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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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– Profesor, permítame empezar con la primera declaración que ha hecho, según la cual acudió en busca de consejo jurídico tras su conversación el lunes con la doctora Ferrami.

– Sí.

– ¿De veras no había visto a ningún abogado?

– No, los acontecimientos me rebasaron.

– ¿No concertó ninguna cita con un abogado?

– No tuve tiempo…

– En los dos días que transcurrieron entre su conversación con la doctora Ferrami y el doctor Obell referente al New York Times, ¿ni siquiera indicó a su secretaria que concertase una cita con un abogado?

– No.

– ¿Ni preguntó a nadie o habló con sus colegas, para que le sugiriesen el nombre de un jurisconsulto apropiado?

– No.

– En realidad, esta afirmación no está usted en condiciones de autentificarla.

Berrington sonrió pleno de confianza.

– Sin embargo, tengo fama de hombre honesto.

– La doctora Ferrami recuerda la conversación con toda claridad.

– Bueno.

– Dice que usted no hizo mención alguna a problemas legales ni a cuestiones de privacidad; lo único que a usted le preocupaba era el funcionamiento del programa de búsqueda.

– Quizá se le ha olvidado.

– O quizás es la memoria de usted la que se equivoca. -Steve se dio cuenta de que se había apuntado aquel tanto y cambio súbitamente de rumbo-. La reportera del New York Times, la señora Freelander, ¿dijo cómo llegó a su conocimiento el trabajo de la doctora Ferrami?

– Si lo hizo, el doctor Obell no me lo mencionó.

– De modo que usted no lo preguntó.

– No.

– ¿No se le ocurrió preguntarse cómo pudo enterarse la periodista del asunto?

– Supongo que di por supuesto que los reporteros tienen sus fuentes.

– Puesto que la doctora Ferrami no ha publicado nada acerca de este proyecto, la fuente tiene que haber sido algún particular.

Berrington vaciló y lanzó una mirada a Quinn, en petición de ayuda. Quinn se puso en pie.

– Señor -se dirigió a Jack Budgen-, al testigo no se le puede pedir que haga especulaciones.

Budgen asintió.

– Pero esta es una audiencia no oficial… -dijo Steve-, no tenemos por qué ceñirnos estrictamente a los rígidos procedimientos de una sala de Justicia.

Jane Edelsborough habló por primera vez:

– A mí me parecen interesantes y pertinentes esas preguntas Jack.

Berrington la obsequió con una mirada siniestra y la mujer ejecutó un leve encogimiento de hombros en plan de excusa. Fue un intercambio íntimo y Steve se preguntó qué relación existiría entre ellos.

Budgen aguardó, tal vez con la esperanza de que algún otro miembro de la comisión manifestase un punto de vista contrario y le facilitara una toma de decisión como presidente; pero nadie pronunció palabra.

– Muy bien -articuló tras la pausa-. Continúe, señor Logan.

A duras penas podía creer Steve que estaba ganando su primera querella jurídica. A los profesores no les hacía ninguna gracia que un aspirante a abogado les dijese que sistema de interrogatorio era o no era legítimo. La tensión le había secado la garganta. Con mano temblorosa, se sirvió un vaso de agua de la jarra de cristal a su disposición.

Bebió un sorbo, se encaró de nuevo con Berrington y dijo: -La señora Freelander tenía un conocimiento algo más que general del trabajo de la doctora Ferrami, ¿no es cierto?

– Sí.

– Sabía exactamente cómo, mediante la exploración de bases de datos, localizaba la doctora Ferrami gemelos que se hubiesen criado por separado. Se trata de una técnica nueva, ideada y desarrollada por la doctora Ferrami y que sólo conoce usted y unos pocos colegas más del departamento de Psicología.

– Si usted lo dice…

– Por ello, todo parece indicar que la información procedió del departamento, ¿no?

– Es posible.

– ¿Qué motivo podría tener un colega suyo para crear publicidad negativa para la doctora Ferrami y su tarea?

– Realmente no podría decírselo.

– Pero parece que es obra de un rival innoble y tal vez envidioso ¿no cree?

– Quizás.

Steve asintió, satisfecho. Se daba cuenta de que estaba entrando a buen ritmo en el meollo del asunto. Empezó a tener la sensación de que podía ganar el caso, a pesar de todo.

No empieces a regalarte el ego, se aconsejó. Ganar algún punto que otro no es ganar el caso.

– Vayamos a la segunda aseveración que hizo usted. Cuando el señor Quinn le preguntó si personas ajenas a la universidad le hicieron comentarios sobre la historia publicada en el periódico, usted respondió: «Ciertamente» ¿Se mantiene usted en esa declaración?

– Sí.

– Exactamente, ¿cuántas llamadas telefónicas recibió usted de donantes, aparte de la de Preston Barck?

– Bien, hablé con Herb Abrahams…

Steve adivinó que no sabía por dónde iba. Trataba de disimular.

– Perdone que le interrumpa, profesor. -Berrington pareció sorprendido, pero dejó de hablar-. ¿Le llamó el señor Abrahams o viceversa?

– Ejem, creo que fui yo quien le llamó a él.

– Volveremos sobre eso dentro de un momento. Primero, díganos cuántos benefactores importantes le llamaron a usted para manifestarle su preocupación por las alegaciones del New York Times.

Fue evidente que Berrington empezaba a ponerse nervioso.

– No estoy seguro de que me llamara nadie para hablarme específicamente de eso.

– ¿Cuántas llamadas recibió de estudiantes potenciales?

– Ninguna.

– ¿Le llamó alguien para hablarle del artículo?

– Me parece que no.

– ¿Recibió usted correspondencia tratando del tema?

– Aún no.

– No parece que se haya armado mucho escándalo, pues.

– No creo que pueda usted sacar esa conclusión.

Era una respuesta muy poco convincente y Steve hizo una pausa para que calase bien. Berrington parecía incómodo. La comisión se mantenía alerta, pendiente de cada detalle de aquella contienda dialéctica. Steve miró a Jeannie. La esperanza había iluminado el rostro de la muchacha.

Steve continuó:

– Hablemos de la única llamada telefónica que recibió usted, de Preston Barck, presidente de la Genético. La presentó usted como si se tratara de la llamada de un donante preocupado por el modo en que se empleaba su dinero, pero el señor Preston Barck es algo más que eso, ¿no es cierto? ¿Cuándo lo conoció usted?

– Durante mi estancia en Harvard, hace cuarenta años.

– Debe de ser uno de sus amigos más antiguos.

– Sí.

– Y es también su socio comercial.

– Sí.

– La compañía está en proceso de traspaso a la Landsmann, una corporación farmacéutica alemana que va a tomar posesión de ella.

– Sí.

– Sin duda, el señor Barck obtendrá un montón de dinero como resultado de esa venta.

– Sin duda.

– ¿Cuánto?

– Creo que eso es confidencial.

Steve optó por no presionar más respecto a la suma. La resistencia a dar la cifra ya le resultaba bastante perjudicial a Berrington.

– Otro amigo suyo también va a hacer su agosto: el senador Proust. Según la noticia publicada hoy, va a utilizar su parte para financiarse una campaña presidencial en las próximas elecciones.

– No he visto las noticias de la mañana.

– Pero Jim Proust es amigo suyo, ¿verdad? Debe de estar enterado de que se presenta como candidato a la presidencia.

– Creo que todo el mundo sabía que estaba pensando en ello.

– ¿Usted también va a obtener dinero de esa venta?

– Sí.

Steve se apartó de Jeannie y fue hacia Berrington, de forma que todos los ojos se clavasen en él.

– Así que es usted accionista, no sólo consejero.

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