas horas, lo que significaría otra bronca de Ari.

Nada nuevo.

Cuando Roy Grace colgó, se inclinó hacia delante.

– Chicos -dijo-, ¿tenéis a alguien que pueda elaborar una lista de comerciantes de sellos aquí?

– ¿Tienes un hobby nuevo? -bromeó Dennis.

– Sólo quiero sellar una investigación de asesinato -contestó Grace.

– ¡Joder, tío! -dijo Pat, girándose para mirarle-. Tus chistes no han mejorado, ¿eh?

Grace sonrió burlonamente.

– Es triste, ¿verdad?

95

Octubre de 2007

La azafata de vuelo estaba repasando las instrucciones de seguridad. Norman Potting se inclinó hacia Nick Nicholl, sentado junto a él en la parte trasera del 747, y dijo:

– Es todo una chorrada, este rollo de la seguridad.

El joven agente, a quien le aterraba volar pero no había querido reconocérselo a su jefe, se aferraba a cada palabra que salía de los altavoces. Alejando la cara para evitar la bocanada de mal aliento de Potting, miró hacia arriba para localizar exactamente de dónde caería la máscara de oxígeno.

– De la posición de impacto… ¿Sabes qué es lo que no te cuentan? -prosiguió Potting, sin inmutarse por la ausencia de reacción de Nicholl.

El agente negó con la cabeza mientras observaba y memorizaba el modo correcto de atar las cintas del chaleco salvavidas.

– Podría salvarte en algunas situaciones, lo reconozco. Pero lo que no te cuentan -dijo Potting- es que la posición de impacto contribuye a mantener intacta la mandíbula. Facilita mucho la identificación de todas las víctimas gracias a los historiales dentales.

– Muchas gracias -murmuró Nicholl, observando a la azafata, que ahora señalaba dónde se encontraba el silbato.

– En cuanto al chaleco salvavidas, tiene gracia, sí -siguió Potting-. ¿Sabes cuántas compañías aéreas civiles en toda la historia de la aviación han logrado realizar un amerizaje de emergencia con éxito?

Nick Nicholl estaba pensando en su mujer, Julie, y en su niño pequeño, Liam. Quizá no volviera a verlos nunca más.

– ¿Cuántas? -preguntó tragando saliva.

Potting juntó la punta del pulgar con la del dedo índice, formando un círculo.

– Cero. Ninguna. Niente. Ni una sola.

«Siempre hay una primera vez», pensó Nicholl, aferrándose con todas sus fuerzas a aquel pensamiento; aferrándose a él como si fuera una balsa salvavidas.

Potting se puso a leer una revista masculina que había comprado en el aeropuerto. Nicholl estudió la ficha plastificada con las instrucciones de seguridad, para comprobar la ubicación de las salidas más cercanas, y se alegró de ver que sólo estaban dos filas detrás de ellos. También se alegró de ver que estaba cerca de la parte trasera del avión; recordaba haber leído una noticia en el periódico sobre un desastre aéreo en el que la sección de cola se partió y todos los pasajeros de esa zona sobrevivieron.

– ¡Guaaaaau! -dijo Potting.

Nicholl miró abajo. Su compañero tenía la revista abierta por un desnudo desplegable. Una rubia de pechos enormes estaba tumbada con los brazos y las piernas abiertas sobre una cama con dosel, las muñecas y tobillos atados con tiras de terciopelo negro a los postes. Se había hecho la depilación brasileña en el vello púbico y los labios rosas de su vulva estaban bien expuestos, como si fueran los capullos de una flor colocados entre sus piernas.

Una azafata pasó a su lado, comprobando que los pasajeros se hubieran abrochado los cinturones. Se detuvo para mirar a Nicholl y Norman Potting y tuvo la inteligencia de seguir caminando.

Nick notó que le ardía la cara de vergüenza.

– Norman -susurró-, creo que deberías guardar eso.

– ¡Espero que veamos a algunas como ésta en Melbourne! -dijo Potting-. Podríamos hacer algo de deporte, tú y yo. Me gusta esa Bondi Beach.

– Bondi Beach está en Sydney, no en Melbourne. Y creo que has incomodado a la azafata con eso.

Potting pasó los dedos por las curvas de la chica.

– ¡Qué buena está, la tía!

La azafata estaba volviendo. Les lanzó a ambos una mirada rápida, bastante gélida, y siguió avanzando deprisa.

– Creía que eras un hombre felizmente casado, Norman -dijo Nicholl.

– El día que deje de mirar, chaval, ese día quiero que me lleven a un campo y me peguen un tiro -dijo. Sonrió y, para alivio de Nicholl, pasó la página. Pero sólo fue un alivio fugaz.

La página siguiente era mucho peor.

96

Octubre de 2007

Abby iba en un tren en dirección a Brighton, con un nudo tenso en la garganta. Estaba temblando, intentaba evitar echarse a llorar y se esforzaba para mantener la compostura.

¿Dónde estaba su madre? ¿Adónde la había llevado ese cabrón?

El reloj marcaba las ocho y media de la tarde. Habían pasado casi dos horas desde que le había colgado el teléfono a Ricky. Volvió a marcar el número de su madre. Una vez más, saltó el contestador.

No estaba segura de qué medicación tomaba exactamente -había antidepresivos, además de pastillas para los espasmos musculares, para el estreñimiento, el reflujo-, pero dudaba que a Ricky le importara. Sin todo aquello, el estado de su madre se deterioraría rápidamente y empezaría a tener cambios de humor, desde euforia un segundo a una angustia profunda al siguiente.

Abby se maldijo por haber cometido la estupidez de dejar a su madre tan expuesta. Tendría que habérsela llevado con ella, maldita sea.

«Llámame, Ricky. Por favor, llámame.»

Se arrepentía muchísimo de haberle colgado, se daba cuenta de que no lo había pensado debidamente. Ricky sabía que ella sería la primera en caer presa del pánico, no él. Pero tendría que llamarla, tendría que establecer algún tipo de contacto. Una anciana frágil y enferma no era el premio que quería obtener.

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